Kant no se acaba nunca

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Doscientos años del clásico de la filosofía moderna
Se cuenta que una señora norteamericana presentó como causa de divorcio que su marido se reunía en casa con los amigos todos los domingos por la mañana para discutir sobre Kant. Naturalmente, el juez consideró que era una motivación suficientemente grave como para admitir la demanda. Por otra parte, un colega, que volvía de Alemania, donde había trabajado -como yo anteriormente- en su tesis doctoral sobre el pensador de Königsberg, me transmitió su impresión de que los germanos hablaban sobre Kant como los españoles sobre toros: aprovechaban para ello cualquier rato muerto, se iban a otra cosa, y al día siguiente le dedicaban otra parrafada. Y así, doscientos años.

Porque doscientos años han pasado desde que el 12 de febrero de 1804, Kant murió en la misma ciudad en la que había nacido ochenta años antes, y de la que nunca había sentido la necesidad de salir, aunque le habían ofrecido cátedras en universidades tan importantes como la de Jena o en ciudades tan significativas como Moscú. Y es que Rusia siempre anduvo rondando -por cercanía- la Prusia Oriental, hasta el punto de que todavía hoy Königsberg es “la ciudad rusa Kaliningrado”. Y en tiempos de la Unión Soviética se hablaba allí de “el filósofo ruso Immanuel Kant”.

En 1974 me contó el entonces presidente de la Sociedad Kantiana, Gerhard Funke, que había pedido permiso a las autoridades soviéticas para ir personalmente (y él solo) a Kaliningrado -a la sazón, “ciudad prohibida”- para celebrar un acto conmemorativo ante la estatua de Kant, con ocasión de los 250 años de su nacimiento. El acto duraría un minuto y consistiría en la lectura de la formulación más famosa del imperativo categórico: “Nunca trates a una persona humana sólo como medio, sino siempre también como fin”. Lógicamente, no se lo autorizaron: era como poner una bomba, pero no debajo de la estatua, sino debajo de todo el régimen comunista.

Aunque la patria de Kant se siga llamando hoy Kaliningrado y continúe siendo una ciudad rusa, algo han cambiado las cosas desde entonces, aunque sólo sea por el dato de que allí se celebrará uno de los jubileos conmemorativos que tendrán lugar durante este año del segundo centenario. Según la información del Frankfurter Allgemeine Zeitung, habrá congresos sobre Kant en todo el mundo, “desde Pekín hasta Pamplona”, donde tendrá lugar del 8 al 10 de marzo. En casi todos ellos se tratará de un modo u otro de la larga sombra que la filosofía trascendental ha tendido sobre el pensamiento filosófico de estos dos últimos siglos.

En alza y en baja

En cierto modo, en el pensamiento contemporáneo Kant ha sustituido a Aristóteles como el clásico por excelencia, como referencia obligada de toda investigación filosófica, y como imprescindible tema en la enseñanza de esta disciplina. Aunque la otra cara de la moneda consiste en que, progresivamente, el aristotelismo gana terreno y las críticas a muchos aspectos del kantismo se multiplican.

En líneas generales, se puede decir que el Kant teórico, el autor de la Crítica de la razón pura (1781 y 1787) está en baja, mientras que el Kant ético y estético, el que escribió la Crítica de la razón práctica (1788) y la Crítica del Juicio (1790), se cotiza al alza. Hay un tercer aspecto de la filosofía crítica que, hasta ahora, se había mantenido casi en la sombra, y que sin embargo es el gran protagonista de este jubileo bicentenario: el Kant cultural y político, tal como aparece en obras más breves, posteriores a esa fecunda década en la que publicó las tres Críticas.

El aspecto teórico del kantismo estaba estrechamente vinculado a la física newtoniana. A Kant, nacido en la modesta familia de un talabartero, le fascinó desde su juventud el hecho de que la ciencia de origen británico fuera capaz de predecir con exactitud la producción de eclipses o la aparición de cometas inobservables la mayor parte del tiempo, y sobre todo que estuviera en condiciones de calcular la fuerza de la mutua atracción de los planetas. Acabó por pensar que, aunque la física de Newton estuviera estrechamente vinculada a la experiencia, tenían que operar en ella ciertos factores que no provinieran del conocimiento sensible, a los que denominó puros o a priori. La referencia de estas estructuras mentales al conocimiento de experiencia, y su validez universal y necesaria, componen la caracterización del sentido kantiano de lo trascendental. Entre estos patrones de conocimiento Kant situó -en el nivel de la sensibilidad- el espacio y el tiempo, y -en el plano intelectual- aquellos conceptos que son como raíces de todos los demás, a los que denominó categorías.

