Ser conservador en el siglo XXI

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En un contexto de tensión y confrontación ideológica, la sosegada voz del conservadurismo se ha convertido, sostiene Gregorio Luri en La imaginación conservadora (Ariel), en una suerte de “heterodoxia”, pero también en una alternativa para recuperar la cordura política. Le toca de nuevo al conservador capear el temporal de los extremismos y, como antaño, compensar con dosis de prudencia los delirios del progresista y las nostalgias del reaccionario.

Gregorio Luri no tiene reparos en ser presentado como maestro de primaria, aunque ha ejercido la docencia también en el bachillerato y en la universidad. Cuenta con una dilatada trayectoria como ensayista y es conocido sobre todo por su crítica a la pedagogía posmoderna. En libros como La escuela contra el mundo, Mejor educados o Elogio de las familias sensatamente imperfectas, publicado el año pasado, explica la importancia de las normas, la autoridad o el respeto para el saludable desarrollo de los niños. Su preocupación por la educación nace también de su interés por la reflexión ético-política, que ha expresado en ¿Matar a Sócrates? o Erotismo y prudencia (Encuentro, 2012), un ensayo que estudia, precisamente, la obra de un conservador: Leo Strauss.

Mejor que el populismo

Con La imaginación conservadora, Luri no pretende defender un programa político concreto ni las siglas de un partido, sino, como decía Oakeshott, de proponer una actitud y articular, a la luz de las inconsistencias de la democracia posmoderna, una “conservadurismo para el siglo XXI”. Es decir, intenta demostrar que los problemas a los que nos hemos de enfrentar de forma inminente –raptos antidemocráticos, la ecología, el futuro de Europa o los desafíos para la familia o la escuela– se afrontan mejor desde la ribera conservadora que desde la orilla populista.

El conservadurismo, dice Luri, es para todo tiempo, por su confianza en el sentido común y en la capacidad regeneradora de los valores

De hecho, si Luri apela a la imaginación, si rescata esa olvidada contribución del pensamiento y la política española –reivindicando a Mariana o Balmes junto con Burke o a Tocqueville– al patrimonio conservador, es con el fin de revelar la idoneidad de esa rica tradición para enmendar los tropiezos de hoy.

A gusto en el mundo

El conservador es pragmático y confía en el pasado no por vocación arqueológica, sino porque posee la suficiente humildad como para reconocer que la cultura y la historia destilan enseñanzas, costumbres y prácticas colectivas tan sabias que ningún científico social ni ningún muñidor de utopías puede soñar alcanzar. Suscribe la ideología conservadora quien, sin renegar del presente, ha tomado conciencia de que el hoy es fruto del ayer y de que los hombres somos eslabones en esa cadena de transmisión de lo que nos hace humanos.

A diferencia de las políticas maximalistas, que confían a los burócratas la titánica tarea de transformar el mundo o dirimir las sugestiones identitarias de nuestra “sociedad terapéutica”, el conservadurismo no es una teoría pesimista ni contrarrevolucionaria. Por el contrario, expresa la gratitud del que no desconoce que las cosas podrían ir mejor, pero sabe que van razonablemente bien. No es que sea conformista. Tampoco reprueba el conservador las mejoras ni los cambios; los hace posible “mediante la memoria agradecida del pasado, la circunspección del presente y la esperanza confiada, pero sin panglosismos, en el futuro”.

Es preciso, en cualquier caso, impugnar los clichés que confunden al conservador con el apóstata del progreso o lo identifican con el adalid del tradicionalismo. Incluso hay quienes, siguiendo a Hayek, han lanzado un anatema contra la causa conservadora por su supuesto espíritu antiliberal, pasando por alto que lo que pretende es compensar con su apuesta por la comunidad los déficits derivados del individualismo desenfrenado.

Frente a los estereotipos, Luri muestra que la disposición política que defiende constituye una ideología oportuna para todo tiempo, gracias sobre todo a su inquebrantable confianza en el sentido común y en la capacidad regeneradora de los valores. El conservadurismo se presenta como una doctrina falibilista, modesta, flexible y, en fin, conscientemente gradualista, escrupulosamente respetuosa con la libertad humana.

El hombre, un ser político

Luri recupera un término griego, politeia, para aludir a la condición esencialmente política del hombre, a su textura irremediablemente comunitaria. No es que decidamos, por un acto de voluntad soberana, vivir con los demás; es que únicamente podemos afirmarnos como un yo en la medida en que conjugamos el nosotros. Las propuestas conservadoras reconocen la inevitabilidad de la naturaleza humana y diseñan un programa coherente con esa dimensión social.

El horizonte colectivo no nos esclaviza. Al contrario: sirve para situarnos y nos provee de las coordenadas de sentido que requerimos para crecer y desarrollarnos. Instituciones, leyes, usos culturales y rutinas constituyen las hormas culturales que domestican nuestros atavismos y nos configuran como humanos.

Los ciudadanos viven integrados, intelectual y emotivamente, en diversas politeias, cada una con sus particularidades. Y cada politeia ha de establecer y guardar sus límites, señala Luri. Por ejemplo, toda comunidad diferencia y excluye. Tiene capacidad de apertura y de integración; es plural, pero al mismo tiempo sabe que ha de poner cotos para que su identidad no se diluya. Por otro lado, las comunidades son respetuosas con el pasado, pero flexibles con los cambios, siempre que no pongan en peligro su subsistencia.

Vivimos en “sociedades terapéuticas” que promueven la expansión indefinida de las expectativas individuales a costa del horizonte compartido de sentido

En esa comprensión orgánica y comunitaria descansa no únicamente el conservadurismo, sino la salud democrática. Siguiendo a su admirado Platón, el autor de La imaginación conservadora recuerda la correlación entre el alma y la ciudad, con el fin de subrayar que la salud política depende del vigor moral del ciudadano. No podrá nunca implicarse políticamente quien no reconozca que la política, antes que dar satisfacción a sus demandas de identidad, debe preocuparse por lo común.

Una sociedad terapéutica y emotiva

Como consecuencia de la acentuación del individualismo, las comunidades se han erosionado, del mismo modo que lo han hecho los ámbitos fundamentales donde se interioriza la copertenencia, como la familia o la escuela. Junto a ellas, se ha resentido el entramado moral. Luri cree que vivimos en “sociedades terapéuticas” que promueven la expansión indefinida de las expectativas individuales a costa del horizonte compartido de sentido.

El emotivismo, la “razón victimológica”, la dictadura de los expertos, los escapes nihilistas o la “psicodemocracia” que “nos clasifica por nuestras patologías identitarias”, han sofocado la auténtica condición política del hombre y transformado el ámbito de la libertad en un entorno totalitario, sometido a las eventualidades de lo políticamente correcto.

La razón conservadora, que no es una ideología para melancólicos ni dogmáticos, se presenta, en suma, según Luri, como un cauterio que nos puede ayudar a restaurar la confianza perdida en el hombre, en su condición moral y política.


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