Julio Anguita, antiguo coordinador general de Izquierda Unida y secretario general del Partido Comunista de España, volvió a la enseñanza en un instituto de Córdoba. Después de un curso, comenta en declaraciones a ABC (20 mayo 2001) su experiencia sobre la actitud de los alumnos y el tipo de educación que reciben.
Hoy la figura del profesor es injustamente tratada. Solo se habla de cuántas vacaciones tienen los profesores de la enseñanza, y nunca de lo que supone presentarse diariamente ante un alumnado a impartir clases. Nadie valora en su medida esa labor. Al reincorporarme me he encontrado un panorama sustancialmente peor, en el que los alumnos han perdido la curiosidad y la sociedad el norte.
Antes se impartía una enseñanza memorística, quizá no la idónea, pero que tenía unos objetivos. Actualmente no hay fines concretos, y esto nos revela un mal no solo educativo, sino de la sociedad en general: los dirigentes sociales tampoco saben lo que quieren.
Los únicos valores vigentes son el mercado y la competitividad. Rige una mala interpretación de la democracia por la que se busca el “achusmamiento” o “aplebeyamiento” de todos. Los jóvenes, hoy, no encuentran sentido a la reflexión, hecho que, además, se alimenta con el modelo que proponen ciertos programas de televisión. Estamos perdiendo la dimensión ética y estética de la sociedad porque no interesa crear personas mejores, sino consumidores.
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Los compañeros que me he encontrado después de estos años dedicado a la política son más capaces y están mejor preparados que los de antes. No me vale el argumento de que a los alumnos “hay que motivarlos” porque se les incentiva constantemente, pero se muestran pasmosamente indiferentes. Viven anclados a los videojuegos, eso que yo llamo “sucedáneo de hedonismo” y no conocen conceptos como la austeridad, la sobriedad o el sentido del deber. Están sumidos en un constante presente y no les interesan asignaturas como la Filosofía o la Historia, que les ayudan a entender por qué ocurren las cosas. El trato que dispensan al profesor también es sorprendente. A veces hay falta de respeto hacia el que imparte clase, incluso como ser humano.
Es un alumnado triste, no porque no se ría o no alborote, sino porque pasa de puntillas por todo. Nunca se implica. Todos tenemos la culpa, estos jóvenes son un producto nuestro. La familia busca en los profesores un sustituto, y eso no funciona.