Después de los Castro, ¿Díaz-Canel?

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La noticia del fin de semana pasado en Cuba fue el nombramiento de Miguel Díaz-Canel Bermúdez, de 52 años, como primer vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, lo que de facto significa que, si logra aguantar el tipo, será el próximo presidente del país dentro de cinco años.

El actual presidente, Raúl Castro, de 81 años, ha anunciado que no estará más de dos períodos al frente del país, y acaba de comenzar el segundo, que terminará en 2018. Asimismo, una contingencia natural como pudiera ser el fallecimiento de Castro, también lo colocaría automáticamente en la primera posición.

Faltan dirigentes jóvenes

El ascenso del ingeniero Díaz-Canel viene a suplir la ausencia de rostros jóvenes en posiciones tan altas. Años atrás, los clamorosos deslices de “jóvenes promesas” como el vicepresidente Carlos Lage y el canciller Felipe Pérez Roque, acusados por Fidel Castro de ambicionar inmerecidamente “las mieles del poder”, llevó a su hermano a lamentarse de que no se contaba con una hornada preparada para sustituir en los primeros puestos a la “generación histórica” (los que combatieron para derrocar a la tiranía de Fulgencio Batista en 1959).

Le tocará proseguir la apertura económica que inició Raúl Castro seis años atrás

De esos históricos era el hasta hoy primer vicepresidente José Ramón Machado Ventura, hombre gris donde los haya, Su nombramiento en 2008 provocó la decepción de muchísimas personas que, por un lado, escuchaban a Raúl hablar de la necesidad de “actualizar el modelo socialista”, y por la otra veían cómo aupaba a una figura con fama de retrógrada.

Con Díaz-Canel pasa lo contrario: sabe conectar con la gente. En la iconografía popular, el dirigente tradicional es alguien enfundado en una guayabera (prenda tradicional caribeña), con un bolígrafo en el bolsillo, y que aparece de vez en cuando en los estratos más bajos para dar un “teque”, a saber, una charla saturada de consignas vacías.

El nuevo vicepresidente, nacido en 1960, es, por el contrario, alguien que conversa diáfanamente, que se ha permitido escuchar rock y lucir melena, y que proyecta una curiosa imagen de modelo que no escapa a las miradas femeninas.

El curtido corresponsal de BBC en La Habana recuerda en una crónica haberle visto años atrás, en short y haciendo cola en una pizzería, en una remota localidad del centro de Cuba. Ya era el primer secretario del Partido Comunista en esa provincia, pero eso no lo hacía elevarse a la estratosfera.

Otras jóvenes promesas, que parecían el relevo, fueron finalmente defenestradas

Lo que no cambia

Mención aparte merece el relevo en la dirección del Parlamento cubano. Quien fue su presidente por 20 años, Ricardo Alarcón, persona con fama de buen diplomático y mejor negociador, ha abandonado la escena en medio de rumores de que su principal asesor, Miguel Álvarez, pasó información vital a los servicios de inteligencia de EEUU.

Alarcón será sustituido por el hasta ahora vicepresidente Esteban Lazo, de 69 años, otrora un cortador de caña de azúcar que “con grandes esfuerzos”, según palabras de Raúl, se licenció en Economía. Su mayor activo es la fidelidad absoluta a los dos principales líderes cubanos, mientras que su capacidad de análisis y comprensión de la realidad es cuestionada por el “choteo” criollo.

Hasta hoy, Lazo ha estado a cargo de la denominada esfera ideológica del Partido Comunista, que supervisa y establece pautas a la prensa local, mayoritariamente oficialista. Curiosamente, ha lanzado críticas frecuentes a los medios cubanos por su tibieza a la hora de realizar trabajos “críticos” con la asfixiante burocracia y las ilegalidades, pero es su propia oficina la que suele frenar el ímpetu investigador de los reporteros, al exigir por adelantado los reportajes más polémicos para someterlos a revisión.

No es apreciado, en tal sentido, como una persona que favorecería cambio alguno; pero quién ocuparía la presidencia de la Asamblea Nacional no era, por supuesto, lo que más preocupaba a los cubanos (a fin de cuentas, la “unanimidad” y la tradicional falta de iniciativa de los legisladores ha provocado cierta indiferencia hacia ese órgano), sino quién accedería a la primera vicepresidencia, y es lo que acaba de hacer Díaz-Canel.

Proseguir la apertura económica

Se despeja así una incógnita fundamental: durante décadas, los habitantes de la Isla se preguntaron quién vendría después de Fidel y Raúl Castro, y hoy ya conocen la respuesta, o al menos una posible respuesta.

Le tocará a él proseguir la apertura económica que seis años atrás inició Raúl Castro, consciente del perjuicio que causó al país la interpretación rígida del ideario comunista, con su batalla frontal contra la propiedad privada y su visión de que la prosperidad individual es prácticamente una maldición.

Si los cubanos hoy pueden tener móviles, hospedarse en hoteles, vender o regalar sus coches y casas, y viajar sin permiso de salida, es por el arranque de pragmatismo que, con Fidel fuera del primer plano desde 2006, sacudió a la dirección del país y la convenció de que, sin modificaciones, el “barco” del sistema se iría a pique.

Es lo que Díaz-Canel, más al tanto de lo que demanda la “tripulación”, tratará seguramente de evitar.


Reacciones en EEUU

La reacción del gobierno de EE.UU. ante el nombramiento de Díaz-Canel fue calificar el cambio de “insuficiente”. “Un cambio en liderazgo, sin las reformas democráticas fundamentales que otorguen a la gente su libre voluntad y su capacidad de escoger a sus propios líderes, no será un cambio fundamental para Cuba”, dijo en rueda de prensa un portavoz del Departamento de Estado, Patrick Ventrell.

“Mantenemos nuestra esperanza de que llegará el día en que el pueblo cubano obtendrá la democracia, cuando tengan la oportunidad de elegir libremente a sus propios líderes en un proceso democrático abierto y gocen de las libertades de expresión y asociación sin temor a represalias. Claramente no estamos allí todavía”, afirmó Ventrell.

Varias organizaciones del exilio cubano en Miami acogieron la promoción de Miguel Díaz-Canel a primer vicepresidente de la isla como con una “tímida” expectativa de cambio. Se le considera un hombre muy fiel a Raúl y Fidel, pero con buena imagen por su desempeño en la dirección de empresas estatales y su preocupación por las condiciones de vida de la población.

Reconocen que es una señal de cambio, pero recuerdan que también hubo otras antes, por ejemplo, con la elección de Carlos Lage como vicepresidente del Consejo de Estado, “quien fue defenestrado en un momento determinado”.

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