La escolástica relativista

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Las corrientes ideológicas que hoy predominan en los ámbitos académicos occidentales adquirieron su estatuto de pensamiento oficioso a raíz del mayo de 1968. El filósofo conservador británico Roger Scruton traza esta historia en el capítulo 6 de su libro A Political Philosophy (1).

Tras mayo de 1968, dice Scruton, en los planes de estudios humanísticos de las universidades fueron coronadas nuevas lumbreras: primero Althusser, Foucalt, Barthes y, poco después, Derrida y otras firmas habituales de la revista Tel Quel. “Esta vertiginosa conquista era algo totalmente insólito en el mundo de las ideas. Al observador escéptico le hizo pensar que se entronizaba a los nuevos pensadores por razones distintas de la fuerza de sus argumentos o la verdad de sus ideas”.

Scruton recuerda de sus tiempos de alumno universitario la recompensa intelectual que obtuvieron él y sus condiscípulos al lograr entender, tras varias semanas de duro estudio, los argumentos de Wittgenstein en las Investigaciones filosóficas. Fue una experiencia reconfortante, pero que a la vez obligó a revisar críticamente ideas hasta entonces admitidas, a la luz de razones más firmes aducidas por el pensador austro-británico.

“El mismo razonamiento que pretende destruir las ideas de verdad objetiva y valores absolutos, impone la corrección política como absolutamente vinculante, y el relativismo cultural como objetivamente verdadero”

El arma secreta para vencer sin necesidad de debatir
Después del 68, se trataba de otra cosa. “Cuando los defensores de la avant-garde francesa irrumpieron en escena, traían una arma llamada ‘estructuralismo’, que empuñaban contra las viejas autoridades, plenamente confiados en la victoria. La magia de esta arma era que, cuando se blandía frente al enemigo, lo apuñalaba milagrosamente por la espalda. Aquellas concepciones políticamente neutrales e imparciales que formaban nuestro patrimonio intelectual no eran refutadas: eso ya no hacía falta. Al ‘descodificar’ las viejas autoridades, el estructuralista aseguraba mostrar que no eran neutrales ni imparciales en absoluto, sino tan políticas como las ‘teorías’ que los contradecían, y mucho más perniciosas por ocultar su ideología bajo un caparazón de argumentos racionales”. La descodificación de Wittgenstein y los demás permitía descubrir “los insostenibles presupuestos encubiertos en los que se basaban”, que eran los de una “cultura burguesa que había perdido todo derecho a nuestra adhesión”.

Esos principios se mantuvieron aunque las autoridades fueron cambiando. Los estructuralistas dieron paso a los “posestructuralistas”, que pronto fueron destronados por la “deconstrucción”, que a su vez fue luego absorbida en una perspectiva general “posmoderna” que decía estar “más allá de la teoría”, sin por eso renunciar a combatir a sus rivales académicos.

Galimatías posmodernos
La paradoja se explica teniendo en cuenta que el posmodernismo pide una especie de conversión. Su idea rectora es que la cultura occidental es una carga de la que nos hemos liberado por completo. “Todas las restricciones impuestas a la mente, incluidas las desacreditadas normas de la verdad, la objetividad y el sentido, se han desvanecido. El hundimiento de la vieja cultura nos deja frente a un paisaje mental desértico, sin valores, fines ni sentido, y el currículo posmoderno está pensado para mostrarlo así”. Se crea entonces un lenguaje de iniciados; Scruton ofrece un ejemplo tomado de Gayatri Chakravorty Spivak, profesora de la Universidad de Columbia:

La rememoración del “presente” como espacio es la posibilidad del imperativo utópico de ningún-lugar-(particular), el proyecto metropolitano que puede suplementar el empeño poscolonial contra la imposible catexis de la historia lococéntrica como el tiempo perdido del espectador.

Algunos autores se ríen de tales galimatías. Otros lamentan que desprestigian las posturas progresistas e izquierdistas, que deben ser defendidas con claridad y racionalidad. Scruton tampoco los toma a broma; pero opina que de hecho son más eficaces que los argumentos racionales para propagar el progresismo. Si se lo defiende con argumentos, queda expuesto a la réplica; pero los textos como el citado son llamadas a la acción, en primer lugar a ponerse del “lado bueno”. “Los numerosos ‘métodos’ del plan de estudios posmoderno –comenta Scruton– tienen una cosa en común: no argumentan a favor de su postura política, sino que la asumen, y al mismo tiempo la esconden bajo un caparazón protector de palabrería”.

Otro rasgo destacado de esta escuela es el perspectivismo, con la decidida afirmación de que no hay verdades, sino solo interpretaciones. Es una tesis, debida a Nietzsche, patentemente paradójica, pues solo puede ser verdadera si no lo es; pero la jerga posmoderna sirve para disimular la contradicción y reforzar la reducción del trabajo intelectual y académico a empresa partidista. Así, Foucault dice que las “verdades” son parte del discurso dominante de la época. Por tanto, el debate entre doctrinas es, en el fondo, una lucha entre poderes, y lo importante en toda disputa es ponerse de parte del liberador y en contra del opresor.

“El actual subjetivismo viene acompañado de una enérgica censura, pues los que sustituyen la verdad por el consenso, en seguida se ven distinguiendo el consenso verdadero del falso”

La teología del relativismo
Así, el abandono de la verdad teje un disfraz de tolerante bajo el que se oculta un inquisidor. “En lugar de objetividad –dice Scruton–, tenemos solo ‘intersubjetividad’, o sea, consenso. Verdad, sentido, hechos y valores se consideran negociables. Lo curioso, sin embargo, es que este etéreo subjetivismo viene acompañado de una enérgica censura. Los que sustituyen la verdad por el consenso, en seguida se ven distinguiendo el consenso verdadero del falso. Así, el consenso adoptado por Rorty excluye rigurosamente a todos los conservadores, tradicionalistas y reaccionarios. Solo se admite a los progresistas; como solo feministas, radicales, activistas gais y antiautoritarios pueden emplear la deconstrucción (…)”.

“A la vez que sostiene que todas las culturas son iguales y absurda la pretensión de juzgarlas, el nuevo relativismo recurre clandestinamente a la tesis opuesta. Su empeño es persuadirnos de que la cultura occidental y el currículo tradicional son racistas, etnocéntricos, patriarcales, y por tanto no son ni por asomo políticamente aceptables. Por falsas que sean esas acusaciones, presuponen la misma idea universalista que declaran imposible”.

En suma, cree Scruton, pensadores como Foucault, Derrida o Rorty establecen la “teología del relativismo”, en la que lo decisivo “no es la calidad de los argumentos, sino la naturaleza de la conclusión”; la adscripción al bando, no la verdad. “Las creencias relativistas existen porque mantienen una comunidad: la nueva ummah de los descontentos. Por eso, los pensadores que he mencionado tienen una doble intención: por una parte, quieren desacreditar toda reivindicación de verdad absoluta, y por otra, defender la ortodoxia de la que depende su parroquia”.

Así, concluye Scruton, “el mismo razonamiento que pretende destruir las ideas de verdad objetiva y valores absolutos, impone la corrección política como absolutamente vinculante, y el relativismo cultural como objetivamente verdadero”.

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(1) Roger Scruton, A Political Philosophy, Continuum, Londres (2006), 214 págs.

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