EE.UU. y Cuba, entendiéndose, ¿y los cubanos?

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Duración lectura: 7m. 37s.

Una rápida respuesta para la pregunta del titular: No, los cubanos seguimos a la greña. Lo veremos más adelante.

La reconciliación entre cubanos es un objetivo aun más necesario que los nexos entre EE.UU. y Cuba

Reparemos primeramente en que las noticias sobre la reanudación de los nexos entre Washington y La Habana han alegrado a casi todo el orbe. Lejos están los días de 1962 en que unos misiles soviéticos emplazados en la Isla pusieron al planeta a comerse las uñas y a Kennedy al borde de pulsar el botón equivocado, con lo que ni este redactor hubiera alcanzado a nacer. Estos son otros tiempos, y el que se sienta ahora en el Despacho Oval ha caído en la cuenta de que si una estrategia no funciona durante medio siglo, hay que cambiar el chip.

Se llegó así al lunes 20 de julio, que no fue, con todo, una fiesta de fin de curso. Ambos países tienen asignaturas pendientes, y al menos por la parte cubana, se encargan de recordar que tener relaciones diplomáticas no implica exactamente una “normalización de las relaciones”. Para que ello ocurra, el gobierno de Raúl Castro exige que EE.UU. levante de una vez el bloqueo económico y comercial vigente desde 1960, que le devuelva a Cuba el territorio donde se emplaza la Base Naval de Guantánamo, y que deje de suministrar apoyo a los atomizados grupos de oposición en la Isla.

En teoría, EE.UU. no levantaría el bloqueo hasta que no se devolvieran las propiedades confiscadas desde 1959

Levantar el embargo es potestad del Congreso

Del bloqueo, vale destacar lo que se ha dicho repetidas veces: el presidente de EE.UU. tiene la potestad de otorgar licencias a empresarios norteamericanos para que lleguen a acuerdos puntuales con Cuba en materia de comercio y servicios, en virtud de lo cual ha concedido, por ejemplo, licencias operativas a compañías de ferries que navegarán entre Miami y La Habana y a empresas de telefonía que harán más fluidas las comunicaciones entre ambos lados del estrecho de la Florida.

Pero Obama no puede desmontar el mecanismo básico del embargo: la ley Helms-Burton, de 1996, por la que el presidente Clinton, con cierta torpeza, dejó en manos del Legislativo la potestad de levantar las sanciones únicamente cuando se verificara que Cuba hubiera emprendido el camino hacia la democracia.

Con un Congreso mayoritariamente republicano, es de esperar que el bloqueo siga ahí, como el dinosaurio de Monterroso, hasta que haya un nuevo balance de fuerzas, o hasta que más empresarios norteamericanos, animados por los resultados de otros, pinchen a sus congresistas para que terminen de una vez con una absurda política que no se aplica a Vietnam ni a China, por no decir a Arabia Saudí y a otros alegres chicos del Golfo Pérsico, que no se enteran de que derechos y humanos son dos términos que pueden articularse en un mismo concepto.

Guantánamo: la discordia latente

Otra demanda esencial a EE.UU., la devolución de Guantánamo, sí pudiera estar en la mano de Obama concederla. La base es en sí misma una singularidad: es la única que mantiene EE.UU. en el territorio de un Estado de ideología comunista, y en contra de la voluntad de ese Estado, que en teoría posee la soberanía sobre el área de la base.

El área de la base naval fue cedida a EE.UU. en 1903 “por el tiempo que la necesitare”

La raíz del problema está en la ominosa Enmienda Platt, de 1901, por la que EE.UU. impuso a Cuba varias condiciones para que las tropas norteamericanas se retiraran de una vez, como el “derecho” de Washington a volver a intervenir militarmente cuando lo considerara necesario, la imposibilidad de la Isla de contraer deudas monetarias más allá de ciertos límites, y la cesión de partes de su territorio para “estaciones navales y carboneras”.

En 1903, el presidente Tomás Estrada Palma le arrendó a Washington el área de la base “por el tiempo que la necesitare”, esto es, hasta hoy y más allá, a discreción de lo que estimen el Pentágono y la Casa Blanca. De hecho, cuando en 1934 se abrogó la Enmienda y se aprobó un nuevo tratado bilateral, las partes determinaron no alterar el artículo 7, referido a la base naval.

