Una nueva hipótesis simplifica la evolución humana

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(Actualizado el 23-10-2013)

La publicación del estudio del cráneo n.5 descubierto en el yacimiento georgiano de Dmanisi ha reavivado el debate sobre si han existido muchas especies humanas –quizás una decena– o tal vez solo ha habido tres o cuatro. Dicho de otro modo, lo que está verdaderamente en juego es si la evolución humana ha sido ramificada o más bien lineal, y la multiplicidad de especies es aparente, por haberse subestimado la variabilidad intraespecífica.

El estudio ha aparecido en la revista Science y viene firmado por el paleoantropólogo georgiano David Lordkipanidze y otros colegas. Según estos investigadores, el cráneo, que fue hallado en la campaña de 2005 y es conocido como D4500, presenta unas características jamás observada hasta ahora en un mismo espécimen de esa antigüedad (1,8 millones de años). En efecto, la caja craneal es de apenas 546 cm3 (el promedio de los humanos actuales es de 1.350 cm3); pero y la cara es grande aunque con rasgos arcaicos, tales como unos arcos superciliares pronunciados, una mandíbula también grande (aunque descubierta en 2000, ellos creen que pertenece al mismo individuo) y dientes de un tamaño mayor del que corresponde a un cráneo tan pequeño.

La escasa capacidad craneal de este espécimen ha llevado a los investigadores a concluir que los primeros humanos no necesitaron poseer grandes cerebros para abandonar África y emprender la travesía que les llevaría hasta las estribaciones meridionales del Cáucaso, como se venía suponiendo hasta hace poco. En cambio, se estima que las proporciones corporales de este individuo ya debían de ser como las nuestras: brazos más cortos que las piernas, mediría en torno al metro y medio y pesaría unos 50 kilos.

El yacimiento de Dmanisi viene proporcionando restos humanos desde 1991 y los hallazgos realizados allí han sido verdaderamente sorprendentes. Se han encontrado restos fosilizados correspondientes al menos a cinco individuos distintos, que el anterior director de este yacimiento asignó a una especie nueva: Homo georgicus. Serían unos humanos que todavía no dominaban el fuego y tenían una industria lítica rudimentaria pero que les permitió adaptarse al entorno de aquel paraje caucásico, cuyas condiciones climáticas eran más benignas que en la actualidad.

Cinco especies reducidas a una
Pero lo más sorprendente de todo son las conclusiones a las que llegan los autores de la investigación en relación a la posición filogenética de este cráneo. Según ellos, durante los primeros estadios de la evolución humana solamente existió una especie, que algunos de ellos consideran que fue H. erectus. De modo que todos los fósiles de H. rudolfensis, H. habilis y H. ergaster hallados en África, así como los de H. georgicus, deberían atribuirse a H. erectus; un clado que debería de comprender, según ellos, una gran variabilidad, aunque no más de la que se observa hoy en día en nuestra propia especie. Tal tesis choca frontalmente con la práctica, tan extendida en la paleoantropología, de usar las variaciones de los rasgos morfológicos para definir especies nuevas.

Ya se han alzado algunas voces contra esta propuesta. Para empezar, no todos los científicos están de acuerdo en que los fósiles hallados en Dmanisi representen a una misma especie humana: hay quienes dicen que podrían pertenecer, al menos, a dos distintas. Otros, como Fred Spoor, del instituto Max Planck de Biología Evolutiva, considera inadmisible incluir los cráneos africanos de H. habilis dentro del grupo de los H. erectus. Él mismo, recuerda, ya en 2007 presentó en Nature un fragmento de maxilar derecho de H. habilis y una calota de H. erectus que evidenciaban elementos distintivos entre estas especies; el de Dmanisi, afirma, se podría relacionar más con esta última especie que con la otra.

Ron Clarke, de la Universidad de Witwatersrand (Johannesburgo), opina lo contrario; y ve más semejanzas entre D4500 y los H. habilis africanos que con los H. erectus. José María Bermúdez de Castro, codirector de los yacimientos de Atapuerca junto con Juan Luis Arsuaga y Eudald Carbonell, considera que es una temeridad ir tan lejos con estos datos y extrapolar las conclusiones sobre Dmanisi a todos los yacimientos africanos de 2,5 a 1,5 millones de años. También Arsuaga opina que es una hipótesis precipitada.

En lo que sí coincide todo el mundo, más allá de las repercusiones taxonómicas, es en reconocer el gran valor científico que tiene este cráneo para ampliar nuestro conocimiento de las primeras etapas del desarrollo del género humano. El yacimiento de Dmanisi se ha demostrado de gran importancia y promete nuevos descubrimientos de gran interés.


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