Entrevista con el Prof. José Miguel García Pérez

Los Evangelios “reconstruidos” en su idioma original

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Los Evangelios están escritos en griego, pero los testimonios que reúnen fueron expresados primero en arameo por personas de mentalidad judía. El biblista José Miguel García Pérez, profesor de la Facultad de Teología de San Dámaso (Madrid), no solo estudia las huellas semíticas presentes en los textos evangélicos; además, trata de descubrir las expresiones arameas de que proceden. Su último libro, La pasión de Cristo. Una lectura original (Encuentro), examina con esa perspectiva los relatos en torno a la muerte y resurrección de Jesús.

Indagar el sustrato arameo de los Evangelios facilita ver la proximidad que tienen con los hechos que narran y con los primeros creyentes. El Prof. García Pérez, autor de obras como Los orígenes históricos del cristianismo, no es el primer investigador en este campo. Tiene predecesores ya en el siglo XVII, por ejemplo, Juan de Alba, nos dice; pero “el estudio del trasfondo semítico de los Evangelios tuvo un desarrollo muy grande desde inicios del siglo XX, y con un debate muy vivo; entre otros estudiosos que han abordado esta cuestión podemos mencionar a C.C. Torrey, G. Dalman, M. Black, J. Carmignac, etc.”. Hoy se sigue practicando esta disciplina, aunque no sale “en primera plana de los periódicos o revistas”.

Pero el tema tiene interés suficiente para darlo a conocer al público. La nueva obra del Prof. García Pérez brinda una ocasión.

—¿Es posible detectar de alguna manera el sustrato arameo bajo el texto griego de los Evangelios, escritos años después de los hechos que narran?

— En principio, que Jesús y los primeros discípulos se expresaban en arameo, eso es claro porque era la lengua hablada en su época. De hecho, hay huellas en los textos evangélicos, no solo de palabras y expresiones, sino también de formulaciones, de ritmos, etc. Es más, en los Evangelios tenemos algunos términos y expresiones arameas.

“En los textos evangélicos hay huellas, no solo de palabras y expresiones, sino también de formulaciones, de ritmos, etc.”

Así, la tradición evangélica se fija en arameo. Entre otras cosas, porque la tradición evangélica es también la enseñanza que Jesús da a sus discípulos; una enseñanza que en el mundo judío es una tradición fija, que se transmite de maestros a discípulos. La tradición oral de la enseñanza de Jesús a sus discípulos no consistía en cuatro ideas o sugerencias que ellos desarrollaban como querían; era una tradición fija, como se puede constatar en lo que ha sucedido con la literatura rabínica. Después del año 70, toda esa tradición oral judía, como consecuencia de los desastres de la guerra judía contra el poder romano, se pone en peligro para la continuidad de la transmisión oral y se decide comenzar a fijarla por escrito.

En el caso de los Evangelios, ¿cuándo ocurre esa fijación por escrito? No lo sabemos a ciencia cierta, pero es claro que ya en Jerusalén hay comunidad cristiana de lengua griega y, por lo tanto, hay que transmitirle la predicación apostólica en griego, al mismo tiempo que a la comunidad judío-palestinense. De la existencia de esta comunidad cristiana de lengua griega tenemos datos en los Hechos de los Apóstoles, lo que nos lleva a afirmar que el paso de la lengua semítica a la lengua griega empezó ya en Palestina.

Fuentes semitas

Entonces, ¿se puede suponer que existían unos primitivos textos arameos que manejaron los evangelistas?

— Un dato en este sentido lo tenemos en el prólogo del Evangelio de Lucas. Allí dice Lucas que, antes de que él escribiera su Evangelio, otros muchos ya habían escrito. Luego, los estudiosos han identificado distintas fuentes. Una, que es muy clara, común a Mateo y Lucas, es la llamada fuente Q, o la fuente de los dichos de Jesús.

¿Ha habido otros escritos? Sí. ¿Cuándo se han generado y quién los ha generado? De eso, por desgracia, no nos han llegado más datos. Pero antes de los Evangelios hubo otros textos: en el caso de Lucas, porque lo afirma con claridad; en el de Mateo, también, porque depende de fuentes. Marcos es, según los estudiosos, el único que parece no depender de unas fuentes tan fácilmente identificables como los otros dos sinópticos. Pero probablemente también tuvo acceso a una tradición que le llegó de distintas maneras. Se suele decir que es el evangelio petrino por excelencia, porque recoge más la tradición oral evangélica que transmitía san Pedro.

Como Ud. menciona en su libro, algunos especialistas sostienen que los Evangelios son creaciones helenísticas muy posteriores, y por eso ponen en duda la fiabilidad histórica de los relatos. ¿Tal vez el trasfondo semítico revela otra cosa?

—La escuela que principalmente propuso, hace ya muchos años, esa teoría sobre la redacción de los Evangelios, era la historia de las formas, sostenida fundamentalmente por exegetas alemanes. En ese contexto –estamos hablando del siglo XX–, surge más tarde la escuela escandinava, que sobre todo identifica un punto que es muy importante, y es que la tradición evangélica nace y se fija en un ámbito judío con características judías, y no, por supuesto, en una comunidad creativa como decía la historia de las formas, sino por parte de tradentes y responsables de esa tradición, como es normal en el pueblo judío. Por otra parte, el mismo Lucas lo dice, porque él se apoya en los que fueron testigos y servidores de la palabra: o sea, aquellos que tienen una autoridad de transmisión de toda la tradición evangélica. El contexto en el cual se escriben los Evangelios, y las fuentes de las que dependen, son claramente judío-palestinenses.

