Ni aunque la muerte nos separe

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Contrapunto

Hace tiempo que las leyes dejaron de considerar que el matrimonio es para siempre. Pero en las leyes de divorcio de muchos países hay un elemento que sigue siendo a perpetuidad: la pensión compensatoria, que se concede para que el ex cónyuge (normalmente la mujer) no quede en peor situación económica que la que gozaba antes de la ruptura.

En unos casos, esta pensión responde a una obligación de justicia, sobre todo si la mujer había renunciado a una carrera profesional para dedicarse a la familia. Pero en otros, da lugar a situaciones sorprendentes.

En Francia, la pensión compensatoria tras un divorcio se suele conceder sin duración determinada, no es revisable salvo rarísimas excepciones y la obligación se transmite a los herederos. En esto la rigidez es la norma. Si para justificar el divorcio se invoca la imposibilidad de adquirir un compromiso de por vida por la variación de las circunstancias y los cambios vitales, para la pensión compensatoria el compromiso es inmutable. No es motivo suficiente para reducirla ni la disminución de ingresos del esposo deudor -por pérdida de empleo, quiebra o nuevo matrimonio-, ni una mejora radical en las condiciones de vida del ex cónyuge, porque le haya tocado la lotería o se haya vuelto a casar con un multimillonario.

A fin de acabar con esta condena a perpetuidad, se ha constituido en Francia una Asociación para la reforma de las pensiones compensatorias. Su fundador, Jean Million-Ranquin, paga a su ex esposa una pensión desde hace veinte años. Ahora se ha jubilado, y aunque sus ingresos se han quedado en la mitad, el importe de la pensión sigue siendo el mismo. Es más, se acaba de dar cuenta de que, cuando él muera, su segunda mujer tendrá que seguir pagando dicha pensión a la primera, a no ser que renuncie a la herencia. Aquí el lazo no es “hasta que la muerte nos separe”, sino incluso más allá.

Suele decirse que no es realista mantener el matrimonio indisoluble. ¿Pero es más realista pretender que la situación económica de los cónyuges separados no cambie con el divorcio? Si para mantener una familia a duras penas basta hoy un sueldo, más difícil será que el padre pueda contribuir al mantenimiento de su ex mujer e hijos y de la nueva familia tras un segundo enlace. De modo que la posibilidad de volver a casarse quedaría anulada en la práctica por razones económicas o se convertiría en privilegio de los ricos. De ahí que, por mucho que diga la ley, la realidad es que buena parte de estas pensiones no se paguen o sean fuente permanente de conflictos. Y es que el precio del abandono del matrimonio indisoluble es la aparición de otros problemas insolubles.

Juan Domínguez

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares