El Observatorio

La Casa Blanca como Gran Hermano en las universidades

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Una versión de este artículo se publicó en el servicio impreso 52/14

La ascendente marea de violaciones y agresiones sexuales en las instituciones universitarias ha alarmado a la Casa Blanca. Así que docenas de universidades están investigando casos de violencia sexual bajo el ojo vigilante del gobierno. Obama ha dicho que “nos concierne a todos acabar con las agresiones sexuales” y ha exigido a las universidades una serie de medidas para conseguirlo. Carolyn Moynihan se plantea en MercatorNet si la estrategia de la administración Obama logrará inculcar virtudes para las que nadie formó a los universitarios.

¿Quiénes son los jóvenes que les hacen la vida imposible a las mujeres en los campus universitarios? ¿Cómo llegaron a ser un problema tan grande que el gobierno federal tiene que intervenir para frenarlos? La respuesta a estas preguntas nos dirá si el gran esquema de Obama para mejorar el comportamiento sexual tiene alguna posibilidad de éxito.

Pongamos un ejemplo, con el perfil de un personaje. El universitario que se aprovecha de una estudiante después de que esta toma una píldora de Ecstasy en una fiesta de copas, ha estado preparándose por largo tiempo para esta agresión. Empezó en su casa, donde sus padres fallaron al no educarlo en la virtud de la castidad ni guiarlo en su práctica. Creció y llegó a la adolescencia sin entender que el sexo tiene su sentido, propósito y alegría en el matrimonio, que tendría la mejor oportunidad de tener un matrimonio feliz si seguía ese camino, y que requeriría de una fortaleza varonil para resistir las múltiples tentaciones que enfrentaría.

Desde sus años tiernos, encontró imágenes sexuales a dondequiera que volvió la mirada, desde la pequeña pantalla hasta el cine, desde el estante de revistas hasta las vallas publicitarias en la calle, en las letras de la música pop y en las escenas de videojuegos. Y captó el mensaje: el sexo es algo que uno tiene que hacer tan pronto como se presente la oportunidad. En las webs pornográficas encontró muchísimos consejos sobre cómo actuar.

En la secundaria y en el instituto, escuchó lecciones sobre sexo seguro, mientras se preguntaba sobre aquella chica al otro lado del pasillo. Cuando ellos hablaban sobre “negociación” y “consentimiento”, él no prestaba mucha atención. Además, todo lo que él había visto y escuchado hasta entonces era que las chicas estaban tan interesadas en experimentar el sexo como lo estaba él (si fue a un colegio particularmente vanguardista, pudo incluso haber recibido instrucciones detalladas sobre cómo tener “buen sexo”).

En la universidad, vive en una residencia mixta, lo que eleva la tensión sexual considerablemente, y asiste a fiestas donde hay alcohol, cuando no drogas (si vive en Yale, puede disfrutar además de la “semana del sexo”; si está en Harvard, los responsables de la residencia le expondrán las virtudes del porno). Si lee The Atlantic descubrirá que la cultura del sexo sin compromiso ha sido beneficiosa para las chicas.

Las reglas del juego
Así que, hasta donde él puede entender, la chica que ha planteado una queja contra él ha roto las reglas del juego sexual, según el guion de la licencia sexual que ambos aprendieron de la sociedad. ¿Por qué ahora él es un criminal? Le gustaría saberlo.

Porque hay una regla sobre el sexo, o más bien dos: debe ser seguro y no debe ser forzado. De las dos, la segunda es realmente la importante, porque es la única por la que las mujeres pueden dirigirse a un tribunal. Si se quedan embarazadas o contraen una enfermedad de transmisión sexual, depende de ellas ir con su problema a una clínica abortista o a un doctor. A nadie le importa mucho eso. Pero la violencia machista es otra historia. Es lo que induce al presidente a aparecer en escena prometiendo a las mujeres: “No estáis solas”.

Así, en esta última etapa de su desarrollo, los adolescentes varones deben aprender a decir no a sus deseos sexuales, o enfrentar medidas punitivas por parte de colleges a los que el gobierno tiene acogotados. Y las universidades tienen que dedicar recursos a encuestas, recogida de datos, asesoramiento y conciliación.

¿No tendría más sentido acaso enseñar a la gente (a los chicos en primera instancia, pero también a las chicas), en casa, en la escuela, en los medios, los elementos básicos de la castidad? Sería muchísimo más barato, y no tendríamos que invitar al Gran Hermano como señorita de compañía.

¿Funcionará la estrategia de la Casa Blanca? ¿Realmente alguien confía en que logrará imponer virtudes que debieron ser asimiladas en casa? Ciertamente, el gobierno no cuidó muy bien de Monica Lewinsky.


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