En Kenia experimentan con la renta básica

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La moralizante expresión de que, antes de regalar pescado a los pobres, más vale darles una caña de pescar, suele repetirse para apaciguar la conciencia de quien ya tiene pescado a la mesa y le cuesta compartirlo. A veces, en el intervalo que va desde que se le entrega la caña al pobre y el momento en que finalmente aprende a pescar, este puede perfectamente morir de hambre.

Una ONG norteamericana, Give Directly (Da Directamente) ha tomado un camino algo más corto: ha dispuesto un fondo de 30 millones de dólares para entregarlo, a modo de renta básica universal (RBU), a los residentes de 190 aldeas rurales de Kenia. Serían, como indica el nombre de la organización, pagos directos a personas concretas, no a iniciativas o proyectos comunitarios. Uno de los objetivos es constatar qué tan cierta puede ser la asentada idea de que los pobres, en cuanto reciben dinero, corren a gastárselo en todo menos en las necesidades emanadas de su condición.

Para el experimento, las poblaciones agraciadas se han dividido en tres grupos: en 40 aldeas, cada residente adulto recibe mensualmente 22 dólares (la mitad del promedio de ingreso en esas zonas), que se darán mensualmente durante 12 años, y en otras 80, se entrega esa cantidad, pero por dos años. Además, en 70 más se dan 1.000 dólares en dos tramos, según explica a Aceprensa Caroline Teti, directora de Relaciones Exteriores del programa.

La ONG Give Directly ha creado un fondo de 30 millones de dólares para hacer entregas de dinero sin pedir nada a cambio a los habitantes de 190 aldeas de Kenia

En todas las variantes, las transferencias se efectúan mediante el teléfono móvil, añade. “Solo en Kenia ya hemos alcanzado a 70.000 receptores y beneficiado a casi 400.000 personas”.

Entre los aspectos que, pasado un tiempo, se medirán, estará el estatus económico de los beneficiados (su nivel de vida, sus compras), el uso que hacen del tiempo (trabajo, educación, actividades recreativas), si han emprendido proyectos de riesgo, y si las mujeres han podido sacar provecho personal y profesional. “Hacer un seguimiento de las transferencias –dice Teti– nos servirá para saber en qué las han empleado, así como para gestionar cualquier contrariedad que haya surgido, y darles apoyo técnico a aquellos que lo necesiten”.

Por último, hay un cuarto grupo, de control, formado por 100 aldeas cuyos habitantes no percibirán nada. El observador externo puede preguntarse si esto no ocasionará movimientos poblacionales no previstos, en pos de los pagos; o si cabe la posibilidad de que desate resentimientos entre agraciados y no agraciados, lo que puede azuzar la violencia en una región no siempre tranquila.

Los resultados de dar

Las ideas sobre la RBU no son nuevas. Ya en el siglo XVI, en su Utopía, santo Tomás Moro expresaba, por boca de un navegante portugués, lo oportuno de que las autoridades, tan prestas a colgar a los ladrones por robos a veces insignificantes, proveyeran a todos “algunos medios de vida, de manera que nadie se vea en la temible necesidad de convertirse, primero, en ladrón, y luego, en cadáver”.

Es en los últimos tiempos, sin embargo, cuando cobran fuerza los experimentos de “dinero gratis”. Uno de los que ha concitado más atención ha sido el realizado en Finlandia, donde desde enero de 2017 se ha beneficiado con 560 euros mensuales per cápita a unos 2.000 desempleados, independientemente de que estuvieran buscando trabajo o no. Pero con el último día de 2018 se cerrará el grifo.

Según el principal impulsor de la iniciativa, el profesor Olli Kangas, de la Universidad de Turku, el gobierno no quiso dar más allá de los 20 millones de euros inicialmente asignados al programa, ni un monto adicional para su evaluación, además de que la sociedad está “muy dividida” en este tema. “Recibí mensajes de correo electrónico con insultos y otros que hablaban de lo bueno que es que haya gente como yo. Esos mensajes son un indicador de la brecha”, afirmó recientemente al diario argentino La Nación.

