El matrimonio no es de usar y tirar

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Duración lectura: 4m. 33s.

Elisabeth Stewart, esposa y madre de tres hijos, que está comenzando su carrera como escritora, explica que para mantener vivo el matrimonio es preciso no poner el “yo” por encima de la felicidad del cónyuge y de los hijos (The Globe & Mail, Toronto, 30-XI-1995).

Hace poco mi hijo de ocho años se aventuró a conjeturar cuál de sus tías y tíos sería el próximo en anunciar el fin de su matrimonio. Durante los catorce años de la vida de mis hijos, a menudo he tenido el privilegio y el placer de ver el mundo a través de sus ojos de niños. Y esta no fue una de esas veces. Yo esperaba el siguiente disparo: ¿Y papá y tú? Pero ese disparo nunca llegó. Quizá nunca lo preguntó porque temía la respuesta.

(…) No me extraña que mis hijos estén preocupados. Yo les he tranquilizado diciendo que nuestro matrimonio va muy bien: lleno todavía de ese cariño especial que mantiene unida a una pareja (…). Si ese cariño especial puede acabarse en otras familias, ¿por qué no en la nuestra? Si mis hijos no se atreven a hacer esta pregunta, mi marido y yo nos la hacemos a nosotros mismos.

¿Seguimos juntos simplemente por comodidad? ¿Porque sería demasiado complicado repartir el dinero, las posesiones y los hijos? ¿Somos inmunes a las tentadoras alternativas que se nos presentan? (Mi marido tiene aquí una clara ventaja, pues trabaja entre legiones de mujeres elegantes. Yo sólo trato al cartero, a los tenderos y a los repartidores.)

(…) ¿Es posible que la anticuada noción del amor y del compromiso nos mantenga unidos? Reconocemos nuestra buena suerte, pero todavía nos sorprende. ¿Qué pasa con nuestra generación (la del baby boom) para que el divorcio parezca la solución lógica e inevitable a cualquier insatisfacción o falta de plenitud en nuestras vidas?

(…) “Él/ella ya no me hace feliz”. “Ya no siento el amor que antes tenía”. “Ha llegado el momento de ponerme yo en primer lugar, de concentrarme en mi felicidad, en lo que quiero para mi vida”.

El pronombre “yo” aparece a menudo en estas explicaciones [que dan personas que se divorcian]. Si eliminamos su frecuente uso, quizá varios de esos matrimonios podrían sobrevivir. El “yo” y el “nosotros” no existen dentro de un vacío, no ciertamente cuando se dan dentro del matrimonio y la familia. Lo que “yo” quiero de la vida y lo que “yo” creo que me hará feliz, debe incluir en último término lo que hace feliz a mi marido y a mis hijos. Cualquier cosa que haga tiene consecuencias directas en sus vidas. Lo mismo se puede decir para cada miembro de nuestra familia. Esto se define con una palabra: compromiso.

(…) Uno no puede ponerse en primer lugar en el matrimonio; si lo hace, está llamando al desastre. Yo no niego mi debilidad, pero me considero bastante dispuesta a dejar ciertas cosas con el fin de mantener intacto mi matrimonio. Una de esas cosas es la tentación de tener otra relación sentimental. Por supuesto, me gustaría sentir otra vez una pasión excitante en mi vida (perdón, cariño, no quisiera ofenderte), pero no a riesgo de destruir mi matrimonio. Incluso si mi marido nunca descubriera mi “imprudencia”, yo la sabría, y desaparecería el vínculo de confianza entre nosotros. No creo que muchos matrimonios puedan sobrevivir a eso.

Con esto no me resigno a ser una persona de segunda categoría o a llevar una vida “vivida a medias”. Las decisiones que tomé en el pasado -casarme, tener un cierto número de hijos, dejar de lado mi carrera- condicionan las que tomo ahora. No me imagino anunciando a mi familia: “Perdón, todo esto ha sido un terrible error, esto no es lo que yo verdaderamente quería para mi vida”.

Por supuesto que hay días en que puedo pensar eso: días en que mi marido me irrita, en que miro a mis hijos y me asombro de haber engendrado tan ingratos miserables. Pero la clave de esto está en la palabra “días”. Me permitiré lamentarme un rato por todas esas posibilidades de la vida que no escogí (o que, en mi arrogancia juvenil, ni siquiera consideré); pero eso es todo. No puedo engañarme creyendo que si yo dejara el matrimonio buscando mi satisfacción en otra parte, la encontraría realmente. Además, habría arruinado otras vidas en el camino.

El amor y las ilusiones compartidas nos trajeron a mi marido y a mí hasta este punto de nuestra existencia. La vida que hemos construido juntos es nuestro punto focal: ahora nuestras decisiones se desarrollan a partir de ahí. Ninguno de nosotros es responsable de hacer al otro “feliz”, pero ambos tenemos la responsabilidad de mantener “vivo” nuestro matrimonio. La felicidad es la consecuencia de ese compromiso.

(…) ¿Cómo es posible que muera ese amor? No debería ocurrir, y no tiene por qué ocurrir. El amor es un don, un don precioso que debemos cuidar con tanta ternura y tanta fiereza como cuidamos de nuestros hijos. Las personas crecemos y cambiamos. Lo mismo ocurre con el amor y con la dinámica de un matrimonio. Ambas cosas requieren nuestra constante atención. El matrimonio no es un producto de usar y tirar.

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares