Una semana antes de que los trenes se estrellaran en Urda, el ministro de Transportes Oscar Puente estaba bailando en un ascensor con Marc Giró haciendo chistes sobre Renfe y demostrando su agilidad mental –y su sesgo– relacionando películas con políticos (¿Ángel Vivas? –Tootsie; ¿Aznar? –Darth Vader; ¿Zapatero? –Gandhi!).
Un día antes de la tragedia, Irene Montero y Gabriel Rufián hablaban animadamente de sexo en La revuelta, en donde también había relatado sus artes amatorias Pedro Sánchez.
Tan solo una hora antes del choque, se publicaba la entrevista del presidente en Keep me cutre, un podcast presentado por dos locutoras “jóvenes y de izquierdas” que miraban arreboladas a un Sánchez que padreaba de lo lindo hablando de la movida del transhumanismo, de la pasta que gana Anthropic y de qué hacer para que el feminismo siga molando. El clip que posteó el propio presidente en X tan sólo unos minutos antes de enterarse del accidente lo mostraba feliz: “Hay muchos motivos para ser optimista en este país. Respondamos a los haters con datos, inteligencia y humor”. Sánchez resumía en un tuit el leitmotiv de una precampaña marcada por el amor, los besos y la risa. Una campaña que, según la burbuja del mismo X, y la de no pocos medios de la llamada órbita progresista, presumía la remontada y mandaba al rincón de pensar a encuestas y agoreros.
Y una campaña que, de repente, como un boomerang, les estalló en la cara a todos aquellos que llevaban la camiseta de la fuerza del amor. La tragedia los encontró bailando. Un baile que –en segundos– se tornó macabro. Era la danza de la muerte.
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Es el riesgo de arrojarse en brazos del emotivismo político. Una ruleta rusa marcada por la suerte y la casualidad. Un canto de sirena sumamente atractivo que, la mayoría de las veces, termina en naufragio. Lo dicho: un perverso boomerang.
El hombre posmoderno –y el metamoderno en esto es parecido– es un ser que, traspasado por el pesimismo, tiende a sospechar de lo racional y se entrega con facilidad a lo emotivo y a lo testimonial. Me lo confirmaba hace unos días un joven resumiendo el sentir de una gran parte de su generación: “Si de todas formas vamos a estar mal, prefiero un presidente que me arranque unas risas”. Ya lo dijo Sabina: “Que el fin del mundo me pille bailando”, y mucho antes Isaías: “Comamos y bebamos que mañana moriremos”.
El emotivismo ha convertido la política en espectáculo, al Congreso en un circo, al rival en villano, a los votantes en rehenes y a los programas en relato. En un maldito relato. Un cuento con el que dormir a los ciudadanos.
Y lo fácil de esta situación es echarles la culpa a los políticos. Que la tienen. Por supuesto. Pero pienso también hasta qué punto tenemos nosotros, los ciudadanos de a pie, una parte de responsabilidad en toda esta mascarada. Por dejarnos llevar a ese terreno y jugar en el mismo campo. Por frivolizar con el voto. Por actuar como hooligans de unas determinadas siglas. Por no exigir a los que gobiernan –les hayamos votado o no– que rindan cuentas. Por abonarnos al olvido y hacer scroll con los problemas que tiene el país, da igual que se llamen Ceuta, Adamuz, Paiporta o la crisis de la vivienda. Vivimos en una especie de amnesia colectiva. Los enfados nos duran lo que un reel. La indignación se nos pasa con un bono cultural. Y entre las prisas, los despistes y los olvidos, nos cuelan un baile… y la papeleta en la urna.
Si no fuera porque, como ocurrió en Adamuz, otra vez en Urda ha brotado también lo mejor del ser humano, pensaría que tenemos a los políticos que nos merecemos.
En medio de la rabia, del dolor por las víctimas y del shock por la constatación de vivir en un país desmantelado, me ha resultado paradójico que una de las víctimas haya sido Fátima Bañez. La conocí hace unos años en el Colegio Mayor Somosierra, donde las dos habíamos sido residentes, y comprobé que mantenía muchas y buenas amigas (hace solo unas semanas volvía a visitar el Colegio Mayor para asistir al funeral de una de esas amigas). Báñez siempre me había parecido una política más bien gris pero también una persona muy humana. No tenía pinta de ser la más popular de la clase, pero sí alguien a la que confiarías a tus hijos. Una profesional seria que, en un momento difícil, bregó para conseguir acuerdos. Una mujer que, en la hora de su muerte, ha cosechado elogios que suenan sinceros y que coinciden en lo fundamental: una buena persona muy trabajadora.
Báñez no vivió en su etapa de ministra el boom de TikTok, pero no sé si me la imagino recomendando series. Y, desde luego, no creo que fuera a La revuelta a hablar de sexo. He leído que le gustaba Sabina pero a Fátima Báñez el fin del mundo no la pilló bailando. Ni tuiteando. La pilló trabajando. Que, aunque nos parezca marciano, es probablemente como tendría que morir un político en activo. Porque para eso les pagamos.