Un diagnóstico de Benedicto XVI sobre los abusos de menores en la Iglesia

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A raíz de la reciente cumbre sobre abusos de menores en la Iglesia, el Papa emérito, Benedicto XVI, redactó unas reflexiones sobre las raíces de estos escándalos. De acuerdo con la Secretaría de Estado y el Papa Francisco, las destinó a que se publicaran en la revista alemana Klerusblatt. A la vez, han aparecido en italiano en Il Corriere della Sera y en inglés en Catholic News Agency y en National Catholic Register (Il Corriere publica también el original alemán). Ofrecemos un resumen.

(Actualizado el 15-04-2019)

Benedicto XVI aborda primero las raíces de la crisis en la sociedad en general y luego las específicas de la Iglesia católica.

“Parte de la fisonomía de la revolución del 68 era que también la pedofilia se consideraba lícita y apropiada”

Comienza aludiendo a la sexualización de niños y adolescentes, a veces mediante programas oficiales. Refiere ejemplos de Alemania, donde el Ministerio de Sanidad promovió la proyección de películas con sexo explícito, y de Austria, donde se distribuyó en las escuelas un paquete de materiales llamado Sexkoffer. Todo aquello estaba en sintonía con la “libertad sexual absoluta” que reclamaba la revolución de 1968. (A una conclusión similar llega un estudio del John Jay College of Criminal Justice sobre los abusos en EE.UU.)

Y “parte de la fisonomía de la revolución del 68 era que también la pedofilia se consideraba lícita y apropiada” (ver, por ejemplo, Aceprensa 15-10-2013 y 13-09-2017). Comenzó entonces una época complicada para los jóvenes, dentro y fuera de la Iglesia. Un aspecto era la dificultad de comprender el sacerdocio; “la fuerte reducción de las siguientes promociones de sacerdotes y el muy elevado número de defecciones fue consecuencia de aquellos hechos”.

Crisis de la teología moral

“A la vez, (…) la teología moral católica sufrió una crisis que dejó a la Iglesia indefensa ante esos cambios en la sociedad. (…) Hasta el Concilio Vaticano II, la teología moral católica se fundaba principalmente en la ley natural, y la Sagrada Escritura se citaba solo como trasfondo o confirmación. En el esfuerzo del Concilio por una nueva comprensión de la Revelación, la opción de la ley natural fue en gran parte abandonada, y se reclamó una teología moral completamente basada en la Biblia”.

Esa fue la misión encomendada, recuerda Benedicto, al joven jesuita Bruno Schüller por la Facultad de Teología de la Compañía en Fráncfort. Enviado a Estados Unidos para completar estudios, regresó convencido que con la sola Biblia no se puede exponer la moral sistemáticamente, y ensayó una teología más pragmática que no resultó capaz de dar respuesta a la crisis de la moral.

“La teología moral católica sufrió una crisis que dejó a la Iglesia indefensa ante los cambios en la sociedad”

“Al final, prevaleció la tesis de que la moralidad de los actos humanos depende exclusivamente de la intención. Aunque no se afirmó el viejo dicho de que ‘el fin justifica los medios’, así de crudamente formulado, se dio por sentada la idea que expresa. Por tanto, ya no podía haber nada que fuera un bien absoluto, ni nada intrínsecamente malo: solo podía haber juicios de valor relativos. Ya no había bien absoluto, sino solo lo relativamente mejor, según el momento y las circunstancias”.

La crisis de la moral adquirió grandes proporciones con la “Declaración de Colonia” (1989), firmada por quince profesores de teología. Pronto se formó un clamor contra el Magisterio de la Iglesia. “Juan Pablo II, que conocía muy bien la situación de la teología moral y la seguía de cerca, encargó un estudio con vistas a una encíclica que volviera a poner las cosas en su sitio. Publicada el 6 de agosto de 1993 con el título Veritatis splendor, provocó vehementes reacciones contrarias por parte de teólogos morales. Antes, el Catecismo de la Iglesia católica había expuesto, de manera persuasiva y sistemática, la moral tal como la Iglesia la enseñaba”.

La respuesta de Juan Pablo II

Benedicto recuerda del caso del célebre teólogo alemán Franz Böckle, quien anunció que, si la encíclica entonces en preparación afirmase que hay acciones intrínsecamente malas, se opondría con todos los medios a su disposición. No lo hizo porque murió en 1991. “El Papa era plenamente consciente de la importancia de esta decisión en aquel momento, e hizo nuevas consultas sobre esa parte de la encíclica con destacados especialistas que no habían participado en la redacción del texto. Sabía que no podía dejar lugar a la duda con respecto a que el cálculo moral para sopesar bienes tiene que respetar un límite último. Hay bienes que no pueden estar sujetos a negociación”.

