Los hermanos también educan (¡y cuánto!)

Fuente: The New York Times
publicado
DURACIÓN LECTURA: 3min.
Foto: Flickr / Camknows

Los padres educan, forman y dan cariño, por supuesto…, pero los hermanos no se quedan muy atrás. Luego de entrevistar a muchísimas madres de familias numerosas en EE.UU., la Dra. Catherine Ruth Pakaluk, directora ejecutiva del Instituto de Ecología Humana de la Universidad Católica de América, pudo corroborar que su experiencia formativa en una familia de este tipo, donde sus miembros se ayudan y sostienen, distaba mucho de ser exclusiva.

En un artículo para el New York Times –“La vida es mejor con hermanos”–, la también profesora de Economía dice haberse capacitado profesionalmente en una época en que las familias pequeñas, y con ellas, la mayor capacidad de los padres para “invertir” más en sus hijos y darles cuantas más cosas mejor, dictaban la norma.

Sin embargo, su intercambio con madres de familias numerosas –para preparar un libro sobre este tema: Los hijos de Hannah– le ayudó a ajustar el foco y a caer en la cuenta de que la premisa “calidad antes que cantidad” no era irrebatible, pues “algunas de las características que influyen en la formación de un niño no pueden ser aportadas por los padres, por muy atentos o por muchos recursos que tengan. Provienen de los hermanos”.

Según explica, las entrevistadas –cristianas, judías y mormonas– coincidieron en afirmar que, si el objetivo era criar hijos con buen carácter, resultaba más fácil criar a cinco que a uno. “El razonamiento era práctico. En muchas familias numerosas, todos comparten habitación; las pequeñas disputas deben resolverse; los hijos mayores, naturalmente, asumen la responsabilidad de los más pequeños. ‘Hay muchísimas oportunidades para que sean abnegados, pacientes y caritativos’, me dijo una madre, exabogada litigante con seis hijos, y agregó: ‘Son oportunidades infinitas para el conflicto y su resolución’”.

“Aristóteles –añade– observó que la virtud se construye con el hábito: ‘Lo que debemos aprender a hacer, lo aprendemos haciéndolo’. Y nada moldea nuestros hábitos más que la primera sociedad en la que vivimos durante nuestra infancia”.

La autora aborda, además, el efecto positivo en la salud mental del cuidado entre hermanos –sanador, estabilizador–, y refiere la satisfacción que puede producir en un individuo en pleno proceso de formación del carácter la asunción de pequeñas responsabilidades en ese sentido: desde cambiarle los pañales al hermano menor, a ayudar a bañarlo, a pasearlo… Pakaluk cuenta casos en que la llegada de un nuevo hermano, y el caer en la cuenta de que se puede ser útil ayudándolo y arropándolo, ha librado a algunos de caer en una crisis psicológica o los ha sacado de ella.

Por lo que ha vivido y por los testimonios que ha escuchado, la experta se lanza al ruedo: “No quiero animar a nadie a tener más hijos. Pero si pudiera sugerir algo, sería que los padres reconsideraran la idea de haber terminado ya de tener hijos. Esperen un año antes de tomar una decisión definitiva. Esperen dos. Los años más difíciles de la crianza, cuando los hijos son muy pequeños, son el peor momento para decidir el tamaño de la familia. Las recompensas se verán más adelante. He conocido a muchísimos padres que dijeron que dejaron de tener hijos demasiado pronto porque no sabían lo bien que les iría”.

“Mantener la puerta abierta para otro hijo se basa en una sabiduría compartida por las madres que entrevisté: que tener más personas nunca es un problema para una familia, una nación o un niño en particular. La cantidad es una cualidad en sí misma cuando se trata de seres humanos”, concluye.

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