De obispos y elecciones (americanas)

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La reacción del gobierno socialista español ante el documento de los obispos con motivo de las elecciones no ha sido discutir su contenido, sino negar la legitimidad de los obispos para intervenir en el debate público. Los obispos hacen política, dice el PSOE, con frase que recuerda la reacción de gobernadores civiles del tardofranquismo ante pastorales de “obispos rojos” de entonces.

Sus portavoces aseguran que tenemos unos obispos atrabiliarios y fundamentalistas, que quieren imponer sus convicciones a la sociedad e intervienen de modo partidista. Algo que ya a ningún episcopado de países democráticos se le pasa por la cabeza. Incluso algún comentarista alaba, como contraste, la actitud de los obispos de EE.UU., que según él no han intervenido para nada en la campaña electoral en curso en su país.

El caso es que los obispos norteamericanos publicaron un documento1 en noviembre del año pasado, cuando arrancaba la campaña electoral. Su objetivo expreso era contribuir a que los católicos tuvieran una conciencia bien formada para afrontar las decisiones políticas, de modo similar a como los obispos españoles se han propuesto “orientar el discernimiento moral” ante estas elecciones.

La sociedad norteamericana tiene en sus genes la separación estricta entre la Iglesia y el Estado. Pero eso es compatible con que los obispos aseguren que “la tradición pluralista de nuestra nación es mejorada, no amenazada, cuando los grupos religiosos y los creyentes llevan sus convicciones a la vida pública”. Esto se entiende bien en una sociedad que recuerda el ejemplo de personajes como el pastor baptista Martin Luther King, que defendió la igualdad de derechos civiles, basada en la convicción de que todos somos hijos de Dios.

Los obispos de EE.UU. afirmaban que “no decimos a los católicos cómo votar”, pero también que “como católicos, deberíamos guiarnos más por nuestras convicciones morales que por nuestra inclinación por un partido político o grupo de interés”.

Actitud que concuerda con la de los obispos españoles cuando afirman que “si bien es verdad que los católicos pueden apoyar partidos diferentes y militar en ellos, también es cierto que no todos los programas son igualmente compatibles con la fe y las exigencias de la vida cristiana”.

Los obispos americanos aclaraban que “los católicos no somos votantes de un solo tema”. Pero iban incluso más lejos que los españoles al subrayar que “la postura de un candidato en un tema que supone un mal per se, como el apoyo al aborto legal o la promoción del racismo, puede llevar legítimamente a un votante a descalificarlo”.

Temas sensibles

Los obispos de EE.UU. mencionaban varios temas claves para valorar el programa y la ejecutoria de los candidatos políticos. Entre ellos están el respeto del derecho a la vida, que es directamente atacado por “el aborto, la eutanasia, la clonación humana y la destrucción de embriones humanos para investigación. A estos males per se hay que oponerse siempre”. Otro tema clave era “la familia, basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer”, que no debería ser “redefinida, socavada ni menospreciada”.

Como no podía ser menos, en esto hay una total sintonía con la nota de los obispos españoles que, con palabras del Papa, piden “la defensa de la vida humana en todas las etapas, desde la concepción hasta la muerte natural” y “la promoción de la familia fundada en el matrimonio”.

Los demás criterios importantes señalados por los obispos norteamericanos se referían a la protección de los más débiles y a derechos sociales básicos, cuestiones abordadas a su vez en el documento de los obispos españoles cuando menciona situaciones que requieren particular ayuda (inmigrantes, acceso a la vivienda, violencia doméstica...).

¿Un documento de este estilo puede entrar en puntos polémicos? Los obispos españoles han tocado temas sensibles al referirse a la negociación con los terroristas, el nacionalismo o la Educación para la ciudadanía. Son asuntos polémicos en la vida política española. Pero lo mismo podría decirse de los obispos americanos, cuando advierten, a una nación que se considera en guerra, que el derecho a la vida se opone a “la tortura, la guerra injusta, el uso de la pena de muerte”, o cuando afirman que la dignidad en el trabajo exige “oportunidades para que los trabajadores inmigrantes tengan un estatuto legal”.

Son asuntos que dividen a la sociedad norteamericana, pero nadie ha discutido el derecho de los obispos ha expresarse sobre ellos. Los candidatos demócratas podrían verse aludidos, por ejemplo, en el caso de la condena sin fisuras del aborto, y los republicanos en el apoyo a la legalización laboral de los inmigrantes. Pero ni Clinton ni Obama han puesto el grito en el cielo por esta “injerencia”, ni McCain ha acusado de “pacifistas” a los obispos.

Si el pronunciamiento de los obispos norteamericanos no ha despertado polémica en EE.UU., es un signo de que se trata de una sociedad políticamente madura. Allí no extraña que un grupo religioso se pronuncie, como cualquier otro, sobre cuestiones que afectan a la vida pública en una democracia. Se les dará más o menos la razón, pero se les escucha con interés y, si es el caso, se discute lo que dicen. En España algunos se creen modernizadores por propugnar “diez mandamientos laicos” para el Estado (lo que demuestra que recurrimos a la simbología religiosa hasta para negarla). Pero más útil sería que aprendieran a escuchar sin aspavientos las opiniones discrepantes propias de una sociedad pluralista, aunque vengan de los obispos.

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(1) The Challenge of Forming Consciences for Faithful Citizenship (14-11-2007).


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