Reorganizar la ayuda al Tercer Mundo

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Jean-Pierre Touquoi expone en Le Monde (9-V-96) algunas ideas sobre la ayuda de los países ricos a los menos desarrollados.

En 1994 el porcentaje [de la ayuda pública destinada al Tercer Mundo] no ha superado el 0,3% del PIB entre los países más ricos. El importe de 1995 no será mejor, con una reducción de las ayudas del 5% al 10%, según las primeras estimaciones de la OCDE publicadas el martes 7 de mayo. De ahí el pronóstico del club de los países ricos, que, para los próximos años, prevé "en el mejor de los casos" una estabilización de la ayuda pública al desarrollo en "su nivel actual" en porcentaje del Producto Interior Bruto.

(...) ¿En qué medida han reducido la pobreza y favorecido el crecimiento económico esos 1.500 millardos de dólares transferidos de los países ricos a los pobres desde el comienzo de los años 60? (...)

El debate no tiene nada de teórico. En marzo, después de meses de verborrea, los países ricos han aceptado finalmente reconstituir los fondos del IDA (International Development Fund), rama del Banco Mundial (...).

Pero si existe una deriva de la ayuda al desarrollo que conviene atajar es, en primer lugar, su "canibalización" por parte de la ayuda humanitaria de urgencia. Demasiadas veces el desarrollo -de resultados forzosamente lentos- se sacrifica en pro de acciones espectaculares a corto plazo. (...) En veinte años la parte del presupuesto que Unicef dedica a atender urgencias (...) ha pasado del 2% al 28%. Por su parte, los países ricos, en 1994 destinaron a tales ayudas perentorias un montante sin precedentes, señala la OCDE.

Durante décadas la ayuda extranjera ha favorecido las grandes inversiones (...), sin preocuparse demasiado de asociar a las poblaciones locales a esas decisiones. Tanto si se trataba de educación, como de sanidad o de transferencia de tecnología, los prestamistas imponían esquemas de desarrollo. El Tercer Mundo ha ganado con esto algunas infraestructuras, una política sanitaria que favorece el crecimiento demográfico...

Pero, ¿qué decir del precio pagado? Quiebra de Estados endeudados hasta el cuello, marginación económica de algunos de ellos, "fractura social" profunda en el seno de sociedades civilizadas... El balance, especialmente en África, no es brillante. Con la irrupción, a mediados de los años 80, de la preocupación social, los planes de ajuste impuestos por el FMI y el Banco Mundial perdieron ciertamente su rigor. Demasiado tarde, pues el mal estaba ya hecho.

La ayuda al desarrollo debe ser reorientada. En lugar de reducirla a consideraciones sobre la deuda exterior -su posible anulación, o su renegociación- que contaminan el debate, conviene dejar de considerarla un fin en sí, y convertirla en un medio al servicio de los responsables de los proyectos. La rapidez en la entrega de fondos no debe ser ya el criterio de eficacia (...).

La ayuda, ante todo, no debe concentrarse en proyectos faraónicos, sino en respaldar planes modestos promovidos por asociaciones locales, agrupaciones de campesinos.


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