“Presencias reales”, de George Steiner

Por una comprensión del arte abierta a la trascendencia

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¿Puede haber una experiencia de la poesía, de la pintura o de la composición musical que no presuponga la presencia de un sentido que, en última instancia, es trascendente? Esta es la decisiva pregunta que se plantea George Steiner en Presencias reales (1), un libro que por su originalidad ha llamado la atención al ser publicado en Gran Bretaña, en Francia y ahora en España. Asumiendo posturas a menudo contrarias a las ideas dominantes, este libro supone un inicio de reconstrucción de la cultura contemporánea.

George Steiner es uno de los más brillantes estudiosos de la cultura europea. Nacido en París, hijo de judíos austriacos, fue discípulo de pensadores como Lévi-Strauss o Jacques Maritain, y es profesor de Literatura Comparada en Cambridge y en la Universidad de Ginebra. Entre su extensa obra cabe destacar: Tolstói o Dostoievski, Lenguaje y silencio, En el castillo de Barbazul, Extraterritorial, Antígonas, Después de Babel y Martin Heidegger.

Con estos títulos, Steiner expone sin ambages su tesis desde el comienzo del libro: “Cualquier explicación coherente de la capacidad del habla humana para comunicar significado y sentimiento está, en última instancia, garantizada por el supuesto de la presencia de Dios. Mi hipótesis es que la experiencia del significado estético –en particular, el de la literatura, las artes y la forma musical– infiere la posibilidad necesaria de esta ‘presencia real’”. Y él mismo explica la aparente contradicción de esa “posibilidad necesaria”: “La aparente paradoja de una ‘posibilidad necesaria’ es, precisamente, la que el poema, la pintura o la composición musical tienen derecho a explorar y a poner en acto”.

Más allá de los juegos del lenguaje

“Este estudio –afirma– se propone sostener que la apuesta en favor del significado del significado, en favor del potencial de percepción y respuesta cuando una voz humana se dirige a otra, cuando nos enfrentamos al texto, la obra de arte o la pieza musical, es decir, cuando encontramos al ‘otro’ en su condición de libertad, es una apuesta en favor de la trascendencia”.

“Cualquier explicación coherente de la capacidad del habla humana para comunicar significado y sentimiento está, en última instancia, garantizada por el supuesto de la presencia de Dios”

Y esta apuesta no será una apuesta en un juego irresponsable, ni una aceptación de un riesgo ininteligente, sino una afirmación vital rotunda. Si esta aceptación responsable y sabia no es una estricta demostración científica, es debido a que se trata de algo superior a lo meramente racional discursivo, algo que linda con el misterio y comporta, con la inteligencia, el riesgo de la fe.

Steiner desarrolla esta tesis de una manera gradual, llena de citas enriquecedoras, que muestran el culto humanismo del autor, más del área norteuropea que mediterránea. Con tempo lento y amplio periodo expositivo, muestra la insuficiencia y esterilidad de las distintas filosofías del lenguaje desde Saussure, del positivismo, del racionalismo e idealismo inmanentistas. Su crítica no adopta la forma de la réplica científica o ideológica, sino la del rechazo vital de lo muerto, como quien evita las puertas cerradas porque busca la libertad.

Una ciudad secundaria

Con agudeza e ironía descalifica gran parte de la cultura actual, especialmente académica y universitaria. Una sociedad culta integrada por funcionarios de la minucia: la filología ya no conoce un Logos objeto de amor (p. 279), sino que juguetea con las palabras sin amarlas (cfr. pp. 180 ss). Esta “ciudad secundaria” es la de las puertas cerradas de la lingüística pretendidamente autónoma, la de la glosa de la glosa... de la glosa. Para ella, el poema y su belleza son sólo pretexto para el texto que es post-texto, comentario, a su vez pretexto para un nuevo texto... No es una broma esta cárcel de papel, esta ciudad secundaria, sino una trivialidad, una imitación de simio, una negación terrible, voluntariamente ciega.

Frente a esta tendencia, Steiner mantiene que el único modo de advertir esas “presencias reales” en el arte es considerarlas como “grandes invitados”, a quienes se les debe esperar y desear, con reverencia y temor, con cortesía, y escuchar su salutación y mensaje con confianza; maneras éstas las únicas de aceptar al “otro” que se ofrece en la poesía, en la música, en cualquier arte... El “otro” es siempre, de muy diversos modos, el “Logos”, misterioso, anhelado, posible y necesario, en la palabra creadora del arte.

La ruptura del contrato

“La ruptura del contrato” es la segunda parte del ensayo, y se refiere a la destrucción del puente entre la palabra y lo significado. Ese nombrar que, cuando nombra, ama ese mundo o persona que no soy yo, ese “otro” que recibo y acojo con cortesía y confianza. La ruptura del contrato es el grito que dice no, y en su rabia pretende aniquilar la primera palabra, la primera creación, el principio, todo principio. Roto el contrato, todo es secundariedad de ciudad cerrada.

