La crítica ante la última novela de Gala

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Puede que el último libro de Antonio Gala, La regla de tres, se esté vendiendo bien. Pero no con el aplauso de la crítica literaria. Quienes reseñan su obra en los diarios ABC, El País y El Mundo coinciden en que parece más un ensayo que una novela.

La regla de tres -escribe Luis de la Peña en El País (20-IV-96)- cuenta la historia de un escritor maduro y bisexual, Octavio Lerma, que, después de ver arruinados por el precipicio de la muerte todos sus amores anteriores, inicia, aislado de todo, un periodo de reflexión íntima y soledad y la escritura de un nuevo libro que es una indagación sobre los mismos motivos que mueven la novela que estamos leyendo. Pero en su retiro comenzará una relación con Asia, una mujer madura, y con Leo, su joven esposo. Y es aquí donde comienza a desencadenarse todo el nudo de pasiones, contradicciones, sobreentendidos, celos, insinuaciones, culpas y complicidades siempre encaminadas a enseñarnos la bonanza de la relación amorosa entre tres. Una relación que se quiere, más que consentida, compartida hasta los últimos límites místicos y eróticos del amor.

A pesar de que la novela se pretende como una búsqueda, como una indagación personal en las razones y pasiones que gobiernan (o desgobiernan) las relaciones amorosas, el resultado es otro. El autor cae en una estética presidida por aconteceres externos, realistas, aunque con el estilo usado quiera dar otra impresión. Una mezcla de aparente intelectualismo regido por la continua aparición de citas intelectuales, junto con unas pinceladas de rasgos y dioses mitológicos o citas latinas, se conjugan con una cierta abundancia de frases hechas de corte popular que dan un sentido distendido y coloquial a una prosa ágil y segura, sin pliegues y directa. (…)

Al cabo, un discurso que no dice nada nuevo, que no se conozca ya desde las visiones del mundo que el autor vierte en sus columnas periodísticas. Una novela carente de hondura que concluye convirtiéndose en un relato sobre el mal de amores y el drama de la vida y de la muerte.

Un desfile de amores fracasados, pretendidos, huidos o iniciados que dan como resultado un desafortunado relato que cae con demasiada frecuencia en lo folletinesco.

Ricardo Senabre dice en ABC Cultural (26-IV-96):

Las acciones (…) que conducen al desenlace son casi siempre inexistentes: se reducen a interminables coloquios en los que, en realidad, es Octavio quien habla, adoctrina o pontifica, mientras los demás asienten admirativamente. Los temas giran en torno al amor, a la muerte, a la sexualidad… Los fragmentos del supuesto libro que de vez en cuando se intercalan en el relato abundan en los mismos asuntos, y con demasiada frecuencia adquieren sustantividad por sí solos, como si se tratara de artículos exentos -muy semejantes en tono y motivo a los que Gala escribe regularmente- introducidos sin necesidad en el cuerpo de la historia. (…) Hay demasiadas páginas discursivas e innecesarias que sobrecargan y paralizan muchas veces una narración cuyo desarrollo tiende ya naturalmente a la parálisis.

(…) Su contextura narrativa es muy tenue, y la organización de los materiales de la historia se ha basado más en recursos propios de la prosa ensayística que en los que necesita el relato de unas vidas. La sugerencia ha sido sustituida a menudo por la explicación pormenorizada; los actos, por palabras. Era un camino peligroso, y los riesgos se han hecho notar.

Y, hablando de riesgos, comenta Santos Sanz Villanueva en El Mundo (20-IV-96), diario en que escribe sus artículos el propio Gala:

Incluso algunos pasajes pueden tenerse por literatura de tesis. Esta postura, aunque legítima, comporta graves riesgos. El mayor está en lo mucho que fuerza lo propiamente novelesco. A pesar de las incertidumbres psicológicas que padecen, los personajes no escapan a una configuración bastante esquemática. Mil veces se ponderan las muchas dotes de Octavio, pero en el fondo es un ser pagado de sí mismo y plano. Asia no para de reírse, pero con frecuencia no pasa de un tic sin sentido. Esa especie de camino de perfección de los personajes da pie a demasiada retórica y a excesos discursivos.

Todo ello produce un efecto negativo en la novela, pero la clave de esos rasgos se encuentra en el tipo de narración que el autor ha querido hacer.

Todo, personajes y acción, está sujeto a un desarrollo de corte especulativo y teórico. El libro, al igual que el que quiere escribir Octavio, no es una novela canónica, sino una «meditación» cercana al estilo ensayístico. Gala ha sacrificado en buena medida lo novelesco a un apasionado, conflictivo, meándrico y provocador discurso sobre el amor, sus límites, terrores y venturas.

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