¿Cederá Obama en este asunto? Aunque,según el secretario de Estado John Kerry, el tema no está en discusión, se sabe que su jefe ha pedido a un bufete de abogados que examine si él tiene o no potestad para devolver la base, y ha preguntado al Pentágono qué valor estratégico tiene en el esquema militar norteamericano. Pero de ahí a entregarla va todavía un trecho, y puede suponer un costo negativo no a él, sino a quien aspire a sucederlo en la candidatura demócrata a la presidencia, quien puede ser visto como heredero de una política que dio “demasiado” a un país que, a cambio, dio muy poco. O más exactamente nada.

Devolver las propiedades: ¿cuáles?, ¿a quiénes?

Lo que ha querido tradicionalmente EE.UU. de Cuba es que, en primer lugar, el país dé pasos hacia un sistema multipartidista –La Habana insiste en que no se moverá un centímetro en este sentido–, y que se devuelvan las propiedades confiscadas a empresas o individuos norteamericanos a inicios de la Revolución. De hecho, la letra de la ley Helms-Burton refiere que, solo cuando estén satisfechas todas las demandas en ese sentido, podría levantarse el embargo.

En 1996, el presidente Clinton delegó en el Congreso la potestad para mantener o levantar el embargo

Pero será ímproba tarea: buena parte de la infraestructura industrial azucarera del país, por ejemplo, pertenecía a compañías de EE.UU., pero muchas fábricas del dulce han sido desmanteladas, cuando no regaladas a Venezuela o Nicaragua. Y en cuanto al patrimonio inmobiliario, es dudoso que puedan revertirse a sus antiguos propietarios –muchos de ellos emigrados a EE.UU.– los millones de viviendas que el gobierno les quitó para entregarlas en propiedad a sus inquilinos tan tempranamente como en 1959.

La pregunta de “qué-es-exactamente-de-quién”, y dónde reubicar a millones de personas –esto, si es que los reclamados edificios de antaño no han “caído en combate” ante el paso del tiempo y la ausencia de mantenimiento–, no tendría una respuesta sencilla e imposibilitaría ad aeternum una normalización de las relaciones bilaterales.

“¿Al adversario? Aniquilarlo”

La experiencia, sin embargo, demuestra que los gobiernos pueden llegar a arreglos y adecuar la letra a la vida real. Lo más peliagudo es otro asunto: la reconciliación entre cubanos, que no viene dictada por decreto desde el Despacho Oval ni desde el Consejo de Estado cubano, y aquí retomo lo de mis paisanos “a la greña”.

En realidad, el gobierno de La Habana podría dar algunos pasos para hacer desaparecer cualquier extrañamiento entre “los de adentro” y “los de afuera”. En el caso de las licencias para ferries, por ejemplo, es incomprensible que las operaciones no hayan comenzado aún por la reticencia de La Habana a admitir a viajeros… ¡cubanoamericanos! Un estadounidense, un bahamés, en fin, cualquiera pudiera arribar por mar a la Isla. Pero los cubanoamericanos no. Para ellos, la única vía es el aeropuerto. ¿Alguna explicación plausible que no roce el absurdo de la discriminación o el recelo gratuito?

Son gestos de este tipo, y otros aun más graves durante estas cinco décadas, los que contribuyen a sulfurar a los de abajo, sean de una u otra orilla geográfica o política. Así, el 20 de julio, mientras en la embajada cubana en Washington se izaba la bandera nacional y se entonaba el himno, justo enfrente grupos anticastristas la liaban a cacerolazos y a gritos de “abajo Fidel”, mientras simpatizantes castristas replicaban con los consiguientes “¡viva!” y “Cuba unida jamás será vencida”. Cero civismo. Cero respeto por símbolos nacionales que son comunes a todos los que nacieron en la Isla, se hayan marchado o permanecido en ella.

Algo parecido sucedió en Panamá meses atrás, durante la Cumbre de las Américas: Obama y Castro sonreían y se estrechaban diplomáticamente la diestra, mientras en un parque contiguo a la embajada cubana, castristas y anticastristas dirigían la diestra, pero en forma de puño, al rostro del adversario y montaban allí un bochornoso espectáculo.

Es ese, ciertamente, el principal drama de Cuba: la errónea convicción de que a los contrarios no se les vence por la democrática vía de los argumentos, sino aplastándolos como a cucarachas. Y la bota que lo hace, se calza lo mismo en Miami que en La Habana. Un verdadero riesgo para el futuro, si se quiere que este sea democrático y constructivo.

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