La otra globalización: el comercio ilegal y las organizaciones criminales

Ilícito sin fronteras

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La misma globalización que ha abierto las fronteras a los intercambios comerciales y culturales las ha hecho más porosas para las mafias. El tráfico de drogas, de personas o de armas son las principales especialidades de unas multinacionales del crimen que mueven cantidades enormes de dinero negro. Moisés Naím, director de la revista Foreign Policy, analiza el fenómeno en su libro Ilícito (1).

Durante los noventa, dice Naím, “los contrabandistas se hicieron más internacionales, más ricos y políticamente más influyentes que nunca. La delincuencia global no sólo ha experimentado un espectacular aumento de volumen, sino que, debido a su capacidad para amasar colosales beneficios, se ha convertido además en una poderosa fuerza política”.

Moisés Naím, desde su atalaya en Foreign Policy y tras numerosas conversaciones con personalidades, funcionarios dedicados a la lucha contra el comercio ilegal y politólogos, ofrece un panorama fascinante y ciertamente temible de esas fuerzas, de los factores que las mueven, del futuro que nos espera y de la lucha contra ellas, en la que por ahora los estados y organismos internacionales llevan las de perder. Hoy por hoy, el mundo globalizado es el paraíso del traficante.

Naím explica de diferentes maneras lo importante que es para luchar contra él entender la organización de este flujo de comercio ilegal, que va desde el tráfico humano destinado a la explotación o el contrabando de emigrantes, a la piratería de productos farmacéuticos o culturales, y pasando por la venta de armas, la poderosa droga o el blanqueo de dinero. Y para ello, hay que saber que, en muchos casos, los diferentes tipos de comercio ilícito están conectados. “La falsificación se superpone a otras clases de comercio ilícito, al crimen organizado y a las redes terroristas. Un vínculo natural, dadas las semejanzas del producto y el formato, es el que se da entre el comercio con medicamentos falsos y el tráfico de drogas, que han compartido ruta en muchas ocasiones. Asimismo existen indicios de que el crimen organizado ha entrado en determinadas ramas del comercio de falsificaciones, como es el caso de bandas rusas y asiáticas en el de los CD y DVD piratas”.

La droga sigue reinando

A pesar de que desde 1990 a 2001 las incautaciones declaradas de drogas se multiplicaron por cuatro, el negocio de la droga sigue creciendo. Tras la muerte del famoso narcotraficante Pablo Escobar en 1993 y la caída del cártel de Cali, Colombia continuó siendo la principal proveedora de cocaína, pero el control de la producción pasó en buena medida a manos de los movimientos paramilitares. La parte del negocio con mayor valor añadido, el transporte a Estados Unidos, principal consumidor, pasó a México.

A mediados de los noventa los distribuidores a gran escala que más preocupaban eran mexicanos. Mientras los antiguos cárteles se dedicaban exclusivamente a un solo producto, las nuevas organizaciones gestionan el lugar de paso, a través de la amenaza criminal y el soborno a funcionarios, y establecen alianzas con las guerrillas pero también con delincuentes rusos, ucranianos y chinos para distribuir las nuevas sustancias en expansión, heroína o anfetaminas, junto con las tradicionales cocaína y marihuana. Además, esta cooperación incluye ya tráfico humano. La captura de los dirigentes de estos grupos no son más que efímeros contratiempos para un negocio descentralizado y bien protegido tras fachadas legales. Son empresas más que bandas, que a su vez hacen prosperar a otros comerciantes más pequeños, “subcontratados”.

El uso de las nuevas tecnologías favorece la agilidad de un traficante escurridizo que antes de ser capturado ya sabe que la mercancía ha sido interceptada. Especialmente, la revolución financiera ha beneficiado a este negocio, que blanquea y mueve dinero con facilidad a través del comercio y la banca electrónicos, los servicios de giros y transferencias, correos humanos, cuentas bancarias en paraísos fiscales...

La lucha contra la droga se centra actualmente en frenar la oferta, no la demanda. Naím critica ese enfoque, ya que los beneficios sobrepasan con mucho a los riesgos y hacen muy atractivo dedicarse a este negocio. Se unen además las trabas y condicionantes políticos, a veces casi insalvables.

La esclavitud moderna

Según la ONU, el “comercio con seres humanos” -entre tráfico y contrabando- afecta cada año a cuatro millones de personas y mueve entre 7.000 y 10.000 millones de dólares. Pero los datos reales seguramente sean mayores, puesto que el contrabando de seres humanos desde China representa entre 1.000 y 3.000 millones de dólares anuales, mientras que el FBI afirma que el paso de emigrantes mexicanos reporta a las redes entre 6.000 y 9.000 millones anuales.

El contrabando humano es aquel en que el emigrante paga al contrabandista por el viaje; en el caso del tráfico, el traficante engaña o coacciona al emigrante y vende su trabajo a un tercero. Sin embargo, la distinción es difusa, puesto que en ocasiones el pago al contrabandista supone deudas que acaban siendo saldadas con trabajo casi forzado en condiciones de explotación.