La web basicincome.org ofrece información sobre otros proyectos de actualidad, como el que desarrolla el gobierno de la provincia canadiense de Ontario en tres localidades. Allí se ayuda a 4.000 personas de bajos ingresos mediante otra variante de renta básica: el impuesto negativo, en virtud del cual una persona soltera puede recibir hasta 17.000 dólares. En EE.UU., entretanto, la empresa Y Combinator se propone dar hasta 1.000 dólares mensuales, durante 3 o 5 años, a unos 1.000 residentes de Oakland (California) –y a los de otros dos sitios aún por precisar–, que tengan ingresos por debajo de la media. Al final, se evaluará el impacto de esas entregas en el bienestar social y psicológico de los beneficiados.

Un experimento de renta básica en Namibia, a finales de la pasada década, incidió en un descenso de los niveles de criminalidad y abandono escolar, entre otros

En cuanto al contexto africano, Kenia no es el único caso donde se ha acariciado la idea. En Namibia, entre 2008 y 2009, vio la luz el proyecto piloto Basic Income Grant (BIG), mediante el cual se le dieron mensualmente y sin condiciones previas 100 dólares namibios (unos 15 dólares estadounidenses) a cada persona menor de 60 años y residente en el área de Otjivero-Omitara, en el centro del país. Como resultado, los índices de malnutrición infantil, deserción escolar y criminalidad experimentaron un descenso, algo muy a tono con lo que profetizaba el Lord Canciller de Enrique VIII hace cinco siglos.

Otros programas semejantes son las ayudas condicionadas para combatir la pobreza, extendidas en algunos países de Latinoamérica. Son también entregas de dinero que se puede emplear como se quiera, pero, a diferencia de la RBU, exigen a alguna contrapartida, como llevar a los niños a la escuela o asistir a cursos de formación.

Estudios, una casa nueva, una vaca…

Al parecer, los beneficiarios de la renta básica en Kenia también han sabido sacarle partido, aunque siempre, desde luego, pueden esperarse ejemplos negativos. El Business Insider, interesado en el experimento, recogió una de estas historias: la de un aldeano que se gastó parte del dinero en el juego, y la que le quedaba, que pensaba invertir en la grabación de un disco propio, se la robó un falso socio. “Para mi próximo proyecto, creo que tendré más cuidado”, asegura.

Pero en la web de GD hay decenas de testimonios más positivos, como el de Mary, de 18 años, que no solo ha podido pagar la matrícula y continuar sus estudios, sino que espera poder emprender un negocio y atenderlo en el tiempo que no está en el colegio. Uno que saltó de la cama cuando recibió el mensaje de la transferencia fue un campesino llamado Kipkirui: se compró rápidamente un tanque para agua potable y materiales de construcción para reformar su vivienda, apartó una cantidad para mejorar la alimentación familiar y con el resto trajo a casa una vaca. Otra que está feliz es Daisy, de 26 años: tiene en este momento suficiente comida, ropa, y una casa nueva en construcción, gracias a los 543 dólares que ya recibió. “¡La vida no pudo haber sido mejor para nosotros!”, dice desde su humildad.

La estrategia de GD puede ser, así, una alternativa a los esquemas de ayuda al desarrollo de toda la vida, esos en que los fondos se canalizan a través de una red de intermediarios para hacerle llegar al necesitado lo que ellos “entienden” que este necesita, tal como sucede con esos programas de ayuda alimentaria que envían granos crudos a poblaciones que no tienen ni agua, ni combustible ni condiciones para cocinarlos.

Si el gobierno de Nairobi está tomando nota debidamente, una vez que se marche GD, bien pudiera aplicar el experimento a una escala algo mayor y servir de ejemplo a otros de su entorno, para que hagan algo realmente decisivo contra una pobreza ya demasiado tiempo enquistada.


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