El martirio, “una categoría fundamental de la existencia cristiana”, es una prueba de que hay valores supremos, por encima aun de la preservación de la vida. “Dios vale más que la mera supervivencia física. Una vida comprada al precio de negar a Dios, una vida basada en una mentira última, es una no vida”. Que el martirio no tenga lugar en la moral defendida por Böckle y otros muestra que aquí “está en juego la propia esencia del cristianismo”.

Mientras, en el ámbito de la teología moral surgió otra idea que obtuvo amplia aceptación: la de que el Magisterio de la Iglesia tenía autoridad definitiva (infalibilidad) solo en cuestiones de fe, pero no de moral. Aunque probablemente tal tesis, señala Benedicto, tiene algo de acertado y merece ser examinada, “hay un mínimo de moral indisolublemente unido al fundamento de la fe, que debe ser defendido para que la fe no quede reducida a una teoría sin exigencias concretas para la vida”.

A este propósito, Benedicto señala que al cristianismo, desde el principio, se lo llamó con la palabra griega hodós (camino). “La fe es un itinerario y un modo de vida. En la Iglesia antigua se creó el catecumenado como hábitat contra una cultura cada vez más inmoral, en el que se pudiera poner en práctica la manera cristiana de vivir, y a la vez protegerla del modo de vida común. Creo que también hoy se necesita algo semejante a las comunidades catecumenales para que la vida cristiana se afirme en su estilo propio”.

Problemas en los seminarios

Otra raíz de la crisis está en la preparación al sacerdocio. “En varios seminarios se implantaron camarillas homosexuales, que actuaban más o menos abiertamente y cambiaron significativamente el ambiente de los seminarios. En uno del sur de Alemania convivían los candidatos al sacerdocio con los que se preparaban para ministerios laicales. Tenían las comidas juntos; los laicos estaban a veces acompañados por sus mujeres e hijos, o sus novias. Semejante ambiente no podía servir de apoyo a la vocación sacerdotal”.

“Una vida comprada al precio de negar a Dios, una vida basada en una mentira última, es una no vida”

Benedicto recuerda un obispo, que antes había sido rector de un seminario, que dispuso que se proyectaran películas pornográficas a los seminaristas, supuestamente con intención de fortalecerlos contra los peligros. Hubo obispos que rechazaban la tradición católica. “Quizá valga la pena mencionar que en no pocos seminarios, los alumnos sorprendidos leyendo libros míos eran descalificados para el sacerdocio”.

“La Santa Sede conocía esos problemas, aunque no recibía informaciones precisas”. Ordenó una visita apostólica a los seminarios de Estados Unidos, sin que arrojara nueva luz, “al parecer porque distintos poderes se habían confabulado para ocultar la verdadera situación”. Más tarde se dispuso una nueva visita que aportó mucha información, pero a la postre no logró resultados prácticos. “Sin embargo, desde los años setenta ha mejorado la situación de los seminarios en general. Pero no ha habido más que casos aislados de fortalecimiento de vocaciones sacerdotales”.

Procesos penales

“La cuestión de la pedofilia, si mal no recuerdo, no se hizo aguda hasta la segunda mitad de los ochenta. Ya antes, se había convertido en asunto público en Estados Unidos, hasta el punto de que los obispos pidieron ayuda a Roma, pues la ley canónica, al tenor del nuevo Código (1983), no parecía suficiente base para las medidas que hacía falta tomar”.

Al principio, los canonistas romanos mostraron reparos: a su juicio, bastaba con la suspensión temporal del sacerdocio. Pero los obispos estadounidenses no aceptaban esa solución, porque así los sacerdotes culpables seguirían dependiendo de ellos y, por tanto, ellos podrían resultar implicados.

Había además un problema con el Derecho penal canónico: que era “garantista”. Protegía por encima de todo los derechos del acusado, hasta el punto de excluir, de hecho, toda condena. Fue una reacción contra los insuficientes recursos de defensa que se daban a los teólogos encausados.

Ahora bien, “los derechos del acusado no son lo único importante y que exige garantías; bienes superiores, como la fe, son igualmente importantes”. “Una buena ley canónica debe, pues, incluir una garantía doble: para el acusado y para el bien en juego. Hoy, si uno defiende este principio evidente, su advertencia suele caer en oídos sordos cuando se trata de la protección de la fe (…) [que] ya no parece tener el rango de bien que requiere protección”.