Kant y Newton caen juntos

Todo le fue bien al idealismo trascendental en este campo hasta la aparición de la “nueva ciencia” -cuántica, indeterminista, subatómica- en el primer tercio del siglo XX. Los rígidos presupuestos de la epistemología crítica se vinieron en buena parte abajo. Por ejemplo, ya no estaba nada claro que el espacio y el tiempo fueran únicos y homogéneos, como Newton y Kant habían pensado. Más bien era patente lo contrario.

El cuestionamiento de la teoría kantiana del conocimiento motivó también que se relativizara su crítica a la metafísica clásica y, especialmente, a la posibilidad de conocer las cosas tal como son (noúmenos), y no sólo como aparecen (fenómenos), junto con su descalificación de las pruebas racionales para demostrar la existencia de Dios. En este segundo aspecto, Kant reflejaba su formación religiosa protestante, de un luteranismo teñido de pietismo, para el que -en el cristianismo- la razón no jugaba un papel relevante ni positivo.

Resulta curioso que el giro en la interpretación de Kant en este punto se produjera en otro bicentenario, esta vez en el de su nacimiento. En 1924, la revista Kant-Studien -que, muy germánicamente, se publica desde 1898, con las solas interrupciones de las dos guerras mundiales- publicó una serie de artículos en los que no sólo se cuestionaban las críticas a la metafísica, sino que se proponía una nueva exégesis ontológica del propio Kant, que pasaba a ser considerado como un reformador (no un destructor) de la metafísica, en la línea de la tradición alemana de un Leibniz o un Wolff.

Moral que no transige

Sea de ello lo que fuere, en lo que todos los intérpretes se fueron poniendo crecientemente de acuerdo es en que el aspecto más positivo del pensamiento crítico era el ético o, en términos más generales, la dimensión práctica. Es ésta, además, la cara más popular de este modo de entender la filosofía y la vida. Si hoy día se dice de alguien, en una circunstancia doméstica o laboral, que es muy “kantiano”, se quiere indicar que es éticamente incorruptible, pero que presenta el defecto de una excesiva rigidez. Por ejemplo, no miente nunca, hasta el punto de negarse a decir que alguien no está en casa cuando llega una llamada telefónica indeseada, y el destinatario se encuentra a pocos metros.

Se trata de una moral incondicionada, que posee un valor absoluto, y que deriva en directo de la propia razón consciente de sí misma. Las leyes que la razón misma se dicta adquieren la forma de deberes que se expresan en imperativos categóricos, es decir, en mandatos que deben ser obedecidos sin condicionamientos sentimentales o utilitarios, de manera que pueden convertirse en normas universales, válidas para todo ser racional.

El aspecto fuerte -y aún vivo- de la ética kantiana es esta gallardía moral, que no se dobla ante nada, y que no transige con las presiones externas ni se deja llevar por las pasiones internas. Pone la dignidad humana como acreedora de un respeto sin límites. Pero también presenta una fundamental debilidad. Porque se trata de una normativa montada al aire, por carencia de fundamento en una naturaleza humana que, por su enclave en la metafísica realista, Kant rechaza. Y acontece que, como Nietzsche demostró, el moralismo deriva fácilmente al inmoralismo.

La versión actual de la ética kantiana se traduce sobre todo en el deontologismo, que propugna una ética de normas, desentendida de los bienes y los fines. Pero, de manera sorprendente aunque lógica, semejante normativismo se conjuga fácilmente con el emotivismo y el pragmatismo, tendencias que, según demostró Elizabeth Anscombe, componen la trama básica de la filosofía moral contemporánea.

Un abismo entre dos mundos

Otro aspecto interesante de la filosofía práctica kantiana es que, como presupuestos imprescindibles de la ley moral, se postulan en ella la realidad de la libertad humana, la inmortalidad del alma y la propia existencia de Dios. Con ello no se rectifican las conclusiones agnósticas a las que se había llegado en la Crítica de la razón pura, porque tales postulados sólo tienen un valor práctico, sin que proporcionen verdadero conocimiento. Uno tiene que creer que es libre, que no se acaba todo en este mundo plagado de injusticias, y que debe existir un Dios que retribuya a cada uno según sus méritos. De lo contrario, sería inviable intentar siquiera comportarse de acuerdo con una buena voluntad, lo único que para el filósofo de Königsberg tiene una vigencia universal e incontrovertible. Si se me exige ser santo, debe ser posible que llegue también a ser feliz. Y este bien supremo, que conjuga santidad y felicidad, no se encuentra desde luego en esta tierra.

