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El Observatorio

El sueño islamista y el pragmatismo occidental


Con la liberación de ciudades iraquíes y sirias que hasta hace muy poco permanecían en poder del Estado Islámico (EI), el presidente de EE.UU., Donald Trump, ha vislumbrado el fin de esa organización terrorista. Sin embargo, con el reciente ataque perpetrado por un islamista de origen uzbeko en Nueva York –no con una bomba, sino con un vehículo–, las perspectivas de una vuelta sin más a la tranquilidad pueden ser cuestionables.


Así lo cree Eliora Katz en un artículo en The Wall Street Journal1. El mandatario estadounidense, explica, tuiteó el 31 de octubre: “No podemos permitir que el EI vuelva, o ingrese en nuestro país, después de ser derrotado en Oriente Medio y dondequiera. ¡Basta!”. Sin embargo, apunta Katz, el “campo de batalla” más importante del EI no está en esa región del mundo, sino “en Internet, en los corazones y en las mentes; el poder del EI viene de las ideas, no del territorio”.

La articulista critica la tesis de que el terrorismo brota allí donde reinan la pobreza y la falta de oportunidades, una idea muy en la línea de cómo concebía el problema la administración de Barack Obama. Dicha teoría ha sido superada, sin embargo, por el hecho de que miles de jóvenes musulmanes, seducidos a través de las redes sociales, han dejado la comodidad de sus hogares en Europa y EE.UU. para ir tras la llamada del terror en Oriente Próximo, o bien han atentado en sus propios países. “Es [un criterio] miope –dice Katz–. Médicos, informáticos, estudiantes con altísima preparación también se han radicalizado. La gente se motiva por causas más altas que el dinero”.

“Los Estados occidentales –añade–, al tiempo que ofrecen, o suelen ofrecer, buenos servicios sociales, oportunidades económicas y bienes de consumo, se han vuelto cada vez más indiferentes a cuestiones sobre el sentido, a principios por los cuales merece la pena vivir y quizá morir. En EE.UU. estamos orgullosos de nuestra libertad, pero ¿libertad para hacer y preocuparnos de qué? Para un pequeño pero no despreciable número de jóvenes, responder a la llamada a levantar un califato, supuestamente basado en el dictado de un libro sagrado, parecerá una opción más genuina que la ambición o el consumismo”.

El problema no es nuevo: ya en la República de Weimar, el jurista alemán Carl Schmitt expresaba que en el liberalismo político, cuando la libertad individual derivaba en valor político supremo, se producía la paradoja de la despolitización. “Un Estado –dice Katz– que sacraliza la libertad individual, tiene que dejar que sus ciudadanos persigan sus propias ideas del bien, mientras él se prohíbe a sí mismo reivindicar unos valores trascendentales. El liberalismo reduce por tanto la política a una serie de argumentos técnicos sobre los medios más eficaces para conseguir fines materiales”.

La búsqueda de sentido puede tomar “rumbos monstruosos”, como ha sucedido con los reclutados por el EI, o con el propio Schmitt, que fue conocido como “el jurista estrella del Tercer Reich”. “Ese peligro es la principal razón para considerar seriamente el tema”, dice la comentarista.

En consonancia con lo anterior, Katz precisa que eventos como la presidencia de Trump, la crisis de la Unión Europea y el surgimiento de la amenaza del EI, apuntan al deseo de un enfoque político en las cuestiones fundamentales de la vida, antes que solo en las técnicas. Por eso, afirma, si bien hay que celebrar los retrocesos del califato en el frente de batalla, también urge “reconocer que en ausencia de buenas respuestas acerca de por qué objetivos luchamos en casa, algunos se sentirán atraídos por respuestas muy negativas”.