Frederik de Klerk: “Sentí un gran alivio cuando capturaron a Mandela”

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El expresidente sudafricano Frederik de Klerk no llegó a ser amigo íntimo de Nelson Mandela. A ambos les bastaba con confesarse, sencillamente, amigos, tal vez porque no podía esperarse mucho más de quienes habían sido, uno, el carcelero, y otro, el encarcelado.

Al ganar las elecciones de 1994, Mandela ofreció a De Klerk una de las vicepresidencias

El mandatario que terminó echando el cerrojo a la Sudáfrica del apartheid tenía las llaves de la prisión del luchador negro, y las giró hacia la izquierda el 11 de febrero de 1990. Pero su decisión de liberar a Mandela chocó no solo contra la voluntad de muchos afrikáners –la minoría blanca–, sino con la del propio prisionero: avisado de que sería liberado el 2 de febrero, Mandela se opuso y pidió una prórroga de varios días para que el Congreso Nacional Africano (CNA) se preparara para el evento. Además, De Klerk deseaba que la puesta en libertad se produjera en el aeropuerto de Johannesburgo, pero el recluso quería salir a pie del penal de Victor Verster. Como finalmente ocurrió.

Generosidad. Y astucia

Los desencuentros entre ambas figuras fueron muchos. Les tocaba poner el clavo final en el ataúd del apartheid y evitar que ello derivara en una guerra civil, pero no todos los sucesos acompañaban a la buena voluntad. Hubo miles de víctimas de la violencia en esa época –tanto por enfrentamientos entre miembros del CNA y grupos de etnia zulú, como por la represión policial–, y mientras Mandela acusaba a De Klerk de que los cuerpos de seguridad fomentaban la discordia entre los movimientos negros, este le replicaba que exigiera responsabilidades al CNA, pues algunos de sus militantes eran la mano ejecutora de las matanzas.

Tras ser galardonados ambos con el Nobel en 1993, las primeras elecciones democráticas los vieron enfrentarse por la presidencia en 1994. Mandela, que como era previsible se hizo con el puesto, en un gesto de generosidad –y también para atar en corto a su rival– le ofreció una de las vicepresidencias a De Klerk, que la ejerció hasta 1996.

Fue la salida de ambos de la vida política lo que finalmente aquietó la relación. “No éramos amigos tan cercanos como para vernos una vez a la semana –decía De Klerk en una entrevista con CNN en 2012–, pero sí ha sido mi huésped en casa, y yo huésped en la suya. Cuando vaya a Johannesburgo, mi esposa y yo iremos a tomar el té con él y con Graça [Machel], su esposa. No hay animosidad entre nosotros”.

Un aristócrata con una disciplina de acero

Cuando este 18 de julio se cumplen 100 años del nacimiento de Mandela y algunas miradas se dirigen a quienes lo conocieron y trataron, De Klerk puede ser una voz interesante. Aceprensa le hizo llegar algunas preguntas por medio de Brenda Steyn, su secretaria personal, y el último presidente de la Sudáfrica segregacionista tuvo la gentileza de contestarnos:

¿Cuando escuchó Ud. hablar de Mandela por primera vez? ¿Cuál era su opinión sobre él en aquel entonces?

— Supe de Mandela a inicios de los años 60, cuando era visto como un peligroso revolucionario. Mandela había desempeñado un papel de liderazgo al llamar al CNA a la lucha armada. Fue entonces cuando salió a la luz que era miembro del Comité Central del Partido Comunista Sudafricano.

“Bajo cualquier circunstancia, es muy difícil para un nuevo presidente sentarse junto a su predecesor a la misma mesa”

Así, tal como lo veían entonces la mayoría de los sudafricanos blancos  para mí era un individuo peligroso y radical, y sentí un gran alivio cuando lo capturaron. Desde ese momento, por supuesto, su actitud y la mía evolucionaron dramáticamente. En 1985, tras haber sido uno de los más notables partidarios de la lucha armada, se convirtió en el primer líder sudafricano en aceptar la necesidad de una solución negociada, e inició conversaciones secretas con el presidente Pieter Botha.

¿Qué características de la personalidad de Mandela le impresionaron más cuando llevaron adelante el proceso negociador?

— Mandela tenía un gran encanto, un carisma, y la autoestima de quien ha nacido aristócrata. Poseía además una disciplina de acero y una determinación que había cultivado durante los largos y amargos años de encarcelamiento. Pero sobre todo, tenía un compromiso inconmovible con los objetivos del CNA y con el establecimiento de una Sudáfrica democrática y no racista.

Estas cualidades lo habilitaban para desempeñar un rol indispensable durante las negociaciones para una nueva Constitución. Mandela supo mantener a sus seguidores unidos a través de las numerosas crisis que asolaron al país en aquellos años tumultuosos. Además, cada vez que fue necesario, llegó conmigo a acuerdos sobre asuntos muy delicados.

Fueron esas características suyas las que lo ayudaron a llevar el proceso hasta su punto final, con las elecciones democráticas de 1994 y la adopción de nuestra Carta Magna definitiva en 1996.

A la misma mesa

Ud. ocupó un puesto relevante durante el gobierno de Mandela. ¿Cómo fue su relación durante ese período?

— Mandela no desempeñó un papel ejecutivo durante su presidencia, pues dejó mucho del día a día del gobierno en manos de su vicepresidente Thabo Mbeki. Como uno de los dos vicepresidentes del Gabinete de Unidad Nacional (GNU), también yo dirigí algunos de los comités gubernamentales, y a veces me encontré en la incómoda decisión de tener que mediar en los conflictos entre ministros del CNA.

Sin embargo, el GNU no era una coalición normal, y los partidos que no eran del CNA tenían realmente muy poca autoridad incluso en las carteras de las que eran nominalmente responsables. Al mismo tiempo, el CNA no quería que estuviéramos criticando las políticas gubernamentales con las que no estábamos de acuerdo.

Todo ello desembocó en serios enfrentamientos entre Mandela y yo, quizás también porque, bajo cualquier circunstancia, es muy difícil para un nuevo presidente sentarse junto a su predecesor a la misma mesa.

Sin embargo, en cuanto nos retiramos de la política, nos convertimos en amigos. Una vez que dejamos la escena política, fuimos capaces de hacer reconocimiento público del enorme éxito que habíamos sido capaces de alcanzar juntos: el de mover a Sudáfrica desde el imperio de la minoría blanca hasta la democracia no racial que establecimos en 1994.

 

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