Entrevista con el profesor Raúl Lanzetti

“El Papado no es una cuestión aislada, sino que está en íntima relación con el modo de concebir la unidad de la Iglesia”

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Una vez más Juan Pablo II ha sorprendido. Se decía que el diálogo ecuménico estaba atascado y sin esperanza. Y he aquí que la nueva encíclica, a la vez que reafirma lo esencial, propone buscar formulaciones nuevas, también del ejercicio del Papado. Raúl Lanzetti, profesor de Eclesiología y Teología Ecuménica en el Ateneo Romano de la Santa Cruz, presenta en esta entrevista algunas claves de lectura de la nueva encíclica de Juan Pablo II, Ut unum sint.

Aunque no faltan sugerencias muy concretas, da la impresión de que el Papa con esta encíclica lo que desea es resaltar las razones de fondo del ecumenismo.

— Juan Pablo II no pretende entrar en las cuestiones debatidas sino reconstruir el clima que hace posible el diálogo entre los cristianos. Hace hincapié en el “ecumenismo espiritual” y dice que la comunión entre nosotros está fundada en la unión con Dios. En la medida en que todos nos unamos más a Dios podremos estar más unidos entre nosotros. Por tanto, el Papa subraya la importancia de la oración personal y de la oración comunitaria. Pero una oración que sea a la vez examen de conciencia para ver si realmente, ante Dios, cada una de las Iglesias puede decir que está cumpliendo al pie de la letra el designio de Dios.

¿Cómo se inserta aquí la motivación misionera, el afán por superar el “escándalo de la división”, presente en todo el documento?

— La aspiración a la conversión del mundo es determinante a la hora de entender lo que está debajo del movimiento ecuménico. Es significativo que el ecumenismo haya surgido en los territorios de misión, en la segunda mitad del siglo pasado: creaba un escándalo a los paganos ver que aquellos que se definían por el amor mutuo y la unidad estaban separados entre sí. ¿Cómo se puede creer lo que dicen estas personas, si están divididas? Ahí se tomó conciencia de aquella frase del Señor, recogida en San Juan: “que todos sean uno para que el mundo crea”, que da título a la encíclica.

Esto que resultaba tan claro en los territorios de misión, en Europa no lo era tanto porque la situación se presentaba más cristalizada. Fue en el concilio Vaticano II donde se hizo oficial solemnemente, de manera irreversible, el compromiso ecuménico de la Iglesia católica.

Recuperar la propia identidad
Podría dar la impresión de que la Iglesia católica, lo que dice a las otras comunidades cristianas es “venid donde estamos nosotros”, de modo que el “camino ecuménico” sea sólo en una dirección.

— La Iglesia católica no dice que el punto de llegada deba ser, por decirlo así, el de la realidad sociológica constituida actualmente por el catolicismo. Se trata, antes que nada, de un diálogo de conversión a la Verdad. Y en ese diálogo se percibe, desde luego, que estas Iglesias particulares y Comunidades eclesiales no católicas de alguna manera se han separado de sí mismas al separarse de Roma, porque esa comunión formaba parte de su propia identidad particular. Se trata, por tanto, de restañar una herida interior a ellas mismas.

La Iglesia católica tampoco dice que las Iglesias ortodoxas tienen que ser latinas, sino que tienen que recuperar aquella unidad que poseían en el momento en que estaban en plena comunión con Roma. Es una labor, en cierto sentido, de recuperación del propio pasado, de la propia identidad histórica.

Se llegaría así a una especie de unidad pluralista.

— Más que pluralismo, que sería simple convivencia exterior de sujetos diversos, se suele aplicar a la Iglesia la imagen de una visión sinfónica. La sinfonía está construida gracias a la participación de instrumentos muy diversos, donde cada uno ejecuta partes muy distintas. Sin embargo, con la convergencia de todos se interpreta una obra de arte única. Es un esquema que permite entender cómo la misma diversidad forma parte constitutiva de la unidad: para interpretar esta obra tan grandiosa, que es la Iglesia, se necesita la participación de instrumentos muy diversos.

El Papa dice que el movimiento ecuménico, en cuanto diálogo de conversión, afecta también al interior de la Iglesia católica. ¿En qué sentido?

— La unidad con los demás cristianos tiene que ser algo que afecta a la conciencia de cada uno. En este camino ecuménico, en cierto sentido, también la Iglesia católica cambia: no se trata tanto de proponer algo nuevo, sino redescubrir el sentido de algo antiguo, que quizá se desdibujó por el camino y pudo dar ocasión a separaciones. La exhortación del Papa es: volvamos a entender también nosotros, católicos, nuestro antiguo patrimonio, el del primer milenio en el que estábamos todos unidos, y tendremos también menos problemas para entender lo que dicen los otros.

Si los fieles católicos no fueran sensibles a esta realidad de conversión permanente, podrían tener un día la falsa impresión de que la Iglesia en la que viven tiene poco que ver con la Iglesia en la que nacieron. Digo falsa porque la Iglesia católica se cuida mucho de evolucionar fuera de la continuidad: evoluciona dentro de lo que se llama evolución homogénea del dogma. Hay una serie de aspectos en los que la Iglesia católica se renueva también volviendo a visitar ella misma el pasado, los siglos en los que todas las Iglesias convivían en una sola Iglesia católica.

Por ejemplo, algunos podrían pensar que entender la Iglesia como comunión es algo nuevo. Sin embargo, es una palabra que está en el Credo: la comunión de los santos, que no se refiere solo a la comunicación de méritos para las indulgencias. Quiere decir, sobre todo, comunión en los sacramentos, Iglesia de la unión con Cristo a través de los sacramentos. Si estamos unidos en los méritos, estamos unidos en la gracia, y la gracia viene de los sacramentos. Esto parece novedoso, pero es lo que se dijo desde el principio. Está en el catecismo de San Pío V.

El ejemplo del primer milenio
¿Se enmarca, entonces, en ese contexto de redescubrimiento la afirmación del Papa de que cabe buscar nuevas formas para el ejercicio del primado?

— En el fondo, el Papado, en mi opinión, no es una cuestión aislada, sino que está en íntima relación con el modo de concebir la unidad de la Iglesia. El Papado puede ejercerse de modos distintos a como se ha ejercido en los últimos siglos, conservando inalteradas sus características esenciales. El Papa se refiere al ejemplo del primer milenio.

Que este tema esté planteado abiertamente indica la maduración en el camino ecuménico. Hay un conocimiento recíproco más claro. Este es el esfuerzo del diálogo ecuménico: muchas veces no se querían decir cosas distintas de la fe católica, pero la expresión pareció que iba en contra. Explicadas las expresiones, se descubrió el malentendido, por una u otra parte. Así, cuando se explica qué es lo que realmente quiso decir el concilio Vaticano I sobre la autoridad del Papa, se resuelven no pocos problemas.


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