“El camino de la ciencia, mejor que la lucha ideológica”

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El Dr. Carlos Chiclana, especialista en Psiquiatría, toma distancia de quienes sugieren “avanzar” velozmente con los menores que muestran síntomas de una hipotética disforia de género.

“Todavía hay poca experiencia –afirma–. Existen protocolos (1) que aconsejan avanzar progresivamente y con cuidado, y hacer una evaluación y exploración progresiva de la persona que se siente identificada con el sexo distinto al suyo. Las asociaciones y grupos de presión, en un lícito afán por concienciar a la sociedad, están procurando acelerar los pasos. Hemos de ser comedidos para no actuar impulsivamente”.

“Por la gran variabilidad de resultados y la rapidez con que puede cambiar la identidad de género en adolescentes, se recomienda retrasar al máximo cualquier intervención física”

«Los servicios médicos procuran seguir las guías de buenas prácticas que aconsejan, antes de intervenir –tal como se señala en la sexta versión de estándares de cuidado propuestos por la sociedad The Harry Benjamin International Gender Dysphoria Association (HBIGDA)–, que es necesario que a lo largo de la infancia (los jóvenes) hayan demostrado un fuerte sentimiento de identidad con el sexo opuesto y aversión a las conductas habituales en el propio; que el grado de disconformidad con su sexo haya aumentado significativamente con la pubertad; que su desarrollo social, intelectual, psicológico e interpersonal esté limitado como consecuencia de su disforia de género; que no concurra ninguna otra psicopatología grave, salvo las que se produzcan como consecuencia de la alteración en la identidad de género, y que la familia otorgue su consentimiento y participe en todo el proceso terapéutico”.

«Otros autores (2) señalan que para recomendar o no una cirugía genitoplástica o una mastectomía, el psicólogo debe haber estado en estrecho contacto con el adolescente y su familia por un período no inferior a los dieciocho meses, y este debe haber alcanzado la mayoría de edad. No se debe empezar un tratamiento hormonal antes del estadio II de Tanner [hacia los 11 años en las chicas y hacia los 12 en los chicos], para que el adolescente experimente el comienzo de la pubertad en su sexo biológico. Así, se ganará tiempo para seguir explorando la identidad de género de la persona y otros aspectos del desarrollo.

«Por la gran variabilidad de resultados y la rapidez con que puede cambiar la identidad de género en adolescentes, se recomienda retrasar al máximo cualquier intervención física. Tampoco se debe comenzar esta antes de los 16 años, ni la quirúrgica antes de los 18”.

A grandes rasgos, ¿qué factores podrían estar detrás de esa temprana tendencia a identificarse con el sexo contrario?

-Como se explica en un artículo de 2015 de Sánchez Lorenzo y colaboradores (3), el origen ha sido objeto de diversas teorías, ninguna demostrada aún. No se ha descrito ninguna alteración del sexo genético, y el cariotipo es el que corresponde al sexo biológico. Se han hallado diferencias en ciertas estructuras cerebrales entre personas de diferente orientación sexual.

La transexualidad podría originarse durante la etapa fetal por una alteración que hiciera que el cerebro se impregnase hormonalmente con una sexualidad distinta a la genital. Se hipotetiza que existen diversas influencias ambientales en periodos críticos del desarrollo, como el embarazo, la infancia o la pubertad, que pueden influir en la identidad, la conducta y la orientación sexual. El estrés prenatal, la relación materno-filial de las primeras etapas de la vida, influencias familiares o abusos sexuales durante la infancia o la pubertad pueden determinar la conducta sexual adulta.

Normalmente son trabajadores sociales o activistas LGTB los que abogan por el reconocimiento público de la transexualidad de los menores con determinadas tendencias. ¿Por qué apenas aparecen profesionales de la medicina avalando directamente estos cambios?

– Los médicos nos comunicamos mediante los artículos académicos y las ponencias científicas en los congresos. No solemos dedicarnos al activismo, porque nuestra profesión nos exige una atención de calidad a todas las personas que nos soliciten ayuda, tengan el problema que tengan, sean de los lobbies que sean, y crean lo que crean.

Por esto solemos ser discretos a la hora de señalarnos como “de un bando” o “de otro”. Hemos experimentado tantas veces que el sufrimiento es personal e individual y que ese acompañamiento es sagrado, que no nos anima a meternos en luchas ideológicas. Preferimos avanzar por el camino de la ciencia y de la clínica, sin dejar la ética ni la moral, pero procurando que nuestra propias creencias o antropología no nos hagan ver la realidad de forma sesgada, sin hacer de esta realidad un cuadrilátero para una lucha moral o ideológica, porque está de por medio el sufrimiento y la felicidad de muchas personas, que sienten un gran malestar al no sentirse ni considerarse identificados con su sexo biológico. No se trata de una elección tonta y alocada, sino de un hondo malestar, que exige ser tenido en consideración con muchísima delicadeza.

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(1) Vance SR Jr, Ehrensaft D, Rosenthal SM, “Psychological and medica care of gender non conforming youth”, Pediatrics 2014 Dec, 134(6):1184-92.

(2) Esteva, M. Gonzalo, R. Yahyaoui, M. Domínguez, T. Bergero, F. Giraldo, V. Hernando y F. Soriguer, “Epidemiología de la transexualidad en Andalucía, atención especial al grupo de adolescentes”, Cuadernos de Medicina Psicosomática y Psiquiatría de Enlace. 2006 (78): 65-70.

(3) Sánchez Lorenzo I, Mora Mesa J, Oviedo de Lucas O, “Atención psicomédica en la disforia de identidad de género durante la adolescencia”, Revista de Salud Mental 2015, Jun 5.

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