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La paradoja de nacionalizar el islam en la Francia laica


Desde que el presidente Chirac promovió la ley para prohibir el velo islámico1 en los servicios públicos, como signo de neutralidad por parte de las administraciones, laicidad no es precisamente un término pacífico en la opinión pública francesa. La cuestión de la identidad republicana se ha agudizado con los últimos atentados terroristas.


El combate en torno al llamado burkini2 dista de ser anécdota veraniega: refleja aspectos nucleares del debate sobre la presencia de la religión en el espacio público. En su día, especialmente con la ley de 1905, el objetivo era el catolicismo; pero, en estos momentos, Francia no sabe qué hacer con la presión derivada de la que se ha convertido en la segunda religión del país.

Una minoría musulmana silenciosa

Muchos políticos intentan encauzar el fenómeno aplicando al islam categorías procedentes de la religión católica o del derecho eclesiástico, como si fuese posible algún tipo de enfoque concordatario. Pero esos esquemas, aunque han conseguido al menos que exista en Francia un órgano representativo de los musulmanes –Consejo Francés del Culto Musulmán (CFCM), no aceptado por todos–, olvida una diferencia radical: la jerarquía católica reconoce con bastante claridad, especialmente después del Concilio Vaticano II, la legítima autonomía de las realidades temporales. En la órbita islámica, permanece viva una confesionalidad religiosa configurada por la primacía de la autoridad política, que unifica a los ciudadanos, como sucede en conocidas repúblicas y monarquías (desde Marruecos a la Arabia Saudita).

La religión islámica se gestiona actualmente en Francia como fenómeno externo, y de hecho, la mayor parte de los imanes son extranjeros

De todos modos, se abre paso en Francia una minoría –enfatizada por la encuesta3 y el editorial4 aparecidos en Le Monde del 17 de agosto–, representada por franceses, procedentes de la inmigración de sus antepasados, que ocupan puestos de relieve como empresarios, académicos, médicos, ingenieros, abogados e, incluso, ocupan cargos públicos de entidad. De sus padres han heredado la cultura o la fe musulmanas, aunque no siempre la practiquen. En cualquier caso, comparten la perspectiva que considera la religión asunto privado.

A raíz de los atentados yihadistas, desde enero de 2015, intentan asumir una responsabilidad pública, dentro de los actuales esfuerzos colectivos por representar y organizar el islam en Francia. Uno de sus objetivos es dar vida a la Fundación para las Obras del Islam de Francia, creada por Dominique de Villepin en 2005, pero sin apenas actividad. Consideran importante la batalla cultural sobre la integración en la república, capaz de superar el radicalismo.

Los promotores de esa iniciativa integradora son conscientes de que la religión islámica se gestiona actualmente en Francia como fenómeno externo: el CFCM les parece una especie de “agencia para los asuntos indios”. De hecho, la mayor parte de los imanes son extranjeros, muchos no hablan francés, y sin dinero del exterior no existirían tantas mezquitas.

Una fundación para construir el islam de Francia

El Estado francés quiere relanzar esa cooperación de los musulmanes, con el nombramiento del exministro socialista del Interior, Jean-Pierre Chevènement, como presidente de la Fundación para las Obras del Islam. Su trabajo en el gobierno abrió camino en su día para constituir el actual CFCM. Tendrá que pilotar ahora el esfuerzo de construir el “islam de Francia” desde una perspectiva laica y sin financiación extranjera. Compartirían el proyecto no solo el actual responsable de ese departamento gubernamental, Bernard Cazeneuve, sino personas como el escritor Tahar Ben Jelloun, el islamólogo Ghaleb Bencheikh, el rector de la mezquita de Lyon, Kamel Kabtane, o el empresario Najoua Arduini-Elatfani.