El nombre de la rosa (no se refiere George Steiner más que al eco), dice Abelardo, sería significativo aunque ya no hubiera rosas. Pero los que quebrantan el contrato pretenden romper toda significación, y hacer que en el lenguaje el nombre de la rosa consista en sí mismo. Como el eco sin voz ni monte en que golpee, sino como entramado de ecos sin Voz, sin palabra primera, sin rosa; como un perfume de papel de una rosa de papel... que ni papel es: deconstrucción o rebeldía satánica y desesperada. Especialmente tremendo es el juicio que en este sentido hace Steiner de Rimbaud y Mallarmé (del que no escapa Baudelaire), acusación sin paliativos ni excusas, de haber sido gravemente responsables, ante la humanidad y su historia, de romper el contrato. Acusación más directa y virulentamente referida a ellos que a un Descartes o a un Kant o a un Hegel.

La ruptura del contrato es, pues, negación del significado de la palabra, de que sea nombre que nombra, negación de la realidad de la trascendencia. Decir que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo es cerrazón, inmanentismo, es decir no a todo lo que es otro, mundo, y, radicalmente, al “Otro”, Dios.

Presencias reales

Con los materiales salvados y afirmados a lo largo del libro, Steiner construye en la tercera parte esas reales presencias –mundo, el yo como persona, las otras personas, el “Otro”, Persona– que se “hallan” en la obra de arte. Digo “hallan” porque Steiner quiere indicar lugar, como si el arte fuera –imitando la expresión de Heidegger– la casa del Ser, que lo es, pues es la más verdadera imitatio del acto creador primero. En esa “mímesis” simpática, familiar, misteriosa, de la génesis divina, que es el arte, se presenta, real, todo lo otro, y el “Otro” en su existir y en su ser que trasciende y da vida y sentido.

“Donde la norma del discurso aprobado es el agnosticismo, cuando no un consiguiente ateísmo, resulta de lo más difícil para un artista encontrar palabras para su creación”

Steiner insiste, de modo especial en esta última parte, en que es necesario el salto, el riesgo, en la aceptación de esas presencias como reales, en la aceptación del arte como el mejor espejo en que la Palabra se refleja, en la aceptación de la palabra como Logos, Verbo y salvador de nuestra muerte y creador de nuestra resurrección. Pues es misteriosa esta presencia en la misteriosa casa que es el arte, exige ese tanto de fe, que es don, y esa libre disposición de “cortesía” y “confianza”, ese querido abandono aun en lo oscuro... Esa oscuridad, Negro sobre Negro, es Libertad, Blanco sobre Blanco, es cegadora Luz.

Para salir del nihilismo

No me parece que este libro sea polémico: es más bien un libro de “lo toma o lo deja”, porque no hay fisura alguna. Steiner acude con prisa a la batalla, y desnudo –como dice San Agustín–: no hay ropa por la que agarrarle. Su lectura puede dejar como poso un pensativo “y sin embargo...” (pues él habló a través de la persona, y resuena lo dicho en otra persona); o puede provocar una ira tal que se lance el libro contra la pared; o bien suscitar una apasionada simpatía como en mí (quien haya leído mi Filocalía o Amor a la Belleza, o vaya a leerla, comprenderá el porqué). Pero no cabe polemizar: quien lee el libro comprendiéndolo no puede “ofender” las ideas de Steiner o “defender” las propias, pues queda del todo vencido.

Entre otras muchas cosas marginales, materiales de construcción humanista, que Steiner va dejando aquí y allá, está esa referencia a la mímesis platónica (por cierto, que San Agustín y Platón son las líneas fuertes de su pensamiento y de su color judeocristiano): el sujeto creador humano, el artista, imita al primero y propio Creador. Y en esa imitatio hay, al menos inicialmente, una especie de rivalidad, de furia y envidia contra el que lo es y lo da todo y todo lo sustenta. Para terminar diciendo que esos “celos” son o llegan a ser una forma de piedad hacia Él.

Steiner rechaza la cultura de la modernidad y de la postmodernidad en lo que tienen de cerrazón, de negación de significación de la palabra, de negación de un Logos inicial. Esta inmanencia desemboca en el más pleno nihilismo, y acaba siendo la negación del mismo arte: “Donde impera una racionalidad moldeada de modo ingenuo sobre la de las ciencias y la tecnología, donde la norma del discurso aprobado es el agnosticismo, cuando no un consiguiente ateísmo, resulta de lo más difícil para un artista encontrar palabras para su creación, para las ‘vibraciones de lo originario’ que estimulen su obra. Sin embargo, el arte importante en nuestra controvertida modernidad ha sido tocado, como toda creación antes que él, por el fuego y el hielo de Dios” (p. 270).

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(1) George Steiner. Presencias reales. Traducción de Juan Gabriel López Guix. Destino. Barcelona (1991). 281 págs. 3.300 ptas. (T.o.: Real Presences.)


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