Elogio de las familias sensatamente imperfectas

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Autor: Gregorio Luri

Ariel.
Barcelona (2017).
172 págs.
14,95 € (papel) / 7,99 € (digital).

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Gregorio Luri posee una amplia experiencia docente: ha sido maestro de primaria, profesor de filosofía en bachillerato y en la universidad. Es autor, entre otros, de La escuela contra el mundo, Mejor educados y ¿Matar a Sócrates?

Luri escribe con mucho sentido común, no tanto como filósofo o pedagogo, cuanto como padre y abuelo. Considera que nadie está preparado para ser padre y educador, pero que la vida misma enseña a aprovechar esa sensata imperfección. Pondera a las familias que, reconociendo sus limitaciones y fallos, son capaces de crecer fuertes, amar y ser amados en una comunidad educativa cada vez más competitiva, innovadora, terapéutica y narcisista. Efectivamente, muchas familias temen por el futuro profesional de sus hijos y los matriculan en actividades extraescolares asfixiantes mientras, con buena dosis de cinismo, se quejan de la cantidad de deberes para hacer en casa. También piensan que, en cuestiones pedagógicas, si algo es nuevo, debe ser bueno; además, pueden acudir a un alto número de profesionales (psicólogos, orientadores, coaches, mediadores) al servicio de los niños y sus padres, quienes con frecuencia fomentan una falsa autoestima, que deriva en narcisismo.

Tras dejar claro que los niños no son unas criaturas inocentes, ni buenos por naturaleza, ni dotados de capacidades innatas para la ciencia y el arte, y que muchos padres adoptan un papel de clientes en los centros educativos, señala que lo más importante que pueden hacer los progenitores para educar es quererse entre ellos y desear mejorar como personas.

Después expone los 55 derechos inalienables de los hijos de familias imperfectas. De un modo desenfadado, el autor dice verdades como puños: los niños y jóvenes tienen derecho a pensar, a distraerse activamente, a reconocer la autoridad de padres y maestros, a saber que con ganas y codos se consigue mucho, a que vale la pena ser buenas personas, a conocer los valores familiares, a entender que sin culpabilidad no hay moralidad, a comprender que no hay virtud sin coraje, a escuchar alabanzas justas, a leer siempre, a que les digan no, etc. Otros derechos sumamente educativos son: aprender de memoria lo comprendido, tener contacto con la naturaleza, disfrutar del silencio, saber que la cantidad de información no libera de la ignorancia, aprender a estar quietos a partir de cierta edad…

A modo de ejercicio práctico, concluye con algunos breves diálogos de la vida diaria, con una gran dosis de sensatez: “¿Llegas?... pues saluda. ¿Te vas?... despídete. ¿Has manchado algo?... límpialo. ¿Te han hablado?... contesta. ¿Has ofendido a alguien?... discúlpate”.

El libro, en definitiva, aporta una visión crítica pero optimista de la tarea educativa. Se lee con facilidad, tanto por el estilo directo de la escritura, como por la original maquetación e ilustraciones. Se dirige a la mayoría de las familias normales en el sentido de imperfectas, pero con cierto nivel cultural o experiencia práctica; sin embargo, también puede orientar a otras familias y ser útil a profesionales de la educación. 


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