En cuanto a las fechas, durante el siglo XX se ha dicho –aunque ahora se matiza bastante–, y algunos manuales siguen diciéndolo, que los Evangelios fueron escritos después del año 70, sobre todo –aunque no solo– apoyándose en el famoso discurso escatológico apocalíptico que contienen los tres Evangelios sinópticos y que habla de la destrucción de Jerusalén. Por eso, no pocos estudiosos han considerado que los evangelistas pusieron ese discurso en boca de Jesús porque ya había ocurrido el hecho desastroso del año 70. Si es una profecía post eventum, evidentemente estamos después del año 70. Como el evangelio de Juan siempre se ha considerado que es el último (hay algunos autores que opinan que no necesariamente es el último), entonces la redacción va del año 70 a finales de la década de los 90.

A mi modo de ver, todos los Evangelios han sido escritos antes: todos, hasta el de Juan, porque el mismo Juan no hace ninguna referencia a la destrucción de Jerusalén, ni en su evangelio se perciben en absoluto huellas de aquel hecho. Y tampoco en los tres sinópticos los modos de expresión suponen que ya se había producido la destrucción de Jerusalén por el ejército romano. Reflejan formas de atacar y destruir al enemigo en el mundo oriental, que vemos en otros relatos, también en el Antiguo Testamento. Probablemente, las imágenes que Cristo usa para aludir a la destrucción de Jerusalén son las típicas acciones bélicas que se han dado en el mundo oriental.

De la traducción al original

¿Cómo se puede llegar a descubrir una expresión aramea original a partir de las huellas que ha dejado en el texto griego?

— El griego de la versión llamada Septuaginta, o de los Setenta, el griego del Antiguo Testamento, es evidente que traduce unos libros escritos en lenguas semíticas, sobre todo en hebreo. Es muy interesante, porque en ese griego se detecta clarísimamente la influencia, en muchos modos y formas, de las lenguas semíticas originales.

“La tradición evangélica nace y se fija en un ámbito judío con características judías”

En el Nuevo Testamento podemos percibir fenómenos semejantes. La única diferencia es que no tenemos esos textos originales. Por lo tanto, hay que reconstruirlos o imaginarlos, o formular hipótesis sobre por qué este griego está escrito de esta manera o por qué tiene esta forma tan oscura, o por qué hay estas diferencias entre unos y otros textos. Pero son hipótesis de un texto arameo reconstruido que permite diferentes traducciones según qué lectura se haga. No olvidemos que la escritura de las lenguas semíticas –el arameo, el hebreo– es consonántica, no hay vocales; aparte de que se escribían sin las precisiones con que escribimos nosotros los occidentales: con puntos, con las palabras bien separadas… eso en la antigüedad no existe. Por tanto, permiten distintas lecturas, fenómeno que se detecta también en la traducción de los Setenta.

¿Qué aporta en especial la investigación del sustrato semítico a la comprensión de los Evangelios?

— En primer lugar, el recurso que se hace al sustrato semítico es para aclarar expresiones o formulaciones oscuras o paradójicas que hay en el texto griego de los Evangelios, que no siempre es un texto muy claro. Los estudios del sustrato arameo aportan luz para solucionar a veces expresiones oscuras, contradictorias o perplejas.

Un ejemplo: ¿por qué Jesús, cuando resucita a la hija de Jairo, manda que no lo digan a nadie? (cf. Mc 5, 43). No tiene ningún sentido. Abajo están las plañideras, la casa está llena de gente, todo el mundo sabe que ha muerto y que el cadáver está arriba. Resucitada la niña, no va a estar encerrada en la habitación: en cuanto le den de comer –y eso también dice Jesús–, bajará y la verán todos. ¿Qué sentido tiene que Jesús ordene que no lo digan a nadie? Está puesto así en griego. Este pasaje y otros semejantes, desde el sustrato semítico se aclaran: da una luz, una interpretación razonable de lo que ahí se quiere decir. Es verdad que es hipotética, porque no tenemos el texto; pero la validez de estos estudios, a mi modo de ver, se manifiesta en la media en que iluminan o resuelven dificultades que tenemos en el texto griego.

Pero no nos deje con la curiosidad insatisfecha. ¿Qué diría el original arameo de ese pasaje?

— Es una afirmación donde Jesús dice que el Hijo del hombre no sea agradecido por lo que ha hecho, sino Dios. O sea, viene a decirles que den gloria al Señor. Es Dios Padre quien ha hecho posible esta resurrección. No es un mandato de silencio.

En su reciente libro, propone soluciones a textos oscuros, o a divergencias entre los evangelistas, en los relatos de la pasión de Cristo, recurriendo al sustrato arameo. ¿Podría mencionar algún caso?

— Por ejemplo, un tema que ha sido muy debatido es el famoso privilegio pascual, el derecho que tenía el pueblo judío cada Pascua de que le liberaran el preso que pidiera. No tenemos ningún testimonio en las fuentes judías o paganas. Que no lo haya en las paganas, pase; pero que tampoco aparezca en las judías es muy sorprendente. Los únicos que hablan de este privilegio pascual son los evangelios, en el texto griego. Lucas no dice nada, pero Mateo, Marcos y Juan lo afirman.

“El recurso al sustrato semítico es para aclarar expresiones o formulaciones oscuras o paradójicas que hay en el texto griego de los Evangelios”

Desde la lectura semítica se ve con claridad que no se alude a una costumbre, sino a un hecho concreto, y Marcos, cuando menciona una costumbre, se refiere a la que tenía el pueblo de presentar al prefecto o gobernador ciertas peticiones o exigencias. El pueblo se reunía en el pretorio y gritaba exigiendo que se les concediese tal o cual cosa. Y de eso sí tenemos muchos ejemplos en las Antigüedades judías de Flavio Josefo. En el libro muestro que, desde el sustrato semítico, tal costumbre de liberar un preso cada Pascua tampoco existe. 


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