La alargada sombra del monoteísmo

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En su último ensayo, John Gray diferencia el ateísmo que todavía no se atreve a renunciar completamente a Dios y hereda la necesidad de encontrar sentido, de la auténtica actitud atea, radicalmente nihilista.

El pensador británico, que esboza en Siete tipos de ateísmo (Sexto Piso, 2019) una personal historia del rechazo de Dios, cree que es necesario enfrentarse con atrevimiento a las consecuencias que implica la negación de la trascendencia. Y esto es precisamente lo que eluden hacer todos aquellos planteamientos que renuncian a la fe, pero ponen en lugar de ella sucedáneos para satisfacer los anhelos del hombre.

Ya se trate de la ciencia, la humanidad o la política, denuncia el trasvase de la pasión religiosa a movimientos seculares, especialmente en la época moderna. También se refiere a Sade y a otros que muestran un odio visceral por lo divino. El Dios del monoteísmo, explica, no ha muerto, sino que se ha transformado en diversos tótems. Ahora bien, en lugar de interpretar esto como un atisbo de la naturaleza religiosa del hombre, lo entiende como una muestra de la fragilidad de la especie humana, necesitada de alivios.

Si hay algo que se puede concluir de la lectura de su obra es la hostilidad que muestra hacia un credo en concreto, el cristiano

Siete tipos de ateísmo repite muchas de las ideas y sugerencias que aparecen en otras de sus obras, e insiste en examinar las raíces históricas de todas esas religiones seculares, interpretándolas como desviaciones gnósticas o proyectos mesiánicos.

Entre la religión transhumanista y la geopolítica

En su elenco de ateísmos espurios, analiza el caso del transhumanismo, que concibe como una importante variante de la fe contemporánea en la ciencia y vinculado al proyecto moderno de deificación del hombre. Frente a lo que se piensa, la moda transhumanista no suscribe el materialismo, sino un planteamiento idealista.

En efecto, quienes apuestan por un futuro transhumano establecen una diferencia radical entre materia y conciencia. Apuntan que esta última puede dominar y diseñar a su antojo la naturaleza humana. “En el fondo, el movimiento transhumanista es una variante moderna del sueño de trascender la contingencia que tanto cautivó a místicos de épocas antiguas”, agrega.

Pero también analiza cómo el virus del fervor religioso ha penetrado en el ámbito geopolítico, en el que hay una lucha entre EE.UU., en declive, y otros actores –Rusia, China–, que plantean en clave de misión su protagonismo internacional. Augura, de ese modo, conflictos que pueden adquirir tintes apocalípticos y una futura contienda entre los prosélitos del bien y los del mal.

Lo que tienen en común estos ateísmos que enumera el ensayo es su promesa de redención. Se trata, a fin de cuentas, de movimientos que comparten con el monoteísmo, y especialmente con el cristianismo, un mismo aire de familia. Así, por ejemplo, en ellos el hombre aparece como un ser libre.

Y, aunque en ellos Dios haya desaparecido, apuestan por un conjunto de valores y aceptan, como la religión, que la existencia humana tiene un sentido. Esta es la razón por la que, también como la fe religiosa, estas creencias seculares pueden ser causa de la violencia doctrinaria y amenazar nuestra coexistencia pacífica, según Gray.

Animadversión cristiana

Pero si hay algo que se puede concluir de la lectura de su obra es la hostilidad que muestra hacia un credo en concreto, el cristiano. No es solo que deplore el cristianismo o minimice su contribución a la historia de la cultura, sino que descubre su estigma en todas las catástrofes que ha sufrido el hombre.

Un mundo sin Dios no es un mundo en el que desaparece el problema del mal, como sugiere Gray, sino un mundo en el que está ausente el bien

Gray, que se muestra a favor de un ateísmo adulto y rechaza todo consuelo existencial, es un acérrimo defensor de la ciencia, de los “hechos”. Por eso resulta paradójico que muchas de sus críticas al cristianismo se basen en afirmaciones gratuitas, como cuando sostiene que el cristianismo provocó la destrucción de la civilización clásica, olvidándose de que ayudó a conservarla. Más burdo es que suscriba esa manida idea según la cual el cristianismo es un invento de San Pablo o que nos enseñe lo que realmente “quiso decir Jesús”, obviando la historia de la exégesis cristiana.

Por otro lado, es poco serio realizar afirmaciones tan generales y tópicas como la que vincula creencia religiosa y violencia. Pero hay que reconocer que, con independencia de esos detalles de ateísmo “frívolo”, comprende en profundidad el “escándalo” que supone la fe cristiana. El problema estriba en que el mensaje de Cristo no se puede reducir a una mera enseñanza moral; a diferencia de las religiones míticas, tiene una irrenunciable pretensión de verdad. Y es eso precisamente lo que lo convierte en un fenómeno tan excepcional, tan provocador y tan incomprensible para una inteligencia materialista como la del británico.

En cualquier caso, para este autor, el cristianismo hizo lo que el paganismo no podía lograr: otorgar significado al dolor y al sufrimiento. De hecho, consiguió algo mucho más profundo. Porque un mundo sin Dios no es un mundo en el que desaparece el problema del mal, como sugiere Gray, sino un mundo en el que está ausente el bien. ¿Se hubiera visto uno de sus maestros, Epicuro, tan preocupado por curarnos de nuestros temores si hubiera tenido noticia de un Dios que crea por amor y por amor redime a los hombres?


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