El curso implacable de la “empresa crítica”, que exige una primacía de la razón teórica sobre la razón práctica, le permite decir a Kant: “Tuve que poner coto al saber, para hacer un lugar a la fe”. Bien entendido que aquí se trata de una fe moral, filosófica y no de una creencia religiosa.

En cualquier caso, aparecen los dos grandes ideales personales e intelectuales del concienzudo profesor prusiano, de los que él afirmó que le llenaban el ánimo de admiración creciente, cuanto más y más los consideraba: “El cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí”. La ciencia libre y activamente conquistada por el hombre, y la moral autónoma.

Resulta, empero, que así las cosas la persona humana se convierte en una especie de ciudadano de dos mundos, entre los que no aparece una clara conexión. Kant procura creer que “la ciencia es el estrecho camino que conduce a la sabiduría”, es decir, al comportamiento moralmente correcto que permite mirar como de reojo hacia las realidades últimas. Pero ha de reconocer que en el edificio de la filosofía trascendental o crítica se ha abierto un abismo infranqueable.

Referencia constante

Durante estos dos últimos siglos, el kantismo ha sido, además del objeto de una oceánica bibliografía especializada, una especie de referencia constante en todas las vicisitudes de la evolución del pensamiento filosófico. Con él se confrontan en todo momento las grandes figuras del idealismo romántico alemán -Fichte, Schelling y Hegel- que pretenden romper su formalismo, hacer saltar los límites que él impuso al conocimiento humano, y superar las separaciones entre el pensamiento teórico y el práctico. Viene después una etapa positivista y psicologista, en la que el núcleo trascendental de la filosofía crítica se pierde de vista. Hay que esperar hasta comienzos del siglo XX para que se oiga el grito: “¡Vuelta a Kant!”. Son los neokantianos de Marburgo y de Baden, preocupados los unos por la teoría de la ciencia y los otros por la fundamentación de la cultura. En la ya mencionada interpretación metafísica de Kant juega también un papel relevante Martin Heidegger, especialmente con su libro Kant y el problema de la metafísica (1929), en el que lee la primera Crítica desde la perspectiva de su obra Ser y tiempo, publicada dos años antes.

La presencia de Kant se prolonga hasta nuestros días. Baste con recordar que kantianos se han considerado tanto el hace poco fallecido John Rawls, como Jürgen Habermas, todavía en plena producción filosófica. Pero quizá la proliferación de tendencias intelectuales y un cierto relativismo de fondo, a cuyo origen el propio Kant no es ajeno, hayan amortiguado el culto casi reverencial al viejo maestro, cuyo conocimiento sigue siendo imprescindible porque contiene, ya en síntesis ya en germen, todo el pensamiento moderno.

Gran iniciador de la Estética

La tercera Crítica, la que se ocupa del Juicio (con mayúscula) en el sentido de la facultad de juzgar, es decir, de pasar de los conceptos a las imágenes y sensaciones, es la encargada de intentar salvar la quiebra entre la ciencia y la trascendencia. Y Kant lo hace, en su obra literariamente más brillante y sugestiva, a través de la consideración de la belleza y de la teleología, es decir, de la finalidad que brilla en la naturaleza. Pero no abandona por ello el ámbito de lo subjetivo, en el que se mueve de manera cada vez más neta, porque considera que la objetividad del objeto se fundamenta en la subjetividad del sujeto.

El examen del “juicio estético” nos revela los elementos a priori del sentimiento. En la investigación estética se ha de conjugar la espontaneidad y libertad que el genio artístico comporta con la universalidad que exige una rigurosa apreciación de la belleza. Kant resuelve este problema acudiendo al concepto de una “finalidad sin fin”. La finalidad de la obra de arte no es objetiva, porque no pertenece a la obra de arte misma, sino al gusto del espectador que la aprecia. Es una finalidad subjetiva, ya que es el ser humano quien -con el libre juego de las facultades- la proyecta en el objeto artístico. Kant es el gran iniciador de esa nueva disciplina filosófica, que ocupa un lugar central en nuestros días, y a la que llamamos Estética.

