El ordenador en casa, enemigo del estudio

Varios estudios de los últimos años indican que la vía para compensar la desventaja de los alumnos de extracción social baja no es la informática sino la letra impresa. Cerrar la “brecha digital” entre pobres y ricos supone agrandar las diferencias académicas.

La investigación más completa sobre el particular es de dos profesores de Economía de Estados Unidos, Ofer Malamud (Universidad de Chicago) y Cristian Pop-Eleches (Universidad de Columbia) (1). Un plan llevado a cabo en Rumanía, país de origen del segundo, les dio un caso muy adecuado para comprobar qué efecto tiene en el rendimiento escolar la llegada de un ordenador personal a un hogar donde no antes había. En 2008, el Ministerio de Educación rumano se ofreció a subvencionar con cheques de 200 euros la compra de computadoras para alumnos de familias de renta baja matriculados en escuelas públicas. Una muestra de los 35.000 que recibieron la ayuda son el grupo experimental del estudio; los que optaron a ella pero no la consiguieron, porque no había cheques para todos, sirven de grupo de control. Los datos se obtuvieron de los expedientes académicos de los chicos y de una encuesta a ellos y sus padres sobre el uso del ordenador en casa.

El ordenador solo perjudica a los pobres

El trabajo de Malamud y Pop-Eleches documenta el caso de estudiantes de renta baja. Otro de Jacob L. Vigdor y Helen F. Ladd (ambos de Duke University) lo compara con el de muchachos de superior nivel de vida (2). El escenario es Carolina del Norte, donde empezó a haber servicios de banda ancha en 2000. Los investigadores examinan los resultados académicos de los alumnos de 11-14 años del estado entre aquel año y 2005.

Vuelve a salir que la informática en casa perjudica el rendimiento escolar, pero solo en los chicos de clase modesta. Es notable el descenso de notas en lengua y matemáticas entre los estudiantes negros con ordenador, mientras que en los demás no se aprecia efecto alguno en matemáticas y solo uno muy ligero en lengua.

Los autores no saben a qué se debe esa diferencia. Tal vez, dicen, en las familias acomodadas hay, por término medio, más supervisión de los padres.

¿Se puede evitar los efectos perjudiciales del ordenador asegurando que se usa como herramienta educativa? Eso se intentó en un experimento realizado con alumnos de Texas, a quienes se dio ordenadores portátiles que podían llevarse a casa. Los aparatos no tenían instalados más que programas de utilidad educativa, y se habían configurado para bloquear distracciones (correo electrónico, chat, juegos, sitios web dudosos…). Las restricciones no funcionaron a la perfección porque muchos chicos aprendieron a sortear algunas, pero redujeron las pérdidas de tiempo.

Para ver cómo funcionó el plan, se examinaron los resultados académicos de los chicos que recibieron los portátiles y se los comparó con los de alumnos de superior nivel de vida y con los de otros de escuelas donde no se aplicó el plan. Los resultados, analizados por el Texas Center for Educational Research, son ambiguos, según un artículo del Prof. Randall Stross en The New York Times (9-07-2010), que también comenta los estudios citados antes. Se detectan ligeras mejoras en algunas materias entre los estudiantes con portátiles entregados por la escuela, junto a una bajada de notas en lengua. El efecto igualador con los compañeros de clase acomodada solo se aprecia en las habilidades informáticas.

Importa notar que estos estudios se refieren al uso doméstico de ordenadores. No implican que sea inútil o perjudicial que los alumnos o los profesores empleen equipos informáticos para las clases en la escuela. Este es otro tema, sobre el que se puede consultar el artículo “¿Qué hace ese ordenador en el aula?” (Aceprensa, 2-12-2009).

La importancia de tener libros en casa

Por el contrario, parece que sería mejor servicio a los alumnos desfavorecidos -y más barato- regalarles libros en vez de ordenadores. Es lo que indican los estudios del Prof. Richard Allington (Universidad de Tennessee), que se ha fijado en el efecto de iniciativas para fomentar que los colegiales de familias modestas lean en verano. Estos chicos, en general, no suelen tener en vacaciones clases de repaso u otras ayudas para fijar lo aprendido, y cuando se reincorporan a la escuela han perdido terreno con respecto a sus compañeros más afortunados. Al cabo de la vida escolar, el retraso acumulado puede ser de dos años o más en lectura y expresión verbal.

Esto se evita en gran medida si los chicos leen durante el verano, lo que por lo visto no es difícil de lograr si se se les da libros al final del curso. Allington dice haberlo comprobado con un estudio de tres años, aún inédito, sobre un experimento hecho en Florida. Los 852 niños de primaria, todos de zonas pobres, que recibieron doce libros por cabeza para el verano, tuvieron después resultados notablemente mejores que los otros compañeros (cfr. Houston Chronicle, 30-06-2010).

La eficacia de tales iniciativas no viene solo, al parecer, de que los niños practiquen la lectura. Tener libros también fomenta en ellos una actitud favorable al estudio. Quizá así se expliquen los hallazgos de otro trabajo reciente, firmado por la socióloga Mariah Evans (Universidad de Nevada) y otros, sobre escolares de 27 países de muy distintos niveles de vida (3). Los autores descubren una relación estadística entre el nivel educativo que alcanza un chico y el número de libros que hay en su casa. Naturalmente, en la duración de la vida académica influyen otros factores, muy en especial el nivel educativo de los padres. Pero, según Evans y sus colaboradores, una biblioteca doméstica de 500 o más libros tiene más o menos el mismo efecto que unos padres con título universitario. En ambos casos, los chicos cursan una media de 3,2 años más de estudios que sus compañeros sin libros en casa o de padres con solo tres años de escuela. La diferencia no es la misma en todos los países: por ejemplo, es mucho mayor en China (6,6 años) que en Estados Unidos (2,4 años).

Aquí viene de molde lo que hace años escribió Simon Jenkins, que trabajó en The Times como director (1990-1992) y comentarista (1992-2005), sobre la distinta importancia de Internet y de la literatura para la formación de los estudiantes. “Una casa sin libros es un cobijo, pero no un hogar. Los niños que no leen novelas tal vez tengan destreza, pero no educación” (The Sunday Times, 16-02-1997).

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Notas

(1) “Home Computer Use and the Development of Human Capital”. Se publicará en un próximo número del Quarterly Journal of Economics. Está disponible el borrador (PDF, 394 KB).

(2) “Scaling the Digital Divide: Home Computer Technology and Student Achievement”, NBER Working Paper No. 16078, junio 2010: ver sumario.

(3) M.D.R. Evans, Jonathan Kelley, Joanna Sikora y Donald J. Treiman,“Family scholarly culture and educational success: Books and schooling in 27 nations”, Research in Social Stratification and Mobility, junio 2010, pp. 171-197: ver sumario.

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