El Observatorio

Muertos por la policía en EE.UU.

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La muerte del joven Michael Brown en la localidad estadounidense de Ferguson, en Misuri, ha hecho que la prensa se pregunte: ¿cuánta gente muere en Estados Unidos cada año a manos de la policía?

Importantes medios como USA Today o The Washington Post repiten estos días un dato proporcionado por el FBI en su Informe Suplementario de Homicidios (SHR, por sus siglas en inglés): desde 2008, cada año se producen unos 400 “homicidios policiales justificados”. La cifra coincide con la que dan otras fuentes fiables como los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades y la Oficina de Estadísticas Judiciales.

Pero estas estimaciones son más problemáticas de lo que parecen, como revela un análisis realizado por Reuben Fischer-Baum, periodista de FiveThirtyEight. De todas las razones que alega, quizá la más significativa es la que cuestiona la fiabilidad de la categoría “homicidios policiales justificados”.

David Klinger, profesor asociado de criminología y justicia criminal en la Universidad de Misuri, explica al periodista que “nadie que sepa algo sobre el SHR se fía de las cifras de lo que ellos [el FBI] llaman ‘homicidios policiales justificados’”. Y Fischer-Baum añade: “No hay un esfuerzo gubernamental por registrar el número de homicidios policiales injustificados. Si se apreciara que el homicidio de Brown fue injustificado, no aparecería en las estadísticas”.

Tras descartar la fiabilidad de los datos del SHR, Fischer-Baum vuelve los ojos a otra fuente que considera más creíble: las estadísticas sobre el número de estadounidenses víctimas de homicidio cada año, recogidas por el Sistema Nacional de Estadísticas Vitales (NVSS).

El NVSS recopila los datos a partir de los certificados de defunción. Si se comparan con los que ofrece el SHR hay un desfase de unas 3.000 muertes. Algunas de ellas “son homicidios policiales, justificados o injustificados; no hay manera de saber cuántas. También incluye homicidios que no se recogen en el SHR, pero que no tienen nada que ver con la participación de la policía; por ejemplo, las muertes que se producen en jurisdicciones federales”.

La conclusión de Fischer-Baum es que nadie sabe cuántos estadounidenses mueren a manos de la policía cada año. Pero, para él, está claro que son “más de 400”.

El arriesgado trabajo de la policía

Las informaciones periodísticas sobre los disturbios de Ferguson están contribuyendo a crear un clima de prevención contra la policía estadounidense. Un contrapunto interesante a esta visión es la que ofrece en el New York Times Sunil Dutta, profesor de seguridad nacional en la Colorado Tech University y antiguo agente de la policía de Los Ángeles durante 17 años.

A la espera de que se aclare lo sucedido en el caso del joven Brown, que recibió seis disparos, dos de ellos en la cabeza, Dutta advierte sobre el riesgo de sacar conclusiones precipitadas.

Los policías no lo tienen nada fácil. De hecho, sostiene Dutta, “en la inmensa mayoría de los casos no son los policías, sino la gente a la que paran, la que tiene el poder de evitar que las detenciones acaben convirtiéndose en tragedias”.

Aunque fue entrenado para usar la fuerza legítima, la experiencia de Dutta es que muchas veces pudo resolver de forma pacífica los incidentes tensos. Antes de empuñar el arma, él prefería usar otros recursos como “el judo verbal, las advertencias o la ostentación del hardware letal (y no letal) de mi cinturón de servicio”.

No obstante, en ocasiones a los policías no les queda más remedio que usar la fuerza para defender la seguridad de la gente o la suya. Para estos casos de máxima tensión, Dutta se atreve a dar un consejo bastante impopular: “Si usted no desea recibir un disparo, recibir una descarga eléctrica, ser rociado con gas pimienta, golpeado con una porra o arrojado al suelo, solo haga lo que digo. No discuta conmigo, no me insulte, no me diga que no le puedo detener, no me llame ‘cerdo racista’, no me amenace con que me va a demandar ni tome mi placa de lejos. No me grite que usted paga mi sueldo. Y no se le ocurra caminar hacia mí de manera agresiva. La mayor parte de las ocasiones en que la policía para a alguien, se resuelven en cuestión de minutos. ¿Tan difícil es colaborar durante ese tiempo?”.

A Dutta no se le pasa por alto que existen policías corruptos o acosadores, o simplemente que se sobrepasan actuando de forma arrogante. Además de proponer algunas medidas de control a la policía –como las cámaras en los coches o incluso en los uniformes–, Dutta recomienda para esos casos “reservar la ira para luego y canalizarla de forma apropiada. (…) Pregunte por un supervisor. Presente una queja. O contacte con una organización de derechos civiles. ¡Siéntanse libres de demandar a la policía! Pero no les desafíen cuando les paran”.

“Una persona corriente no puede comprender los riesgos y entiende poco sobre el trabajo de un policía. (…) Usted no sabe lo que tengo en la cabeza cuando le hago parar. ¿Acabo de recibir un aviso por radio sobre un tiroteo producido hace unos momentos? ¿Estoy buscando a un asesino o a un fugitivo armado? Para usted, esto podría ser una ‘simple’ parada de tráfico; para mí, cada parada de tráfico es un encuentro potencialmente peligroso. Muestre un poco de empatía hacia las preocupaciones de seguridad de un agente. No haga más difícil nuestro trabajo”.


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