En 2004, se contaron en todo el mundo 175 millones de emigrantes documentados (3% de la humanidad); el de indocumentados seguramente alcance la mitad de ese número. Mayor es el de emigrantes internos, generalmente hacia zonas industrializadas (150 millones sólo en China). 20 millones de refugiados y desplazados se suman a estas grandes cifras.

En el tráfico humano, a juicio de Naím “la más sórdida de las formas en que se desplaza la mano de obra en la nueva economía global”, la dimensión más notoria es el comercio sexual. Tras la caída de la URSS, decenas de miles de mujeres y niñas han sido “exportadas” desde Rusia, Ucrania, Moldavia y Rumanía para ser explotadas sexualmente en ciudades de Europa occidental y Japón. En Londres, los traficantes de seres humanos controlaban a finales de los noventa el 80% de la prostitución callejera de los barrios de mala fama. Las rutas de esclavitud sexual son numerosas: Myanmar, China, Camboya, Tailandia, Rusia, Emiratos del Golfo, Filipinas, Colombia, Japón...

Mujeres explotadas

La historia de las mujeres traídas del Este de Europa es particularmente indignante. Sus reclutadores, que cobran hasta 500 dólares por cada una, les prometen trabajo como modelos, secretarias o dependientas; empleos que nunca llegarán. En ocasiones, son simplemente raptadas. Para cruzar las fronteras cuentan con funcionarios corruptos y utilizan pisos francos en ciudades como Budapest o Sarajevo, donde reciben su “instrucción”, a base de drogas, palizas y repetidas violaciones. El destino es una ciudad de Europa occidental, donde probablemente la mujer pase uno o más años como esclava sexual, sometida a un trato degradante, hasta que su cuerpo queda maltrecho o el traficante decide que ya ha pagado su “deuda”, una suma que él mismo ha inventado y modificado de manera arbitraria.

Estas esclavas sexuales son numerosas en capitales de Europa occidental. También en Japón, donde las chicas suelen proceder de Brasil, Venezuela y Colombia. O de Tailandia, donde algunas de las adolescentes camboyanas que se ofrecen en los burdeles han sido vendidas como esclavas por sus propios padres, desesperadamente pobres.

Sin embargo, centrarse especialmente en las redes de prostitución no debería oscurecer otras formas del tráfico de seres humanos, como el cautiverio basado en supuestas deudas, y los demás fenómenos relacionados en el trabajo de índole no sexual realizado en fábricas y talleres. El mercado mundial de mano de obra barata sigue superando incluso al de sexo barato.

Nuevos piratas

Para Naím, la batalla entre las empresas propietarias de marcas y los falsificadores “constituye uno de los grandes conflictos económicos de nuestra época”. El cálculo de los ingresos anuales que pierden las empresas estadounidenses debido a las falsificaciones oscila entre 200.000 y 250.000 millones de dólares. Las copias ilegales también suponen cargas para los gobiernos, tanto en dotación de medios para perseguirlas como en impuestos que se dejan de recaudar. El coste de la falsificación es entre el 5% y el 10% del valor total del comercio mundial. Y sigue creciendo. Según la Interpol, el tráfico ha aumentado a un ritmo ocho veces mayor que el del comercio legal.

“La industria discográfica calcula que cada año pierde 4.500 millones de dólares a causa de las copias ilegales” de CDs o de canciones obtenidas por medio de Internet. En el caso de las películas, las descargas ilícitas son lo de menos: “El dinero de verdad sigue estando en los DVD piratas producidos en 'videofactorías' asiáticas, que se venden en todo el mundo y hacen que el comercio legítimo deje de ingresar 3.000 millones de dólares”.

También se hacen copias piratas de medicamentos, cosa que va en perjuicio no solo de los fabricantes legítimos, sino de la salud de los compradores. En varios países del sureste asiático se han extendido especialmente las falsificaciones de fármacos contra la malaria. La OMS calcula que el 8% de los medicamentos que se expenden en el mundo son falsos, por un valor de 32.000 millones de dólares.

El negocio de las guerras

En octubre de 2003 fue detenido A.Q. Khan. Considerado héroe popular en Pakistán por ser el arquitecto del programa nacional de armamento nuclear, era además un empresario dedicado al comercio ilegal de bienes de equipo y conocimientos técnicos nucleares, entre cuyos clientes se encontraban Irán, Libia o Corea del Norte, y cuya red incluía empresas y personas de Europa y Asia.

Victor Bout es un mercader de la muerte que comenzó creando su negocio de transporte con aviones de segunda mano procedentes de la extinta URSS. Ha suministrado armas y municiones a contendientes en las guerras que asuelan África y sus aviones han sacado “diamantes de sangre” de zonas en guerra. Perseguido por la Interpol, protegido por Moscú, en 2004 logró estar al mismo tiempo en la lista negra de EE.UU. y tener permiso para abastecer gratuitamente sus aviones en sus reservas militares a causa de las enormes necesidades de transporte derivadas de la guerra de Irak.

