Los asesinos del emperador

(Trilogía de Trajano, I)

Página 1

Autor: Santiago Posteguillo

Planeta.
Barcelona (2011).
850 págs.
23 €.

Tras el éxito de su trilogía sobre Escipión, Posteguillo da un salto de trescientos años en la historia del imperio romano y nos sitúa en el último tercio del siglo I, años que verán el paso de la dinastía Julia-Claudia de emperadores, a la Flavia, y terminarán con la llegada al supremo poder de Trajano, de Hispania, primer emperador no nacido en Roma ni en Italia. La extensa novela recorre el final de Nerón, el agitado año 69 (Galba, Otón y Vitelio), el cambio de aires con la llegada de Vespasiano, el terrible periodo de Domiciano (al que se refiere el título de la novela) y acaba con la sucesión de Trajano a Nerva.

Como en casi todos los libros sobre la antigüedad clásica romana, el verdadero protagonista es Roma. Una ciudad, un estilo y una civilización, una idea por la que están dispuestos a vivir y morir muchos, casi siempre por encima de los que la encarnan, y a la que todos han de someterse, por nacimiento o por conquista. Los elementos vertebrales son, como es costumbre en el género, los políticos y los militares: las intrigas palaciegas, los generales y sus campañas (legados defendiendo las fronteras contra judíos, persas, dacios o germanos), batallas y operaciones narradas con todo detalle. Posteguillo mira a la vez más allá y retrata la vida de los gladiadores, la construcción del Coliseo, la persecución a los primeros cristianos, algunas costumbres bárbaras (como las amazonas, mujeres samnitas guerreras). El poeta Estacio sustituye al Plauto de Escipión en el toque literario.

Como se ve, estamos ante una novela amplísima, bien conducida (capítulos breves con clara indicación de lugar y año), pero débil en su fuerza emocional. Todo lo que se trata es interesante, y cada grupo de personajes viene representado por alguien con nombre propio, pero falta un elemento de cohesión, más allá de la propia idea de Roma, que apasione y conquiste al lector para perseverar tantas páginas. Posteguillo es prolijo, que no es lo mismo por desgracia que abundante. Su trabajo de ambientación es impecable (coronado por un útil glosario, árboles genealógicos, mapas claros y hasta ilustraciones interesantes) y emplea todos los recursos narrativos al uso (narración, cartas, discursos), pero no logra que la llama termine de prender y es difícil que llegue esta vez más allá del público entregado a la novela histórica.

El autor ha estudiado a fondo todas las fuentes, y cada episodio, hable de las cloacas de Roma, de la tragedia de Pompeya o de la caída de Jerusalén, resulta verosímil y fundamentado. Hay que agradecerle también que no recurra a la descripción detallada de la depravación moral acusada del periodo (tan explotada por recientes novelas y series de televisión). La descripción de las batallas y algunos juegos en el Coliseo resulta extremadamente violenta y realistas, pero no llega a ser desagradable.

Trajano no es la mitad de atractivo que Escipión, y mucho menos resiste la comparación con César, pero refleja bien muchos aspectos de la virtus romana. La novela deja patente desde el principio su homosexualidad. Por muy lejos que llegue la locura de los que mandan en Roma, siempre hay algún romano que encarna el honor y la lealtad. Trajano fue uno de esos pocos hombres a la altura de Roma, íntegro y valiente y llevó hasta el máximo los límites del imperio.


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