Cómo enseñar a tus hijos a querer el bien

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Mary Cooney, bloguera y madre de seis hijos, sabe lo socorrido que es educar con premios y castigos. Sin embargo, reconoce que este sistema es insuficiente para formar hijas e hijos maduros: a medida que crecen, necesitan oír de sus padres razones que les estimulen a querer el bien. Lo explica en una entrada de su blog que MercatorNet adapta en un serial de tres artículos.

Hay días en que Cooney se siente como La Castigadora, impartiendo a un hijo tras otro “las consecuencias” de sus actos: “Si no te comes el brócoli, te quedas sin postre. Si lavas los platos, puedes jugar a la consola”. Aunque esos días acaba agotada, lo cierto es que la estrategia suele funcionar… pero solo hasta cierta edad. Llega un momento en el proceso de maduración de cada hijo –habla desde su experiencia, no como experta– que la mera obediencia externa a lo mandado en casa no es educativa: hace falta interiorizar, pues “el verdadero cambio viene de dentro”.

Hay, además, otro motivo. El problema con el sistema de premios y castigos es que se pone a los hijos ante una disyuntiva y se les pide que escojan una opción atendiendo únicamente a su propio interés: “Elige lo que te cause menos dolor o lo que te sea más placentero”. En vez de madurar, “se agranda su egocentrismo y se les enseña a ser manipuladores. (…) Los niños aprenden a encontrar formas de burlar al sistema o a sus padres para obtener lo que quieren”.

Por eso, Cooney aconseja introducir otros criterios en función de su edad. Cuando empiezan a tener uso de razón, en torno a los 7 años, vale la pena “darles la oportunidad de entender qué motivos hay detrás de una solicitud o una exigencia”, como comer verdura o lavarse los dientes. Si no lo entienden –que será la mayoría de las veces–, no hay que negociar. “Usted expresa sus razones, y si no están de acuerdo, tienen que obedecer de todos modos”.

“En torno a los 9, muchos niños empiezan a desarrollar un fuerte sentido de la justicia”. Es buen momento para hablarles en esos términos, especialmente en relación a las tareas domésticas o a las peleas entre hermanos. Tampoco aquí hay que negociar, sobre todo si están en plena rabieta. Aunque a esta edad sí cabe volver a hablar del tema, después de que hayan obedecido. Lógicamente, los padres tendrán más opciones de hacerse entender en la medida en que ellos mismos se esfuercen por no ser arbitrarios en sus decisiones.

En torno a los 11, es oportuno poner el acento en la responsabilidad. “Apela al sentido del honor y del deber de tus hijos, que está ligado a la justicia. Hazles saber que les necesitas, que la familia les necesita”. Saberse necesarios refuerza su autoestima y les ayuda a interiorizar sus obligaciones, al margen de premios y castigos (aunque seguirá habiéndolos).

A los preadolescentes y adolescentes hay que enseñarles a basar sus decisiones en cuatro preguntas: “¿Es justa? ¿Es responsable? ¿Es prudente (es decir, es lo que debo hacer en este preciso momento)? ¿Es caritativa?” Y si son espiritualmente maduros, una quinta pregunta: “¿Es la voluntad de Dios?”.

Poco a poco, estos criterios irán empapando “las mentes, los corazones y las voluntades” de los hijos, favoreciendo en ellos una disposición interior hacia el bien. Sus decisiones, respaldadas por el ejercicio de las cuatro virtudes cardinales (justicia, templanza, prudencia y fortaleza), empezarán a “tomar conciencia de las necesidades de los demás”. Se harán “considerados, reflexivos y generosos”.

“Obligar a nuestros hijos a obedecer a través de castigos y recompensas –concluye Cooney– es una parte necesaria de la disciplina. Pero si les ayudamos a desarrollar las cuatro virtudes cardinales, cada vez nos hará menos falta recurrir a refuerzos externos, porque les proporcionaremos motivaciones internas para actuar desinteresadamente. Ayudaremos a nuestros hijos a madurar desde dentro”.

Ver artículos en MercatorNet:

The secret of effective child discipline (Part 1)

Effective child discipline (2): The age of reason

Effective child discipline (3): The age of responsibility

Para saber más:

La educación del carácter vuelve a la escuela

La educación del carácter como arma contra la desigualdad


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