Se abre paso en Francia una minoría de musulmanes que intentan asumir una responsabilidad pública, dentro de los actuales esfuerzos por representar y organizar el islam en el país

Para crear las condiciones de una relación profunda y pacífica entre la república y los franceses de confesión musulmana, la fundación debe ayudar a financiar proyectos de investigación científica y cultural y, sobre todo, encauzar la formación de los imanes y la construcción de mezquitas, aplicando los principios de la ley de separación de 1905.

Se pretende que la financiación se consiga con fondos exclusivamente franceses. El Estado contribuirá para aspectos profanos. En cuanto a los religiosos, queda pendiente encontrar soluciones en la propia Francia, siempre dentro de las exigencias de esa norma de 1905. No se excluye el establecimiento de una tasa sobre el halal, sobre la que hay amplio consenso.

La indispensable evolución del pensamiento musulmán

La cuestión es cómo resolver el problema que expone Abd-al-Haqq Guiderdoni5, respecto de los practicantes que consideran el Corán “palabra de Dios”, pero necesitado de una adecuada exégesis, tanto para interpretar sus sentidos múltiples, como para perfilar lo que solo se aplica a su contexto histórico, la Arabia del siglo VII: si todo está en el Libro, “el Corán contiene lo universal y lo particular, que no puede ser universalizado sin dejar de ser particular”.

Desde esa perspectiva, le parece que “la aspiración de la inmensa mayoría de los musulmanes que viven en Francia es recuperar la gran tradición intelectual, científica, filosófica, ética y mística del islam, y abrirlo al diálogo entre los seres humanos en su diversidad cultural y religiosa, y a la urgencia de construir un futuro común”.

Harían falta más rectificaciones como la de Farid Abdelkrim6, exmiembro de los Hermanos Musulmanes en Francia, que reconoce públicamente: “Tengo una responsabilidad en la radicalización del islam en Francia”. Refleja cómo contribuyó al discurso del odio que propagan los fundamentalistas.

Abdelkrim alude a argumentos que hacen a Occidente responsable “de todos nuestros males a causa de su ateísmo, materialismo y permisividad”, así como de haber desmantelado el califato y colonizar las tierras del islam. El discurso enfatiza el heroísmo de las guerras de liberación, de la resistencia afgana, palestina, chechena, frente a la voluntad internacional de evitar la influencia del islam. Justifica la presencia en Francia para hacerle pagar por la sangre de los antepasados. Se opone al racismo y la discriminación contra los habitantes de las barriadas de las grandes ciudades. Sin excluir antisemitismo y teorías conspiratorias. Siempre desde la perspectiva de representar el islam auténtico. Por ahí va el mea culpa de Abdelkrim.

Puente entre la república y el islam

Pero otro musulmán, Marwan Muhammad7, reacciona contra los intentos oficiales de reformar el islam de Francia. Ese deseo aparecería intermitentemente tras cada acto terrorista, o en las polémicas sobre la visibilidad de las creencias. Reflejaría a su juicio la permanencia de una mentalidad colonial, meramente tolerante con las religiones tradicionales. No tendría en cuenta la realidad sociológica actual: “En la vida cotidiana no hay fractura identitaria con el islam. Las gentes viven juntas, trabajan juntas, construyen juntos”.

La Fundación para las Obras del Islam se ocupará de la formación de los imanes y la construcción de mezquitas

Esa mentalidad se refleja en la tribuna de Jean-Pierre Chevènement8, que a propósito de la igualdad entre varones y mujeres, se permite dar una lección de historia como si la paridad hubiera sido una “conquista no solo contra la Iglesia”, sino contra la propia izquierda –como en la II República española, se puede añadir–: fue un católico como el general De Gaulle quien la impuso después de la guerra mundial. Sin duda, se trata de otra asignatura pendiente en la órbita islámica.

El exministro no oculta las dificultades que deberá sortear. Pero intenta ofrecer una visión esperanzada, frente a fundamentalismos o comunitarismos, porque la fundación tiene un “fin exclusivamente educativo, social y cultural”, al margen de lo específico del culto. “Es un puente entre la República y el islam en Francia". Preciso será afianzar los pilares.