¿Vientre o… persona en alquiler?

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Que una pareja recurra a un “vientre de alquiler” para tener un hijo, va penetrando en el imaginario colectivo. En la sociedad libre hay derecho a satisfacer cada vez más apetitos, y si uno de estos es el de fundar familia a como dé lugar y por todos los medios, ¿por qué negárselo a nadie?

En auxilio del capricho viene la denominada “gestación subrogada” —que lo de “alquiler” suena mal, mientras que esta segunda expresión tiene un toque más “científico”—, envuelta en todos los matices de normalidad posibles, los mismos que permean un colorido reportaje del San Francisco Chronicle. En él, la periodista narra la decisión de una pareja de cuarentones californianos que, caídos en la cuenta de que sus dos gatos ya no les llenaban espiritualmente lo suficiente, optaron por tener un hijo; pero ante la imposibilidad de ella de concebirlo, se decantaron por la subrogación en la India, donde el método es legal.

En la India, los mitos autóctonos y la extrema pobreza restan importancia a cualquier reticencia a la subrogación

En 2013, el matrimonio voló hasta la remota ciudad de Anand (noroeste). Allí, la clínica de infertilidad Akanksha había colocado dos embriones, obtenidos a partir de los gametos de ambos, en el útero de una mujer muy pobre: Manisha Samar, una joven iletrada, madre de dos hijos, que había perdido recientemente su choza durante el azote del monzón.

Vista la precariedad de su situación, Manisha no vio mejor salida. “Ellos necesitan un hijo; yo necesito dinero”, y por si quedaba alguna reticencia, se animó a sí misma con un “poderoso” argumento: si la diosa Devaki sacó de su vientre a su hijo Khrishna y lo colocó en el de otra divinidad para “despistar” una maldición, ¿qué de especial tenía que ella llevara en sus entrañas al hijo de dos californianos?

Transcurridos nueve meses internada en un centro perteneciente a la clínica, en aceptables condiciones de higiene, sanidad y alimentación, llegó el momento del parto, que fue efectuado por cesárea —no es un detalle insignificante, como se verá—. Y tras unos 20 días de papeleos y trámites, el matrimonio estadounidense voló de vuelta a casa con “su” hijo, dejando atrás a Manisha con su paga.

Sin arrepentimiento posible

Así planteada, la gestación subrogada tiene todos los visos de normalidad: no se afecta aparentemente a nadie, sino que, al contrario, ambas partes salen beneficiadas del acuerdo, “generosamente” facilitado por la clínica. De hecho, bien mirado, es casi un mecanismo corrector: quienes veían su existencia con hastío por la falta de un hijo, cumplieron su deseo de ampliar la familia, y quien ya no necesitaba más familia, sino recursos para sostener a la que ya tenía, se vio recompensada con 7.500 dólares, la mayor bocanada de oxígeno de su vida –“aun si trabajara tres años seguidos, no podría reunir ese dinero”, afirma Manisha–. ¡Todo es ganancia entonces!, ¿no?

No se puede hablar de “libertad de elección” cuando la gestante es social y económicamente vulnerable

No, no lo es. Es el triunfo de la cosificación del ser humano.

Así lo enfatiza un grupo de expertos en Bioética, en un breve pero esclarecedor estudio publicado por la Comisión de Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE). El texto da cuenta del incremento del número de parejas europeas que acuden a esta práctica para tener “hijos”, y que no se percatan de las implicaciones más profundas del problema, como la afectación psico-emocional de las madres “de alquiler”, las huellas inmediatas y posteriores en el hijo, y las consecuencias legales y sociales que se derivan del fenómeno.

Respecto a las madres “subrogadas”, los científicos cuestionan la libertad de que estas disponen para hacer el intercambio de su hijo por dinero. ¿Acaso quien está en una situación económica desesperada y experimenta una vulnerabilidad extrema, es realmente dueña de sus decisiones?

“Nadie la obliga”, justifican los entusiastas de esta práctica, pero ¿acaso no lo hacen las circunstancias? Además, en caso de que, al término de su embarazo, la gestante decida no entregar al hijo, ¿no es el acuerdo ya firmado un factor suficiente de presión? Esto, sin entrar a considerar que, en buen número de contratos, existen cláusulas que obligan a las “madres de alquiler” a reembolsar todo el dinero recibido hasta ese momento, lo que hace difícil imaginar a la “libre” Manisha poniendo en el cajero de la clínica, billete sobre billete, el monto de lo que esta invirtió en mantenerla saludable y bien alimentada durante nueve largos meses.

