Nacionalismos europeos, solidaridad limitada

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“Parecía imposible derribar el Muro de Berlín. Derribaremos el muro de Bruselas”. Estas palabras de Matteo Salvini, ministro del Interior italiano y líder de la Liga, expresan el embate populista que parece poner en peligro la cohesión de la Unión Europea. Los partidos de ese signo, algunos en el poder, consideran las fuertes oleadas de inmigrantes que llegan desde 2015 una amenaza a la identidad y al bienestar de sus países. Pero este acuerdo en lo general se demuestra difícil cuando hay que descender a detalles prácticos.

La retórica populista ha ido ganando terreno al dominante discurso políticamente correcto. El Fidesz de Viktor Orbán en Hungría, la Liga y el Movimiento 5 Estrellas en Italia, el Partido Popular Austriaco y su coaligado Partido de la Libertad… han dado la réplica a los “cosmopolitas”. Frente a los progresistas acomodados que dan la bienvenida a refugiados e inmigrantes con poco costo personal, porque en sus zonas residenciales no los ven, los populistas dicen representar al pueblo que acusa las dificultades y han descubierto en el nacionalismo una bandera que suscita adhesiones.

En el frente nacionalista europeo se abren fisuras cuando no está en juego el interés de todos frente al enemigo común, sino los intereses particulares de los amigos

Entre estos partidos hay una clara coincidencia y es natural que hagan frente común. Celebran reuniones, se echan flores unos a otros, hacen apología de la Europa de las naciones y braman contra el Leviatán bruselense.

Un aliado en Baviera

Qué satisfacción, entonces, cuando aparece un aliado en la misma Alemania, que bajo Angela Merkel es el paladín del cosmopolitismo. El ministro del Interior Horst Seehofer está decidido a poner coto. No en vano su partido es la CSU de Baviera, el Land de la frontera sur alemana, sobre el que recae la mayor parte de la carga del casi millón y medio de inmigrantes y refugiados llegados al país en los tres últimos años. Esta es la causa de que Alternativa para Alemania, populista de pura cepa, esté amenazando la hegemonía de la CSU en las elecciones bávaras del próximo otoño.

El 13 de junio, en visita a Berlín, el canciller austriaco Sebastian Kurz hace oficial el buen entendimiento con Seehofer y propone un “Achse der Willigen”, un eje de los dispuestos a frenar la inmigración. El nuevo eje Viena-Berlín (¿o Múnich?) se prolonga a Budapest y Roma.

El plan de Seehofer choca con la CDU de Merkel y está a punto de hundir la septuagenaria alianza de los dos partidos democristianos y, por tanto, el mismo gobierno alemán, la “gran coalición” entre ellos y los socialdemócratas. La canciller recibe un ultimátum de su ministro: habrá ruptura si para julio no consigue un pacto con los socios de la UE para que Alemania empiece a evacuar inmigrantes.

Choque de particularismos

Pero el nuevo aliado de los nacionalistas provoca fricciones también con ellos. Seehofer quiere aliviar Alemania enviando de vuelta a peticionarios de asilo que pusieron pie originalmente en otro país. La mayor parte entraron desde Italia, pero Salvini se muestra contundente: no admitirá ni uno solo. Su país, recuerda, desde 2014 ha rescatado 600.000 personas en el Mediterráneo y ha recibido más de 450.000 solicitudes de asilo: “Por tanto, no estamos dispuestos [en alemán, Willigen] a tomar, sino a dar”.

Austria, país de paso, no muestra mejor disposición. Kurz advierte que, si Alemania cierra su frontera sur a los inmigrantes procedentes de Italia, Austria tendrá que hacer lo mismo con la suya, para que no le entre el flujo de Italia. Al final, tras el principio de acuerdo entre los miembros de la UE el 29 de junio en Bruselas, llega a un arreglo con Alemania: los demandantes de asilo no serán devueltos a Austria, sino directamente a Italia y Grecia. De estos dos países, por ahora solo ha dado su conformidad el segundo, cuyo gobierno populista –pero de otro signo– no forma parte del eje de los dispuestos.

A veces, a esta entente populista de derechas europea se la ha llamado “internacional nacionalista”, sin reparar en la aparente contradictio in terminis. El oxímoron ha pasado del lenguaje a la realidad cuando no estaba en juego ya el interés de todos frente al enemigo común, sino los intereses particulares de los amigos. Como es conocido, el individualismo no es buena base para la alianza y la cooperación, ni entre países, ni en el interior de una sociedad, ni en una comunidad de vecinos. Pero hace falta contener de alguna manera los particularismos de unas naciones que han causado miseria y calamidades al combatirse repetidamente a lo largo de siglos. Para eso existe la Unión Europea.


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