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Carta del Papa a los obispos sobre la excomunión a los lefebvrianos

Un ejemplo de franqueza, humildad y transparencia


Roma. Benedicto XVI decidió explicar personalmente el sentido del levantamiento de la excomunión a los cuatro obispos lefebvrianos, una medida que tomó el pasado 21 de enero y que ha suscitado numerosas polémicas dentro y fuera de la Iglesia. Para aclarar las cosas, el Papa escribió una carta1 a todos los obispos del mundo, una medida extraordinaria que ha causado cierta sorpresa.

Franqueza, humildad, transparencia podrían ser tres palabras para definir el tono y contenido de este documento de cinco folios, que quizás no sea exagerado calificar como uno de los más significativos del pontificado por lo que muestra de cómo es Benedicto XVI. El Papa se dice sorprendido por la vehemencia de algunas polémicas, que trasmiten incluso sentimientos de odio, indica algunos desaciertos de la Curia Romana que se intentarán mejorar en el futuro y, sobre todo, explica el alcance, los límites y el sentido profundo de su decisión. Tiene también palabras de agradecimiento para cuantos le han manifestado expresamente su cercanía en este periodo.

Errores y malentendidos

Por lo que se refiere a los errores, el Papa menciona el desconocimiento de las declaraciones negacionistas del holocausto judío por parte de uno de los cuatro obispos, Williamson. Esas opiniones fueron precisamente una de las mechas que incendiaron el caso, provocando un cortocircuito que causó que la medida del Papa llegara distorsionada a la opinión pública y se interpretaran en clave antisemita. “Me han dicho que seguir con atención las noticias accesibles por Internet habría dado la posibilidad de conocer tempestivamente el problema. De ello saco la lección de que, en el futuro, en la Santa Sede deberemos prestar más atención a esta fuente de noticias”.

Otra equivocación, añade el Papa, fue el no haber ilustrado de modo “suficientemente claro” qué significaba el levantamiento de la excomunión. En este sentido, el Papa explica que la revocación de la excomunión (una sanción disciplinar) tiene un efecto personal, limitado a los cuatro obispos: significa una nueva invitación a volver a la unidad de la Iglesia. En cuanto a la Fraternidad de S. Pío X, la institución que agrupa a los seguidores de Lefebvre, el Papa subraya que “hasta que las cuestiones relativas a la doctrina no se aclaren, la Fraternidad no tiene ningún estado canónico en la Iglesia, y sus ministros, no obstante hayan sido liberados de la sanción eclesiástica, no ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia”.

En este sentido anunció que la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”, que es el organismo de la Santa Sede que sigue las relaciones con los lefevbrianos, se vinculará a la Congregación para la Doctrina de la Fe. Esta medida aclara que los problemas por tratar de ahora en adelante “son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se refieren sobre todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los Papas”.

Al hilo de esta novedad “técnica”, Benedicto XVI hace una observación muy concreta dirigida a la Fraternidad S. Pío X: “no se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962”. Pero también lanzó un mensaje a los que “se muestran como grandes defensores del Concilio”: es preciso recordar que “el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la Iglesia. Quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que el árbol vive”.

Razones de una decisión

Una vez liberado el campo de asuntos colaterales, el Papa responde en la última parte de la carta a la pregunta central: ¿era necesaria esta medida? ¿no hay cuestiones más urgentes en la Iglesia? En este punto, la visión del Papa es neta. Y da la impresión de que quiere evitar cualquier tipo de interpretaciones que puedan sugerir que la medida responde a una preferencia personal del Pontífice. Así, subraya que la prioridad que está por encima de todas es “conducir a los hombres hacia el Dios del que habla la Biblia”. De ahí se deriva la importancia de la unidad de los creyentes, que se manifiesta de modos diversos en el diálogo interreligioso y el ecumenismo. Desde esa perspectiva, adquieren su pleno sentido otras “reconciliaciones pequeñas y medianas”.

“Que el humilde gesto de una mano tendida haya dado lugar a un revuelo tan grande, convirtiéndose precisamente así en lo contrario de una reconciliación, es un hecho del que debemos tomar nota”. Citando el evangelio, el Papa se pregunta si era una equivocación salir al encuentro del hermano, aunque este tenga una visión muy crítica de ti mismo. No se le esconden, en efecto, las salidas de tono de esa comunidad, su “soberbia y presunción”. Pero, “por amor a la verdad” -dice más adelante-, debo añadir que he recibido también una serie de impresionantes testimonios de gratitud, en los cuales se percibía una apertura de los corazones”.

El Papa se hace otra pregunta sobre si nos puede dejar indiferentes una comunidad con 491 sacerdotes, 215 seminaristas y millares de fieles. A las vista de las reacciones, Benedicto XVI hace un análisis que refleja certeramente el punto de vista de no pocas noticias y comentarios publicados por la prensa en las últimas semanas. “A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele -en este caso el Papa-, también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas”.

La carta concluye con una referencia a san Pablo, que en su carta a los Gálatas advierte de un peligro: “si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente”. El Papa afirma que siempre le pareció una exageración retórica, y en parte lo es. Pero que “desgraciadamente este ‘morder y devorar’ existe también hoy en la Iglesia como expresión de una libertad mal interpretada”.