Por cierto, ya que hablamos del cumplimiento de un contrato, los expertos subrayan que los padres “eventuales” esperan recibir un hijo sano, por lo que la interrogante es qué sucedería si el nacido presentara alguna anomalía congénita y estos rechazaran acogerlo.

No se puede hablar de “libertad de elección” cuando la gestante es social y económicamente vulnerable

El sufrimiento de la separación

Los expertos de la COMECE advierten, por otra parte, acerca del control absoluto que se ejerce sobre la embarazada, y la insoportable injerencia en su vida privada. No solo se le llega a regular estrictamente su alimentación, su vida sexual y las actividades que “puede” o no realizar, sino que la extrema vigilancia médica sobre el proceso llega a ser realmente compulsiva, tanto como las insistentes visitas y llamadas telefónicas de los “padres en potencia”.

Por otra parte, aunque tras la “frontera” del nacimiento la madre espera algunos miles de dólares, el alumbramiento no es tampoco el clímax de la alegría. Para empezar, el método que se emplea más comúnmente no es el natural, sino la cesárea, para evitarle al nonato cualquier tipo de sufrimiento en el canal de parto y para cumplir con la fecha de entrega acordada con los que ponen el dinero.

Sin embargo, el procedimiento —una intervención quirúrgica al fin y al cabo—, conlleva riesgos para la madre, entre ellos la posibilidad de que aparezcan complicaciones durante futuros embarazos. Además, habría que prestar atención al componente psicológico, pues los especialistas estiman que la madre “subrogada” padece un sufrimiento derivado de la separación del bebé, que puede compararse con el que experimentan aquellas mujeres que han dado a sus hijos en adopción.

“Mi capricho, tu problema”

La escena es parecida a otras que relata la prensa con cada vez mayor frecuencia: una pareja de adultos llega ante un buró con un recién nacido en brazos y lo muestra al funcionario: “Es nuestro hijo; inscríbalo en el Registro”. Pero se niegan a dar el nombre de la madre real, y la legislación local no permite la gestación subrogada, por lo que el funcionario se encoge de hombros. ¡Pero el niño existe, está a la vista, y hay que hacer algo! El nuevo ser es un “hecho consumado”, y así se lo imponen a las instituciones.

Los padres contratantes, en muchos casos, pretenden que el orden jurídico de sus países responda positivamente ante hechos consumados

¿Merece el niño una nacionalidad? Por supuesto. ¿Necesita que alguien se declare responsable de protegerlo y sacarlo adelante hasta su mayoría de edad? Desde luego. Pero la trampa está en que las parejas —homosexuales o heterosexuales— que recurren a la subrogación esperan que el Estado condescienda con sus deseos y termine por regularizar el estatus del niño.

En el contexto de la UE, las flechas van en una y otra dirección: ora se sanciona a Francia porque no ha reconocido la paternidad de dos parejas que utilizaron a madres subrogadas en EE.UU., ora el ministro de Justicia español anuncia que se inscribirá a los hijos nacidos de vientres de alquiler. En ambos países, sin embargo, la gestación subrogada sigue siendo una práctica prohibida, como en la mayoría de los Estados del bloque comunitario.

Por eso se va haciendo necesario armonizar de alguna manera las legislaciones sobre la materia –que no todos los países de la UE cuentan con una–, para no dar por bueno en unos sitios lo que en otros es una ilegalidad, ni traspasar a un país los problemas creados en otro, aunque, visto el antecedente de la censura que se ganó Francia de parte del tribunal paneuropeo y las decisiones gubernamentales que se han ido tomando sobre la marcha en varios países, es imaginable que habrá grandes presiones para que el asunto sea tratado con manga ancha en cualquier intento de regulación-marco.

Es una tarea ímproba, pero habrá que recordarles una y otra vez a quienes creen que madres e hijos, leyes y Estados, tiempos y circunstancias están a su exclusivo servicio, que el interés superior del niño, su dignidad y la de quien lo llevó en su vientre, no coinciden exactamente con lo que ellos adivinan que podrán arreglar con un fajo de billetes.

UE: cada uno por su lado

Entre los miembros de la UE, Holanda y Grecia aceptan legalmente la gestación subrogada siempre que sea “altruista”, a saber, que la madre gestante no reciba remuneración por ello. En el Reino Unido la permisividad es algo mayor, y pueden autorizarse pagos siempre que sean “razonables”, si bien unos “razonables” 5.000 euros pueden significar 10 años de salario para un trabajador manual en India.

El resto de los países del bloque se decantan, unos, por la prohibición absoluta, y otros exigen que los padres eventuales sean heterosexuales o que exista algún vínculo genético entre el hijo y al menos uno de sus progenitores.


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