“La indiferencia que permite todo denota poco sentido de lo público”

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Duración lectura: 7m.

En España, la familia ha intensificado su papel de protección social por la crisis. Pero algunos fenómenos no siempre responden a la coyuntura económica. Es lo que ocurre con la tardía emancipación familiar, que parece motivada sobre todo por las elevadas aspiraciones de confort de los jóvenes españoles. Hablamos de algunos aspectos de la familia en España con el sociólogo Julio Iglesias de Ussel.

Según datos del INE, España tiene una fecundidad de 1,38 hijos por mujer. ¿Cómo es que en otros países europeos las mujeres tienen más hijos, y son países donde la tasa de actividad femenina es mayor que en España?

— Influyen varios factores. Uno de los principales es que en España no ha existido nunca una política de respaldo a la familia. No me refiero sólo a las políticas económicas, que son absolutamente necesarias. Hablo de una política que consista en organizar la sociedad en función de las necesidades familiares.

Todo lo contrario de lo que ocurre en los países nórdicos, donde primero se produjo la incorporación de la mujer al mercado de trabajo. Fueron las mujeres quienes, casi al principio del siglo XX, empezaron a reclamar no su derecho al trabajo –que ya lo habían conseguido– sino el derecho de las mujeres trabajadoras por cuenta ajena a tener una familia. A partir de ese momento, la sociedad empezó a articularse globalmente en torno a la realidad familiar. Pero en España esto no ha ocurrido con ningún sistema político. Y esto hace que los costes vitales de tener hijos en España sean hoy más elevados que en otras sociedades cuyos horarios y hábitos domésticos están más ordenados para hacer compatibles las tareas familiares y profesionales.

Otro rasgo particular de la sociedad española es la emancipación juvenil. En España, la emancipación familiar de los jóvenes es muy tardía (entre otras cosas, porque hay muy buena relación entre padres e hijos). A medio plazo, esto tiene consecuencias negativas porque los jóvenes van retrasando las responsabilidades y los compromisos propios de la entrada en la edad adulta. Y no siempre se puede achacar al “problema de la vivienda”, porque estamos viendo cómo en España en los últimos diez años han encontrado una casa donde vivir cuatro millones de inmigrantes; luego casas había y hay. Otra cosa es que no les guste para vivir, pero eso es muy diferente.

El problema es que las aspiraciones de confort y de consumo de los jóvenes españoles son extraordinariamente elevadas; muchos quieren emanciparse con los mismo niveles de calidad de vida que han alcanzado sus padres después de 30-40 años de trabajo; y estas demandas no se producen en ningún país del mundo. Lo habitual es que los jóvenes se emancipen antes, aunque sea en condiciones más duras, y poco a poco vayan progresando. Esto hace que el proceso de emancipación esté bloqueando los procesos de natalidad y de nupcialidad en la sociedad española.

Cuando la crisis golpea

Usted destaca con frecuencia la calidad de las relaciones intergeneracionales como uno de los aspectos más positivos de la familia española. ¿Cree que la crisis económica pone en tensión la solidaridad entre generaciones?

—Sin duda, la crisis económica produce efectos en la organización familiar. Hasta ahora, estamos viendo dos tipos de fenómenos. Por un lado, los jóvenes tienen mayor dificultad de acceso a los primeros empleos o bien éstos son más precarios. Se está empequeñeciendo así el panorama laboral de los hijos dependientes. Y, por otro, como también sabemos de sobra, la crisis está produciendo cifras muy altas de paro entre las personas adultas.

De los dos fenómenos, el segundo sí que tiene un potencial desestabilizador para la organización familiar porque afecta a todo el grupo. El primero claro que es un problema serio, pero siempre será menor mientras estén cubiertos los ingresos familiares. De modo que lo que es gravísimo es que en España haya un millón de hogares que sobrevivan con subsidios.

Salvo estos casos de pobreza extrema, no veo por qué la crisis económica tendría que traer tensión entre generaciones. Más bien estamos viendo lo contrario. En situaciones de crisis, la familia española activa e incrementa su papel de solidaridad interna. Otra cosa es lo que ocurra fuera del hogar; desde el punto de vista político, siempre hay un riesgo de instrumentalizar la crisis. Y otra dimensión a tener en cuenta es la duración de la crisis; su alargamiento desde luego incrementa los problemas familiares

Parejas de hecho y matrimonio

A diferencia de lo que ocurre en los países nórdicos, donde las tasas de natalidad entre los que viven en parejas de hecho serían análogas a las del matrimonio, parece que en España la cohabitación estaría cumpliendo una función distinta. ¿Es eso cierto?

—Sí. En los países nórdicos, las fronteras entre ambas realidades se han hecho borrosas; no existen diferencias sustantivas en los comportamientos de quienes simplemente cohabitan ni de los casados: ni en el tamaño de las familias, ni en los hábitos educativos, ni patrimoniales… En España, en cambio, los comportamientos siguen siendo muy distintos. Y no sólo en relación con la natalidad (tienen menos hijos), también en cuestiones patrimoniales: las parejas de hecho son más propensas a alquilar la vivienda antes que a comprarla, por ejemplo.

En España también hemos observado distintas pautas de comportamiento respecto a las estructura de poder en la relación de pareja. En un estudio que hice hace años, las mujeres españolas que se embarcaban en una unión de hecho solían mostrar mayor nivel educativo, ocupacional, salarial… que los varones con quienes se unían. Las estructuras de poder parecían estar detrás de este tipo de relaciones. No hay que olvidar que la ola de expansión de las uniones de hecho en España, hacia primeros de los años noventa, comienza sobre todo con uniones post-matrimoniales, y mucho menos pre-matrimonial; situación que está cambiado con rapidez y hoy existen de los dos tipos.

Indiferencia antes que tolerancia

El gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero introdujo cambios profundos en el sistema familiar español: legalizó el matrimonio homosexual; implantó el divorcio exprés; convirtió el aborto en un derecho… En alguna ocasión, usted ha explicado que la sociedad española ha asistido a estos cambios con indiferencia antes que con tolerancia. ¿A qué se refiere?

—Bueno, yo creo que los cambios han sido legales; los cambios sociales son más complicados y lentos aunque la permanencia de estas medidas legales sin duda tendrá efectos colectivos. A mi juicio, la sociedad española es una sociedad muy atomizada: el modo de pensar imperante es que todo el mundo puede hacer lo que quiera, siempre que a mí no me afecte. Lo cual es, desde luego, muy negativo desde el punto de vista de la dinámica social.

En este sentido, no creo que la opinión pública mayoritaria apoyara esos cambios legislativos que has citado porque estuviera convencida de que eran beneficiosos para la sociedad. Sencillamente los contempló con indiferencia; entre los que los apoyaron, la actitud de fondo era: “no me importa que los hagan para otros, pues a mí no me afectan”. Pero este modo de razonar denota poco sentido de lo público y termina erosionando bienes colectivos de cualquier tipo: desde instituciones sociales hasta pintadas en el autobús. La indiferencia con que se han asumido esas leyes es una muestra de individualismo antisocial, aunque después lo políticamente correcto sea presentarnos como solidarios.

El propio Rodríguez Zapatero ha declarado recientemente que él no tenía en mente aprobar el matrimonio homosexual; defendía las uniones civiles entre personas del mismo sexo y, según ha dicho, una persona de su partido se lo “impuso”. Y probablemente su falta de convicciones en este terreno le llevó a secundar la idea.