Son dos ejemplos de los nuevos empresarios del transporte y la venta ilegal de armas, pero ésta se lleva a cabo -precisa Naím- sobre todo a través de “una constelación de pequeños productores e intermediarios”. “El nuevo mercado armamentístico sigue teniendo sus centros, pero no en la forma que la mayoría de la gente esperaría. Los estados no cometen delitos; son los delincuentes los que los cometen, tras apoderarse de estados, o incluso crearlos”, como la República Moldava del Transdniéster, una región disidente de Moldavia. Allí rige una especie de dictadura, que es como “una empresa de contrabando criminal de propiedad y gestión familiar”. Lo mismo sucede con islas del Pacífico o zonas de guerra.

Repasando el panorama del comercio ilegal sería engañoso pensar que cada modalidad tiene sus propias motivaciones. Al final, el dinero es el único valor que mueve los negocios ilícitos, y la dedicación a un tipo u otro viene marcado por las coyunturas. Así, existe tráfico ilegal de órganos humanos, de arte robado, de especies protegidas, alimentos, madera, marfil, e incluso basura, residuos tóxicos, y clorofluorocarbonos (CFC, por un volumen de 30.000 toneladas y de 300 a 450 millones de dólares anuales). Las organizaciones criminales traficarán con cualquier cosa en la que huelan beneficios.

Propuestas contra el comercio ilícito

Después de presentar un panorama en muchos aspectos desolador, pero siempre realista, Moisés Naím ofrece una serie de vías en las que luchar para atacar la lacra del comercio ilícito.

Es preciso, dice, potenciar, desarrollar y usar mejor la tecnología. Naím ofrece un repaso por algunos de las técnicas que se están usando y se pueden mejorar para favorecer el control del comercio. En el otro lado de la balanza, los lógicos recelos del ciudadano, que no siempre está dispuesto a renunciar a la intimidad en beneficio de la seguridad (ver Aceprensa 127/06), al menos cuando ésta viene promovida por los gobiernos.

Naím propone también “desfragmentar” las administraciones. Se trata de lidiar con los enormes costes y la falta de flexibilidad de una burocracia centralizada. Los organismos más pequeños tienden a ser los más eficaces. Lo cual no excluye la necesaria existencia de una organización gubernamental unificada, con amplio radio de acción y capacidad para coordinar diferentes organismos.

La lucha contra los negocios ilegales debería dirigirse a objetivos más realistas, guiándose por los principios de la reducción del valor y del daño. La reducción del valor significa partir del hecho de que el comercio ilícito será mayor en la medida en que sea mayor el valor que obtengan los que se benefician de él. Reducir el daño significa conocer el perjuicio social de una actividad ilícita y comparar las diversas formas de combatirla con el grado en que reducen dicho prejuicio. Para Naím, “pensar en el comercio ilícito en términos de daño representa una alternativa productiva al discurso de la reprobación moral o el encarcelamiento por delitos menores”.

Por tanto, la liberalización, la despenalización y la legalización de actividades ilícitas son para Naím “opciones políticas a considerar una vez verificado que reducen el valor para los traficantes y a la vez el daño para la sociedad”. Naím pone como ejemplo Portugal, donde el consumo de drogas es ilegal, pero poseer menos de diez dosis no supone detenciones ni cargos, sino la obligación de presentarse ante un organismo que puede exigir tratamiento al adicto. Suecia ofrece otra muestra de enfoque flexible: allí, para combatir la prostitución, se castiga solo a los clientes, por considerar que eso es más eficaz para frenar la demanda. En todo caso, se trata de dispensar a los gobiernos de perseguir ciertas actividades para que puedan dedicarse a otros frentes más urgentes y necesarios. Ahora bien, cuando se adopta una política de despenalización, hay que estar dispuesto a rectificarla si resulta que no tiene los efectos pretendidos.

Y como el problema es mundial, se requieren soluciones mundiales. La cooperación internacional adquiere un carácter imperativo, aunque es necesario ser realistas. “Los planteamientos escalonados y basados en la confianza producen resultados más efectivos y convincentes que si se parte de un ambicioso tratado global del que la mayoría de los países acaba desertando”. Un ejemplo válido es el Grupo de Acción Financiera (GAFI), en el seno del G-8. Sin embargo, para lograrlo es necesario aceptar el concepto de soberanía compartida.

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(1) Moisés Naím. Ilícito. Cómo traficantes, contrabandistas y piratas están cambiando el mundo. Debate. Barcelona (2006). 421 págs. 19 €. T.o.: Illicit: How Smugglers, Traffickers, and Copycats are Hijacking the Global Economy. Traducción: Francisco Ramos.


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