El hipermercado de los nuevos movimientos religiosos

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¿Qué es lo que distingue a una secta?
El fenómeno de las sectas ha pasado de ser una apreciación anecdótica o circunstancial, a ocupar regularmente los espacios de los medios informativos. La extensión y la complejidad del problema impiden que se pueda resolver de un plumazo: deberíamos mirar con sospecha cualquier estudio que pretendiera contarnos «todo sobre las sectas». El asunto tiende demasiadas facetas y encierra complejas paradojas. Sin embargo, disponemos desde hace poco en castellano de un libro, Los nuevos movimientos religiosos, de Manuel Guerra (1), que presenta una de las descripciones más completas del fenómeno, al tiempo que aporta interesantes criterios valorativos.

El autor, especialista en historia de las religiones, aplica una metodología ordenada y clara. En la primera parte -la más valorativa- nos presenta los «rasgos comunes» de las sectas: su definición; las razones por las que nacen y alcanzan un cierto desarrollo en la sociedad actual; sus rasgos psicológicos y sociológicos; qué se entiende por «secta destructiva», etc. En estas páginas queda de manifiesto que su aproximación al problema de las sectas se realiza desde una perspectiva cristiana; de hecho, sus dos últimos capítulos se refieren a la pastoral de la Iglesia y la actitud de los cristianos ante este fenómeno. Más adelante volveremos sobre la peculiaridad de esta perspectiva en el tratamiento del problema de las sectas.

Vademécum sobre las sectas

La segunda parte del libro, «los rasgos diferenciales» de las sectas, tiene un carácter descriptivo. A lo largo de más de 500 páginas, el autor nos presenta un esmerado trabajo de investigación -no sólo en las bibliotecas, sino también «sobre el terreno», en conversaciones con adeptos y dirigentes- sobre este abigarrado mundo. El resultado es una presentación actualizada de 313 sectas, divididas en ocho apartados, según afirmen su relación con religiones tradicionales (cristianismo, islam, religiones orientales), con el paganismo antiguo, con seres espirituales no divinos (es el caso de los grupos demoniacos), con seres extraterrestres, con formas de pensamiento esotéricas y gnósticas, y con actividades de carácter asistencial.

Quien busque un prontuario o catálogo sobre las sectas ya ha encontrado su libro (bastante asequible, por cierto, para una obra de esta extensión). La lista de sectas es muy completa y la descripción de cada una resulta lo suficientemente detallada para una primera aproximación. Pero si queremos saber con precisión qué es una secta, Manuel Guerra sólo ha conseguido -y no es poco- introducir al lector en el problema. Pues ¿cómo agotar un tema que afecta a campos tan diversos como la teología, la filosofía de la religión, la psicología, la sociología, el derecho, y que -al mismo tiempo- no es sólo un problema teórico, sino una preocupación real y lacerante para tantas personas?

Un fenómeno de contornos difusos

Todos tenemos una cierta idea de las sectas, pero casi nadie es capaz de definirlas con precisión. La palabra «secta» intenta describir un fenómeno extenso, de contornos difusos y tantas veces contradictorio. El término -como señala Guerra- sirve para designar realidades muy diversas: desde grupos de reconocida peligrosidad, como Edelweis y Ceis (por citar casos que han ocupado páginas de la prensa en España), o que han tenido un final sangriento (la tragedia de Waco, en Tejas, o la matanza colectiva de los seguidores de Jones, en la Guayana); hasta organizaciones aparentemente inofensivas y más integradas en su entorno.

Para acabar de complicar las cosas, ni siquiera los propios afectados se reconocen bajo esta denominación, que encierra una fuerte carga peyorativa. Algunas personas e instituciones que se han ocupado del tema -entre ellos, el propio Manuel Guerra- han intentado superar este inconveniente mediante el empleo de otra denominación más neutra. Así, prefieren hablar de «nuevos movimientos religiosos» (NMR). Este recurso tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes, pues algunos de estos movimientos no son tan nuevos, ni en muchos casos son muy religiosos.

