El Observatorio

A falta de fe, el mundo más misterioso

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Frente al auge del relativismo, el Año de la Fe se presenta como una oportunidad para mostrar que la verdad se apoya en unos fundamentos objetivos. Pero esto exige desechar la creencia en una fe demasiado autosuficiente y en una razón demasiado desconfiada. Así dice el sacerdote dominico Brian Mullady, miembro de la Academia Católica de Ciencias de Estados Unidos, en un artículo publicado en National Catholic Register.

Para Mullady, el relativismo es fruto de una fe ciega en que la razón y el progreso pueden garantizar por sí solos la respuesta definitiva al problema de la verdad humana e incluso del mal en el mundo. Paradójicamente, en esa búsqueda de certezas al margen de Dios, se termina abandonando el concepto de una verdad objetiva y se sustituye por el de la verdad subjetiva. Ante la pluralidad de verdades “para mí”, la razón termina extraviada en la incertidumbre.

A esta falta de confianza en el conocimiento humano se sumó en la época moderna, dice Mullady, el divorcio entre los sentidos y la inteligencia. Desde el momento en que el hombre moderno renunció a encontrar una “verdad en sí” (o sea, con un fundamento objetivo en la realidad), se condenó a tener que elegir entre buscarla en las meras percepciones sensoriales (las cosas son como yo las percibo) o en sí mismo (el individuo como fuente exclusiva de verdad).

En el terreno religioso, el enorme giro subjetivista característico de la cultura moderna trajo un nuevo dilema: puesto que la subjetividad se convierte en el único criterio para valorar la realidad, cabe el riesgo de relegar a Dios bien al ámbito del sentimiento, bien al de la razón. Nace así una fe demasiado humana, en la que la revelación divina se vuelve prescindible: se piensa que el sentimiento o la razón pueden tanto revelar la naturaleza de Dios como resolver los problemas profundos del alma.

Redescubrir el misterio
Para Mullady, los resultados de este proceso de secularización están a la vista: “Cuanto más trata el hombre de erradicar el misterio, más misterioso se vuelve el mundo”. Tras sacrificar la fe en el altar del progreso, los sacerdotes de la secularización “aseguran no solo que cualquier forma de conocimiento distinta a la ciencia es irrelevante y anacrónica, sino también que priva al hombre de su razón y le reduce a la condición de criatura supersticiosa y temerosa”.

“Pero el hecho asombroso que ha revelado el siglo XX y lo que va del XXI es que, a pesar de todos esos empeños por hacer la fe y la religión irrelevantes al hombre, estas no solo sobreviven sino que florecen a lo largo y a lo ancho del mundo”.

Aquí es donde Mullady ve uno de los frutos posibles del Año de la Fe: “El Papa Benedicto XVI nos lanza el reto de redescubrir la belleza, la vibración y el misterio de nuestra religión. Nos plantea cómo darnos cuenta de que la mente y el corazón humanos solo pueden ser satisfechos por Dios”.


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