La exdirectora del “New York Times” habla de la importancia de narrar para informar

Jill Abramson cree en el periodismo de formato largo

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Aunque para muchos Jill Abramson (Nueva York, 1954) pasará a la historia como la primera mujer que dirigió el New York Times al conseguir “el trabajo de mis sueños”, como ella misma lo definió, quizá sería más acertado considerar que eso fue un lapso de tres años en una larga trayectoria profesional, en la que ha destacado la constancia en su compromiso con la verdad; la persistencia por mostrar lo que interesa a los lectores y un alto sentido del periodismo como servicio público. El 12 de febrero estará en Madrid, para hablar de la importancia de la narrativa en el encuentro anual de periodistas Conversaciones con...

“Hay futuro para la narrativa de formato largo, para nuevas audiencias a las que se llega a través tabletas y smartphones”

Cuando en septiembre de 2011 ocupó su puesto al frente de una redacción compuesta ya en un 40% por mujeres, lo primero que hizo fue adquirir un iPad, una tableta en la que seguir la transición tecnológica del diario a la que iba a sumar sus esfuerzos. “En la era digital no basta producir el mejor periodismo del mundo; con levantar una historia, ya sea una exclusiva impresa o un reportaje o vídeo para la web no se acaba el trabajo”, decía en una de sus cartas a la redacción; “publicar hoy supone asumir el impacto del periodismo de calidad en nuestra página web, aplicaciones y otras plataformas”.

Embarcarse en una carrera “para que el New York Times siguiera liderando en excelencia e innovación en la nueva frontera del periodismo digital”, como le pedía el presidente de su compañía, no era una carga para esta “veterana con heridas de guerra”, como se definía a sí misma en una larga entrevista a The Guardian en 2011. Al emprender su lucha por captar nuevas audiencias on line (en el momento de su designación su marca ya contaba con 46 millones de usuarios únicos al mes), Abramson no olvidaba que la clave del prestigio del Times –la profundidad de su información– había que presentarla ahora envuelta en nuevas formas narrativas.

Fruto de su optimismo y del trabajo de una redacción “increíblemente inventiva para descubrir nuevas pistas”, como suele recordar con agradecimiento, durante su mandato (2011-14) se consiguieron ocho premios Pulitzer. Uno de ellos, Snow Fall, es uno de los trabajos paradigmáticos de la integración multimedia, firmado por John Branch, en el que se recoge la trágica experiencia de unos esquiadores tras una avalancha. Otros reportajes también han tenido resonancia global como los que destaparon irregularidades en la industria textil en Bangladesh, enfocaron el estilo laboral en Apple o descubrieron una dinastía de nuevos ricos en China.

Relatos sin ficción

La importancia de la narrativa ha sido siempre un desafío para Jill Abramson, que durante años ha compaginado su labor periodística con clases y seminarios en diferentes universidades. La periodista norteamericana está convencida de que “hay futuro para la narrativa de formato largo, para nuevas audiencias a las que se llega a través tabletas y smartphones”, como aseguraba en una sesión en Boston University. Así se refería a un tipo de periodismo que, sin ser ficción, se presenta como un relato atractivo, riguroso, en la que hay que invertir tiempo, llegar a las fuentes y conocer todos los detalles. “El periodismo de formato largo no solo está vivo, sino que ahora mismo está bailando al son de una música nueva”, afirmaba con entusiasmo.

Ella misma mantuvo esa ilusión y compromiso con la verdad a lo largo de su carrera profesional, primero en la revista Time, más tarde en The Wall Street Journal y estos últimos 17 años en The New York Times. Su exigencia por la calidad le llevó desde el primer momento –cuando cubría por primera vez unas elecciones en 1978– a ser testigo de los hechos y a no conformarse hasta hablar con los protagonistas. Un requisito de investigación documentada, profunda y contundente que impuso sin discusión a su alrededor allá donde iba.

En la nueva etapa que Jill Abramson comenzó en mayo de 2014, lejos ya del New York Times, volcará su interés en un proyecto en el que se ha embarcado con Steven Brill, fundador de CourtTV: una revista on line de colaboraciones largas, a medio camino entre el gran reportaje y el libro, por el que cada firma percibirá altas cifras, en torno a 100.000 dólares. De momento han presentado el proyecto a varios inversores que parecen interesados en un producto que primará la calidad frente a la cantidad.

Pero quizá lo que mejor expresa su constate ilusión por la calidad de la comunicación es su vuelta a las aulas. Desde otoño imparte un seminario de Periodismo en Harvard, la universidad en la que se graduó en 1976 en Historia y Literatura, y ha recorrido algunos otros foros periodísticos con una cruzada particular a favor de la libertad de expresión y en defensa de las filtraciones.


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