Aunque Kant tiende claramente al mecanicismo -a reducir la realidad física a materia y movimiento local- su honestidad intelectual le lleva a reconocer que en la naturaleza, especialmente en los seres vivos, se encuentran signos de que todo en ella apunta hacia un fin, de que nada en el universo es en vano. No hay un Newton de la brizna de hierba. Lo cual equivale a decir que la esfera biológica no se puede explicar en términos de lo que hoy llamaríamos mecánica clásica. Y es significativo que sea precisamente al hilo de estas consideraciones de tipo teleológico cuando Kant despliega su teología esencial, o sea, el tratamiento racional de los atributos divinos. Desarrollos que, como en tantos otros puntos, se encuentran muy cerca de la filosofía clásica, que le había llegado a través de la metafísica alemana tradicional, inspirada a su vez sobre todo en la segunda escolástica española.

Ahora bien, tanto los juicios estéticos como los teleológicos, que nos presentan un panorama mucho más rico y flexible que el de las dos primeras Críticas, tienen un valor puramente reflexivo e hipotético. Es coherente y conveniente pensar que las cosas están articuladas como si fueran armónicas y ordenadas a un fin sabiamente establecido. Pero nunca podremos llegar a afirmarlo de manera causalmente determinada y científicamente cierta.

El problema del mal

Tras la Crítica del Juicio, quizá por el cansancio de un ejercicio filosófico tan intenso -realizado sobre todo a edad madura- Kant elabora obras más breves y de temas especulativamente menos exigentes.

Mención especial merece la obra titulada La religión dentro de los límites de la mera razón, porque le situó en el turbión de las polémicas religiosas de su tiempo y le valió duras reprimendas de Federico II, el rey de Prusia, famoso por sus empeños educativos y por su autoritarismo. Al comienzo de esa obra, Kant se tropieza -no podía ser de otro modo- con la terca realidad del mal ético. Y le sucede que no puede dar cuenta de él desde los presupuestos moralistas de su filosofía práctica, según la cual todo comportamiento auténticamente humano ha de ser libremente racional y, por consiguiente, bueno. ¿Por qué, entonces, nos comportamos casi siempre mal o, al menos, nuestra conducta no es pura, sino entreverada de motivaciones hedonistas y egocéntricas?

Después de darle muchas vueltas al asunto, la respuesta de Kant es, una vez más, insólita. La causa de semejante perturbación es el mal radical, una inclinación inevitable e insuperable que nos conduce a dejarnos llevar por las pasiones cuando querríamos en principio portarnos racionalmente. No se puede evitar comparar esta cadencia con el pecado original, similitud evidente para un luterano; pero Kant ya no cree que el relato de la caída tal como aparece en el Génesis sea histórico: es una especie de alegoría que no cabe tomarse demasiado en serio. Y es que él nunca tuvo simpatía por la religión institucional, y piensa por ejemplo que la oración personal es propia de locos, porque sólo los mentalmente trastornados hablan consigo mismos. Su antipatía por el catolicismo es notoria.

Con ocasión de las recientes protestas contra la intervención en Irak, se hicieron frecuentes referencias a La paz perpetua, una breve obra del último período del pensador, en la que se augura que -no sin tropiezos y dificultades- la propia naturaleza de la historia humana conducirá a una concordia de todos los países, conciliados finalmente en una sociedad mundial, en la que algunos quisieron ver una anticipación de Naciones Unidas. Es el difícil transcurrir de la razón en la sociedad y en el tiempo. Kant, desde luego, no es un pensador utópico, ni se deja llevar de los entusiasmos románticos que ya comenzaban a germinar, y cuyo empuje le hacían llegar aquellos discípulos más radicales a quienes él denominaba “mis amigos hipercríticos”.

También se ha citado con frecuencia últimamente, en el contexto de la crisis postmoderna y de las discusiones sobre el futuro de la democracia, su breve opúsculo ¿Qué significa Ilustración? Kant considera que la Ilustración es la emancipación de una minoría de edad autoimpuesta y, por lo tanto, culpable. Frente a tal paternalismo intelectual tolerado, el imperativo político kantiano suena así: “¡Atrévete a saber!” (sapere aude!). Ser ilustrado no consiste, sin embargo, en llegar a aprender muchas cosas, sino más bien en lo que hoy se entendería como “estar concienciado”.

En esta vertiente, Kant puede ser considerado como un filósofo político de signo progresista, partidario del contrato social y de la enseñanza pública, aunque muy conservador en lo que se refiere a la disciplina social y a la seguridad ciudadana. No falta quien le considere como un precedente del socialismo moderno, aunque otros le interpreten más bien en clave liberal.

Alejandro Llano ([email protected]), catedrático de Metafísica, es autor, entre otros libros, de Fenómeno y trascendencia en Kant (2ª ed., 2002) y El enigma de la representación (1999).Alejandro Llano

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