Un igualitarismo de doble filo

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Los nuevos partidos feministas de Europa abogan por una idea de la igualdad que en la práctica conduciría a ambos sexos a comportarse (e incluso a sentir) de modo parecido. Pero esta forma de igualitarismo rígido puede tener efectos contraproducentes para las mujeres, como la imposición de nuevas expectativas o el mayor estrés laboral.

Algunos grupos feministas echan en cara a los partidos tradicionales que no hagan más hincapié en los asuntos que afectan a la mujer. Por eso, en Suecia, Francia o Alemania han surgido nuevos partidos que ponen esos asuntos en primer plano. En el Reino Unido acaba de nacer el Women’s Equality Party (WEP), que promueve la igualdad de derechos en varios frentes, con cuotas de paridad incluidas.

El WEP no ha caído bien a todas las feministas. Kate Maltby reprocha a Suzanne Moore, columnista de The Guardian y una de las madrinas del nuevo partido, que mezcle la lucha por la igualdad con otras causas políticas: “El feminismo de Moore es muy diferente del mío: emplea la causa feminista para ‘desmantelar el neo-liberalismo’ y combatir ‘la falsa doctrina de la austeridad’. Mi feminismo está completamente vinculado al compromiso con la meritocracia y la prosperidad individual”.

Y añade: “El feminismo nunca ha sido, y nunca debería ser, un movimiento homogéneo. Lo que nos une es muy sencillo: la convicción de que el género no debería limitar las oportunidades de nadie; y sin embargo las limita, constantemente, mucho más que las leyes de la naturaleza”.

Paternalismos que no son igualdad

Las críticas de Maltby a Moore ponen de manifiesto el riesgo de que la causa por la igualdad de derechos –un objetivo a perseguir por todas las sociedades que quieran ser calificadas de democráticas– se confunda con un paternalismo que obligue a ambos sexos a negar las diferencias que proceden de la naturaleza y las que son consecuencia de decisiones tomadas libremente.

No se entiende por qué las mujeres querrían renunciar al poder de organizarse como mejor les parezca, para ponerse bajo la tutela de un “patriarcado feminista”

Así ocurre, por ejemplo, cuando se predica un modelo “igualitario” (50-50) en el reparto de tareas entre hombre y mujer, sin tener en cuenta cómo quieren organizarse las familias. No se entiende por qué las mujeres querrían renunciar al poder de organizarse como mejor les parezca, para ponerse bajo la tutela de un “patriarcado feminista” que les diga cómo tienen que hacer las cosas.

Otra cosa es promover la mayor implicación de los hombres en las tareas domésticas y en la educación de sus hijos. En esto ha habido progresos: el Pew Research Center calcula que en EE.UU. el 98% de los padres casados que viven con sus hijos menores de 5 años juegan con ellos varias veces a la semana. Con la misma frecuencia, el 95% come con ellos o les da de comer; el 89% ayuda a bañarles y vestirles; el 60% les lee cuentos (cfr. “A Tale of Two Fathers”, 2011).

Pero a los hombres les puede disgustar que el ideal del nuevo macho propuesto hoy día se reduzca en gran parte a la obligación de ser más emotivos. Lo que en el fondo encierra la sospecha de que la masculinidad es “inherentemente problemática” y puede convertir a los hombres “en peligrosos autómatas sin sentimientos”, como denuncia Nancy McDermott.

Tampoco cabe esperar gran entusiasmo por parte de los hombres cuando ven que algunas feministas insisten en negarles el rol de transmisores de valores (salvo cuando coinciden con los que ellas aprueban). O cuando intentan imponerles el modelo de “familia democrática”, donde padres y madres estarían obligados a consensuar las decisiones familiares con sus hijos.

Todas estas formas de paternalismo provocan más rechazo que adhesión y, a la larga, alejan al movimiento feminista de su principal objetivo. Dice el Women’s Equality Party en su web que “la igualdad para las mujeres no es un asunto de la mujer”. Y tiene razón. Por eso, debe esforzarse por no perder a los hombres por el camino, con banderas que no son las de la igualdad.

A vueltas con las políticas de lo particular

Precisamente en el Reino Unido se ha empezado a hablar de un movimiento por los derechos de los hombres, que lamenta la falta de atención a los asuntos masculinos. En vísperas del Día Internacional del Hombre, el diputado tory Philip Davies se quejó del desinterés del Parlamento británico por problemas como el fracaso escolar de los chicos de barrios modestos o la tasa de suicidio de los varones.