Ante un panorama tan desolador a los ojos del científico, que pretende una definición precisa, Manuel Guerra opta por buscar una definición descriptiva, es decir, una acumulación de rasgos comunes. Este es el resultado: «Un NMR o una secta es un grupo autónomo, no propiamente cristiano, de estructura piramidal, sin crítica interna, fanáticamente proselitista, desentendido de la ‘cuestión social’, exaltador del esfuerzo individual, que no acepta la Biblia como única fuente escrita de la Revelación divina y espera el advenimiento de una Era nueva intramundana, ya ‘colectiva’ o especie de paraíso en la tierra tras una catástrofe cósmica (fin del mundo, guerra mundial) o sin ella, ya ‘individual’ o de una transformación-autorrealización maravillosa del adepto» (pág. 65). No cabe duda de que todo grupo que reúna estas características es una secta, pero resulta más dudoso que todo grupo sectario pueda encuadrarse dentro de esta definición.

Fanáticos, fans y ultras

Ahora bien, si pretendemos formular una definición más amplia, en la que entren todas las sectas, corremos el riesgo contrario, es decir, que quepan también muchas otras cosas. Por ejemplo, si nos fijamos sólo en el carácter fanático de un grupo, cuyos integrantes renuncian a su propia personalidad para someterse al sentimiento colectivo de adhesión a un líder, podemos estar hablando tanto de una secta típica, como de los fans del grupo rock de moda, o de los aficionados «ultra» que siguen a algunos equipos de fútbol. Se ve que es preciso afinar, pues ciertamente no es lo mismo caer bajo el influjo del Hare Krisna, que «engancharse» con la música de Guns n’ Roses.

Si ponemos el acento en la imposición de unas normas de vida -generalmente arbitrarias- como vía para alcanzar la felicidad e incluso la salvación, a despecho de la libertad individual o colectiva, nos podemos estar refiriendo al Gurú Maharaj-Ji o a determinados apóstoles de la vida sana, tanto humana (cruzadas antitabaco), como animal y vegetal (algunos grupos ecologistas).

Y si pretendemos definir las sectas como grupos en los que se ejerce una presión sobre las conciencias -sin renunciar incluso al empleo de la violencia- para configurar los criterios de las personas, nos encontramos con la paradoja de que esta característica está presente tanto en grupos sectarios, como en algunas organizaciones anti-secta que recurren a determinadas técnicas de desprogramación.

En otro extremo, están quienes definen las sectas en función de la adhesión a un ideario no racional (espiritual, religioso, fundado en una «revelación», etc.). Esta perspectiva -adoptada por los movimientos anti-secta y por sectores «laicos»- acepta a los grupos que no pretenden imponer los valores derivados de sus creencias en las relaciones interpersonales o en la vida social. Por el contrario, son sectarios quienes superan esos límites.

Las paradojas que plantea este punto de vista son igualmente notables. Por ejemplo, la diferencia entre secta y religión sería de grado o de matiz. De este modo, en ausencia de un criterio preciso, el juicio de un observador podría llegar de un modo legítimo a conclusiones muy distintas: desde la afirmación de que «todos somos sectarios» (pues, ¿quién puede decir que todos sus criterios y todas sus convicciones tienen una raíz estrictamente racional?), hasta la aceptación de cualquier grupo sectario (pues se debe reconocer el derecho a «ser distintos»).

¿Debe haber leyes anti-sectas?

De esta ausencia de criterio se derivan otros peligros: la arbitrariedad y la inoperancia. Cuando no se sabe muy bien qué es una secta, cabe el riesgo de utilizar arbitrariamente esta denominación contra un adversario, a modo de arma arrojadiza. Nos encontramos así con un empleo abusivo del calificativo «sectario» en el discurso político, en polémicas de carácter religioso, etc. Supongo que los verdaderos sectarios se felicitarán por la devaluación que sufre el término, gracias a su empleo indiscriminado.

Por otro lado, esta misma indefinición conduce a una cierta perplejidad de los poderes públicos frente al problema de las sectas. Ciertamente, las autoridades civiles no deben erigirse en guardianes (ni en perseguidores) de ninguna ortodoxia; por eso, muchas veces su único instrumento contra los abusos de las sectas son las normas penales ordinarias. Es decir, la tendencia general en las sociedades occidentales es la permisividad, siempre que la actividad de estos grupos no incurra en delitos tipificados. Resulta muy ilustrativa, a este respecto, una reciente sentencia absolutoria de la Audiencia de Barcelona en el procedimiento seguido contra los denominados «Niños de Dios». Sería deseable que los poderes públicos se dotaran de los instrumentos adecuados -dentro del respeto a las libertades consagradas en los diversos textos constitucionales- para perseguir con más eficacia a las sectas que suponen un peligro social.

