El odio no puede ser un homenaje al pequeño Gabriel

Página 1

Frente a tantos que se han permitido ventilar su ira en las redes sociales, la madre de Gabriel Cruz, el niño de ocho años desaparecido el 27 de febrero en la localidad andaluza de Níjar y hallado muerto el 11 de marzo, ha dado ejemplo de dignidad.

En declaraciones a Onda Cero, Patricia Ramírez ha rechazado las manifestaciones incendiarias contra la sospechosa de haber matado al Pescaíto, como llamaba familiarmente a su hijo. Quienes deseen solidarizarse con ella, han de acompañarla en la pena y en la gratitud a las buenas personas que han ayudado, como los voluntarios que se sumaron a la búsqueda del niño; pero no en el odio, que no comparte. “Que nadie retuitee cosas de rabia porque ese no era mi hijo y esa no soy yo”, ha dicho.

Nadie se habría atrevido en estos momentos a dar lecciones a esta madre, a señalarle lo que habría de decir. Pero ella nos ha dado una lección a los demás. Justo aquella de quien más fácilmente podríamos excusar palabras de rencor y venganza, la que ha sufrido el golpe como nadie, ni las pronuncia ni quiere oírlas a otros. Las considera una afrenta a la memoria de su hijo, una profanación: esas reacciones son como manipular la inocencia del niño convirtiéndola en pretexto para el odio.

Frente al mal, el odio no es victoria sino rendición: nos lo mete dentro

Sería también absurdo y lastimoso que este drama haya suscitado una expresión colectiva de solidaridad y compasión sincera, y al final prevalecieran la cólera y el afán de represalia. Si tras doce días de buscar a un niño, acabamos pidiendo sangre culpable para vengar la sangre inocente, nos encontraremos con las manos doblemente vacías. Y con Gabriel, relegado a un plano invisible para nuestros ojos obcecados.

Por eso, la madre pide otro final: “Que lo que quede de este caso sea la fe y las buenas acciones que han salido por todos lados y han sacado lo más bonito de la gente”.

Traficantes del dolor ajeno

También ha lamentado que suplanten su identidad en Facebook y en Instagram, y ha pedido que respeten su luto, dejando de difundir imágenes de su dolor. Sí, desde luego, el hecho es noticia. Es conmovedor. Pero escuchando a Patricia, aprendemos otra manera de verlo: para ella, captar con tal exhibición el interés de público y seguidores, es como traficar con su congoja y con su hijo. Para ella, no son estos sus quince minutos de celebridad, sino sus largos días de aflicción.

Esa bilis que a diario se derrama en las redes, quizá irreflexivamente o en arrebatos de furia, qué distinta resulta cuando se ve el efecto que causa en alguien a quien salpica. Pero es aun peor el que tiene en quien lo vierte. Frente al mal, el odio no es victoria sino rendición. Nos lo mete dentro, logra que nos infecte; hace de nosotros, no irreprochables censores de la maldad, sino indignados partícipes.

Así, qué sorpresa y qué lección para los justicieros espontáneos de estos días comprobar que quien sufre el daño en su propia persona tiene miras más altas.

“Aunque no haya habido final feliz –concluye Patricia–, el Pescaíto se nos va nadando hacia el cielo”.


Nuestra web utiliza cookies para facilitar el servicio. Si continúa navegando entendemos que las autoriza.