Para lograr la igualdad, el paternalismo de cuño feminista se empeña en negar las diferencias que proceden de la naturaleza y las que son consecuencia de decisiones personales

Pero a Tom Slater, redactor jefe de Spiked, le parece desacertado este enfoque. Entre otras cosas, porque supone meter en el mismo saco dos problemas distintos: “El primero es un asunto claramente relacionado con la clase social. El segundo apunta a cuestiones más profundas como la alienación social o la incapacidad de la sociedad moderna de dar sentido a la vida”.

Slater cree que el victimismo de cuño masculino es un reflejo del feminista: ambos están alimentados por las políticas identitarias. “Que exista una secretaria de Estado para las Mujeres y una auténtica industria de organizaciones benéficas creadas para resolver ‘asuntos que afectan a la mujer’ es una afrenta para el universalismo”; es decir, para la igualdad ante la ley. “Pero la solución no es crear un secretario de Estado para los Hombres, ni un Día Internacional del Hombre, ni organizaciones benéficas específicas para hombres. Debemos despojarnos de este sexismo que crea división y trabajar juntos para servir las aspiraciones y los intereses de todos”.

“En la era de las políticas identitarias, se han institucionalizado los intereses particulares. No necesitamos el feminismo, ni tampoco los derechos de los hombres. Lo que hace falta es cooperación mutua”.

Problemas distintos

La argumentación de Slater, sin embargo, pasa por alto las desigualdades que todavía persisten entre los sexos. De ahí que siga siendo necesario atender a las necesidades específicas. Las dificultades de las empleadas que son madres, por ejemplo, no son idénticas a las de los hombres ni tampoco a las de las mujeres que no son madres.

En este sentido, la psiquiatra Judith Mohring advierte que la presión para compaginar la carrera profesional con las tareas domésticas, el cuidado de los hijos y, cada vez más, el de los padres ancianos, estaba llevando a las mujeres a experimentar un estrés laboral mayor que el de los hombres.

Según las estadísticas de la Dirección de Salud y Seguridad británica, recién publicadas, en Gran Bretaña el riesgo de sufrir estrés laboral es un 67% más alto entre las mujeres de entre 35 y 44 años que entre los hombres de las mismas edades. En esa franja de edad, la tasa de estrés laboral se sitúa en 2.090 casos por 100.000 mujeres; frente a 1.250 por 100.000 hombres.

Puedes tenerlo todo”, en versión estatista

En otro artículo publicado en The Telegraph, Allison Pearson se hace eco de estas estadísticas y las achaca al desigual reparto de tareas entre mujeres y hombres: mientras a ellas “no les ha importado suprimir su biología y convertirse en hombres en la oficina”, ellos han sido reacios a “convertirse en mujeres en casa”.

Pero habría que preguntarse qué papel ha tenido el discurso igualitarista en ese reparto. Todavía hoy el eslogan “puedes tenerlo todo” sigue teniendo efectos contraproducentes. La propia Pearson apunta a una mayor exigencia en todos los ámbitos: “Las mujeres no nos estamos rompiendo porque seamos débiles, sino porque somos sorprendentemente fuertes y llevamos esa fortaleza hasta el límite”.

La doctora Mohring coincide en que hoy las expectativas para las mujeres son demasiado altas: “Las madres no son las únicas que creen que no están cumpliendo con un supuesto ideal femenino. Las mujeres debemos competir en demasiados frentes: nuestro aspecto físico, la calidad de nuestras relaciones y, por supuesto, la del trabajo que hacemos”.

Pearson lamenta que el gobierno británico se haya apuntado a la moda de exigir más a las mujeres y pone de manifiesto una contradicción: por un lado, el gobierno se jacta de haber logrado el máximo histórico de mujeres que trabajan a tiempo completo; por otro, dos de sus ministros han empezado a hacer campaña para que los británicos cuiden a los ancianos en casa en vez de llevarlos a residencias.

Y concluye: “Usted puede ayudar a las mujeres (o a los hombres) para que se queden en casa y se hagan cargo de los cuidados que el Estado no quiere pagar, o bien puede instar a las madres a trabajar a tiempo completo (aunque la mayoría de las que tienen hijos pequeños preferirían otras opciones). Lo que no puede es tener ambas cosas”.


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