En definitiva, la perspectiva «laica» o racionalista ante el problema de las sectas aporta ideas de interés, como el principio de la tolerancia (aunque a veces no se actúe en coherencia con este principio), la defensa de la intimidad de las personas y la represión de determinados abusos mediante los procedimientos previstos en un Estado de derecho. Sin embargo, esta perspectiva resulta insuficiente: tanto en la teoría -no acota con precisión el concepto de secta- como en la práctica, pues sólo es capaz de hacer frente -por lo general de un modo reactivo, no preventivo- a los casos más extremos.

Contra fanatismo, fe

Muchas de estas insuficiencias quedan superadas en la interpretación que nos ofrece Manuel Guerra en su libro. Su perspectiva cristiana ofrece claras ventajas. En primer lugar, una concepción más completa del hombre, que le permite dar cuenta de su dimensión religiosa. En efecto, la búsqueda de la trascendencia no es contemplada ya como un fenómeno irracional, sino como una parte constitutiva de la estructura del ser humano. No podemos olvidar que, en la práctica, la dinámica sectaria suele ser una corrupción o un aprovechamiento interesado de esta tendencia del hombre hacia la trascendencia.

En segundo lugar, la perspectiva cristiana ofrece soluciones prácticas y lleva a cabo una extensa tarea preventiva. Los ambientes más refractarios a la acción de las sectas no son necesariamente los más ilustrados, sino aquellos en los que la vivencia de la fe está más presente y se armoniza con el resto de las dimensiones del ser humano. La extensión de las sectas entre sectores de la población considerados cristianos pone en evidencia una deficiente práctica de la fe y una insuficiente asistencia pastoral. Como ha señalado el cardenal Danneels, «las sectas, a menudo, nos envían nuestras facturas no saldadas».

Estas consideraciones ponen en evidencia un nuevo elemento de confusión: el problema no radica solamente en la multiplicidad de las sectas y en la resistencia que ofrecen a una visión global y sintética; a esto se añade la diversidad de criterios -en ocasiones, contradictorios- de quienes se han propuesto analizar el fenómeno. Algunos autores han distinguido incluso entre el «movimiento anti-secta» (de origen laico y racionalista) y el «movimiento contra las sectas» (de origen religioso) (2). Sólo cabe esperar que los mejores esfuerzos de unos y de otros pongan en evidencia la radical falsificación que se esconde tras el mensaje de tantas sectas; y que «el retorno de lo religioso» no se convierta en mercadillo para el lucro de algunos especuladores, sino en el redescubrimiento de una de las facetas más valiosas e integradoras del ser humano.

José AguilarPara dialogar con los adeptos

César Vidal Manzanares, ex testigo de Jehová, de religión evangélica, es un experto en sectas, tema sobre el que ha publicado varios libros. Uno de ellos, Las sectas frente a la Biblia (Ediciones Paulinas, Madrid, 1991), resulta muy útil para el diálogo con los adeptos a las sectas por parte de cualquier cristiano.

Vidal responde a los diversos planteamientos sectarios con un enfoque general anti-secta, y replica, en particular, a las tergiversaciones de la Biblia características de muchos de esos grupos. Aborda así los puntos fundamentales: la doctrina de la Trinidad, la divinidad de Cristo y del Espíritu Santo, la vida después de la muerte, las trasfusiones de sangre, el precepto dominical, etc. Sus argumentos se aplican, especialmente, a las creencias de mormones, testigos de Jehová y adventistas del séptimo día.

Es una obra clara y asequible que rebate las posturas de las sectas. Su lectura puede ser provechosa tanto a un cristiano que necesite orientarse u orientar a otras personas, como a un adepto a alguna secta.

Juan Domínguez_________________________(1) Manuel Guerra Gómez. Los nuevos movimientos religiosos (las sectas). Rasgos comunes y diferenciales. EUNSA. Pamplona (1993). 642 págs. 2.500 ptas.(2) Entre estos autores se encuentran, por ejemplo, Massimo Introvigne (Le nuove religioni, Milán, 1989) y J. Gordon Melton.

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