Cómplices de la frivolidad

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Duración lectura: 1m. 55s.

José Antonio Marina comenta en El Cultural de La Razón (Madrid, 25-IV-99) la responsabilidad de quienes publican en los medios de comunicación por cuanto pueden contribuir a extender tópicos y modas.

Los silencios cautelosos, las claudicaciones cínicas o escépticas o simplemente cómodas nos enredan a todos en una complicidad maligna o boba.

(…) Me preocupa la facilidad con que podemos ser “colaboracionistas inconscientes”. Todos nos quejamos de cosas que estamos ayudando a existir: la mala televisión, los falsos prestigios, los fracasos familiares, la cultura de la adicción, la sexualidad frívola, el despojo de la infancia, la violencia implícita o explícita, la superficialidad en los debates, la impaciencia, la prisa, el desánimo, la blandura con los culpables, el olvido de las víctimas, la burla de la inocencia, las injustificables tolerancias, la desconfianza en la bondad, el elogio de la transgresión, el cántico a la incoherencia. Somos víctimas de modas, costumbres, creencias en cuya consolidación participamos sin saberlo.

No quiero ser colaboracionista. ¿Pero cómo saber a qué creencias estoy prestando ayuda sin saberlo? Necesito analizar las implicaciones de lo que hago. Los fenómenos sociales son un precipitado de actos individuales. Resulta difícil separar lo privado de lo público. Las conductas íntimas se basan en creencias que desbordan la intimidad, que dirigen la evaluación de las costumbres, las modas, el consumo, la aceptación o el rechazo, la excusa o el ataque.

(…) Los que escribimos en los papeles contribuimos, con nuestra indolencia o esfuerzo, con nuestra condescendencia o nuestra crítica, a la creación de modas o modos de pensar y de sentir. Y si no analizamos los mensajes, apoyos, prejuicios implícitos en lo que decimos, acabaremos siendo colaboracionistas sin saberlo.

Cada vez que criticamos sin exponer el criterio, o que juzgamos sin haber intentado primero comprender, o elogiamos la facilidad, la espontaneidad, el malditismo, cada vez que se nos cae la baba hablando de Sade o consideramos a Bataille como un genio filosófico, o hacemos burlas acerca del pensamiento sistemático para ensalzar después un florilegio de frases ingeniosas, estamos siendo colaboracionistas de la frivolidad. Cooperamos en la edificación del limbo de las equivalencias, donde todo vale por claudicación.

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