“En varios seminarios se implantaron camarillas homosexuales, que actuaban más o menos abiertamente y cambiaron significativamente el ambiente”

“En principio, la Congregación para el Clero es competente en materia de delitos cometidos por sacerdotes. Pero como en aquel entonces prevalecía el garantismo, acordé con el Papa Juan Pablo II asignar a la Congregación para la Doctrina de la Fe la competencia sobre abusos de menores, bajo la denominación Delicta maiora contra fidem. Esta medida hizo posible además imponer la pena máxima, o sea, la expulsión del sacerdocio, cosa que no era posible mediante otras disposiciones legales. No fue un truco para poder imponer la pena máxima, sino algo justificado por el valor que tiene la fe para la Iglesia. Es importante comprender que tales delitos por parte de clérigos en definitiva causan daño a la fe”.

La protección de la fe no elimina las garantías para el acusado: se mantiene la exigencia de probar el delito. “En otras palabras, para imponer la pena máxima de modo acorde con la ley, es necesario un genuino proceso penal. Pero las diócesis y la Santa Sede quedaron desbordadas. Por eso establecimos una forma mínima de proceso penal y dejamos abierta la posibilidad de que la Santa Sede avocase el proceso en caso de que la diócesis no fuera capaz de llevarlo a cabo. (…) Todo ello excedía, de hecho, las posibilidades de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y se dieron retrasos que era necesario remediar, dada la naturaleza del asunto; por eso, el Papa Francisco ha emprendido ulteriores reformas”.

No solo cizaña

En la última parte del texto, Benedicto ofrece algunas consideraciones con vistas al futuro. Comienza remontándose a lo esencial. “Un mundo sin Dios es un mundo sin sentido”. “Que Dios es creador y medida de todas las cosas es ante todo una necesidad primordial”. “Una sociedad sin Dios –una sociedad que no lo conoce y que le trata como si Él no existiera– es una sociedad que pierde su medida. El lema de la muerte de Dios fue acuñado en nuestra época. Cuando Dios muere en una sociedad, esta se hace libre, se nos aseguró. En realidad, la muerte de Dios en una sociedad supone también la muerte de la libertad, pues lo que muere es el fin que da el norte. Y porque desaparece la brújula que nos marca el rumbo correcto enseñándonos a distinguir el bien del mal”.

Tal desorientación se vuelve manifiesta a veces cuando el mal destructor del hombre se hace rutinario. “Ese es el caso de la pedofilia. Hace poco se la calificó de completamente legítima, pero se ha extendido más y más. Y ahora vemos conmocionados que a los niños y jóvenes les ocurren cosas que amenazan destruirlos. Que esto se haya extendido también en la Iglesia y entre sacerdotes es aún más perturbador”.

“Sí, hay pecado y mal en la Iglesia. Pero hay muchas personas que humildemente creen, sufren y aman, en las que se nos manifiesta el Dios verdadero

Benedicto recuerda una de sus conversaciones con víctimas de pedofilia. “Una joven que había sido acólita me contó que el vicario parroquial, su superior en el servicio del altar, siempre comenzaba los abusos sexuales a los que la sometía con estas palabras: ‘Esto es mi cuerpo, que será entregado por ti’. Es evidente que esa mujer ya no puede oír las palabras de la consagración sin experimentar de nuevo todo el espantoso sufrimiento de los abusos”.

Para poner fin a los males presentes, la tentación es refundar la Iglesia: una tentación diabólica, argumenta Benedicto con referencias al libro de Job y al Apocalipsis. “Hoy, la acusación contra Dios consiste, sobre todo, en pintar la Iglesia como completamente mala, para así apartarnos de ella. La idea de una Iglesia mejor, creada por nosotros mismos, es en realidad una propuesta del demonio, con la que pretende apartarnos del Dios vivo, mediante una lógica engañosa con la que fácilmente nos embauca. No: tampoco hoy la Iglesia está hecha solo de peces malos y cizaña. La Iglesia de Dios existe también hoy, y hoy es justo el instrumento con el que nos salva”.

“Sí, hay pecado y mal en la Iglesia. Pero aun hoy existe la Santa Iglesia, que es indestructible. Hay muchas personas que humildemente creen, sufren y aman, en las que se nos manifiesta el Dios verdadero, el Dios amoroso. También hoy Dios tiene sus testigos (martyres) en el mundo. Basta que estemos atentos para verlos y oírlos”.

Benedicto concluye dando “gracias al Papa Francisco por todo lo que hace para mostrarnos, una y otra vez, la luz de Dios (…). ¡Gracias, Santo Padre!”


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