Los restos del día

The Remains of the Day

Página 1

Autor: Kazuo Ishiguro

Anagrama.
Barcelona (1990; 9.ª impresión, 2013).
256 págs.
9,90 €.
Traducción: Ángel Luis Hernández Francés.

Kazuo Ishiguro, escritor británico de origen japonés (nació en Nagasaki en 1954), ha tenido una carrera brillante. Su primera novela, Pálida luz en las colinas, recibió el premio Winifred Holtby de la Royal Society of Literature. Su obra siguiente, Un artista del mundo flotante, ganó el Withbread Literary Award por partida doble: mejor novela y mejor libro del año. Su tercera novela, Los restos del día, fue galardonada en 1989 con el Brooker Prize, el premio literario más importante de Gran Bretaña, y llevada al cine por James Ivory cuatro años después. Y en 2017, Ishiguro ha recibido el Nobel de Literatura.

“Mis libros parecen historias triviales resbalando sobre una superficie en la que hay poco dramatismo”, ha señalado el novelista británico. Y así sucede en Los restos del día. La trama, en efecto, es extremadamente leve y en apariencia intrascendente. En 1956, Stevens, durante treinta años mayordomo de Darlington Hall, realiza, por vez primera en su vida, un viaje por Inglaterra. Lo hace por sugerencia de su nuevo señor, un millonario norteamericano que le presta su coche para tal ocasión. Jornada a jornada, entremezclados con la descripción de los paisajes y tipos humanos ingleses, Stevens irá haciendo partícipe al lector de sus recuerdos, de su búsqueda de un sentido profundo a su trabajo y de sus reflexiones sobre su anterior señor, Lord Darlington, al que siempre consideró un gran hombre.

Poco a poco, una dolorosa verdad se irá abriendo camino. Y así, en un atardecer, cuando sólo quedan los restos del día, Stevens tendrá que reconocer que ha estado sirviendo toda su vida a un hombre indigno.

Ishiguro es un autor muy meticuloso, que trabaja su prosa con esmero. El narrador es el propio mayordomo, e Ishiguro emplea con habilidad un estilo muy adecuado a la idiosincrasia de este personaje. El tono del relato es parsimonioso, solemne, servil en ocasiones, plagado de detalles nimios, solo captables por la mente inquisitiva de un mayordomo perfeccionista, como Stevens. Esto da al relato una atmósfera nostálgica y algo apolillada, que quizá sea lo más atractivo del libro, aunque en algún momento lo haga algo premioso.

A la vez, hay una tensión de fondo que no se manifiesta en grandes momentos dramáticos, sino en la sutil ironía, a veces cáustica, sobre los pequeños detalles que conforman la vida de los personajes.

De este modo, Ishiguro resalta cómo malgastan la vida algunas personas, casi sin darse cuenta, engañándose con simples sentimientos superficiales. Toda la novela es como un examen de conciencia del protagonista, un ser honesto y trabajador –sus reflexiones sobre la dignidad de su profesión son magníficas–, que por una vez se enfrenta sinceramente a la realidad.

En este punto, la novela adquiere un valor metafórico sobre las relaciones entre el hombre de la calle y los diversos poderes establecidos. Sin estridencias, Los restos del día se convierte así en una sugerente declaración de principios de acción, en un toque de atención para que la gente corriente “no renuncie a ejercer la cuota de poder crítico que la propia democracia confiere”, según expresión del autor.


Versión actualizada de la reseña publicada el 13-02-1991.


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