La educación de la afectividad

El mito del cerebro inmaduro de los adolescentes

En muchos países parece que los chicos presentan creciente precocidad para el alcohol o la promiscuidad sexual, entre otras conductas peligrosas. Según una teoría, el cerebro del adolescente carece de la madurez necesaria para contener los impulsos. Otra posibilidad es que los jóvenes se limiten a hacer lo que se espera de ellos, o a no hacer lo que no se les pide. Esto es lo que sostiene Thomas Lickona, especialista en psicología evolutiva y profesor de Educación en la Universidad Estatal de Nueva York1.

Todos conocemos el enfoque pragmático de la educación sexual: “Hay que presentar la continencia como la mejor opción; pero seamos realistas y enseñemos también a usar el preservativo”. A lo que deberíamos responder: “¿Acaso cuando alentamos a abstenerse de las drogas, también enseñamos a los jóvenes a practicar el ‘consumo de drogas seguro’? Si estamos convencidos de que una conducta es perjudicial para uno mismo y para los demás, como sin duda es la promiscuidad sexual , ¿enseñamos a los jóvenes a practicarla de todas formas, o les enseñamos que nuestra convicción es realmente lo mejor para ellos y para la sociedad?”.

Por si la educación en la castidad no tuviera bastantes enemigos, temo que anda suelto por el mundo uno nuevo, que amenaza debilitar hasta el sentido común. Este nuevo peligro es el mito del “cerebro adolescente”. Estoy leyendo un libro titulado The Primal Teen: What the New Discoveries About the Teenage Brain Tell Us About Our Kids (“El adolescente primario: Lo que nos enseñan sobre nuestros hijos los nuevos descubrimientos sobre el cerebro adolescente”). Ahí se citan “expertos en el cerebro” que afirman cosas como esta: “Los adolescentes tienen pasiones más fuertes (…) pero no frenos, y tal vez no lleguen a tener buenos frenos [o sea, la maduración de la corteza prefrontal, necesaria para inhibir la conducta impulsiva] hasta los 25 años”.

Los adultos no son mejores

Hace unos meses hablé en un congreso sobre continencia en el que había un seminario sobre las implicaciones de las nuevas investigaciones en el cerebro. Cuando acabé la exposición, se levantó un médico que estaba en la mesa de presidencia y dijo: “Todos esos argumentos lógicos a favor de la continencia están muy bien, pero ¿qué eficacia tienen para un cerebro adolescente al que aún faltan diez años para completar su desarrollo?”.

Contesté que si trajéramos a la sala a cien chicos de 15 años elegidos al azar, podríamos alinearlos formando una progresión continua, desde los que nunca han tenido relaciones sexuales ni han hecho ninguna insensatez, hasta a los que tienen relaciones sexuales varias veces por semana y siguen otras muchas prácticas de alto riesgo. Todos sus cerebros tendrían más o menos la misma edad y el mismo grado de madurez cortico-prefrontal. ¿De dónde, entonces, la gran variedad en cuanto a comportamientos que piden la regulación de los impulsos? Añadí que cuando yo estaba en secundaria, no tuve relaciones sexuales con mi chica no por mi grado de madurez cerebral, sino por mis principios. Entre otras cosas, creía que era pecado mortal, y no estaba dispuesto a jugarme el alma.

De hecho, encuestas hechas en Estados Unidos muestran que los adultos de 35 a 54 años inciden en distintos comportamientos peligrosos en mayor proporción que los adolescentes. Es mucho más frecuente que mueran en accidente de automóvil, se suiciden, se emborrachen o ingresen en el hospital por sobredosis de droga.

Críticas científicas

Han comenzado a aparecer críticas científicas de las teorías sobre el cerebro adolescente. En septiembre pasado, The New York Times (17-09-2007) publicó en sus páginas de opinión un artículo de Mike Males, investigador senior del Center on Juvenile Justice y fundador de Youthfacts.org. Males decía: “Un alud de informaciones periodísticas anuncia con gran excitación que la ciencia puede explicar por qué los adultos tienen tantas dificultades para tratar con adolescentes: estos tienen cerebros inmaduros, no desarrollados, que los impulsan a comportamientos peligrosos, detestables, irritantes para los padres. Pero el puñado de expertos y responsables públicos que hacen tales afirmaciones incurren en exageraciones insensatas. Investigadores del cerebro más serios, como Daniel Siegel (Universidad de California en Los Ángeles) o Kurt Fischer (Programa Mente, Cerebro y Educación, de Harvard), advierten que los científicos están apenas empezando a averiguar cómo funcionan los sistemas cerebrales. “Naturalmente, se quiere usar la ciencia del cerebro para definir políticas y métodos, pero nuestro limitado conocimiento del cerebro impone muy severas limitaciones a ese empeño. En estos comienzos de su historia, la neurociencia no puede suministrar una educación basada en el conocimiento del desarrollo cerebral”, dice Siegel.

Robert Epstein, ex director de Psychology Today y jefe de colaboraciones de Scientific American, rebate así las teorías del cerebro adolescente: “Los adolescentes son tan capaces como los adultos en una amplia gama de cualidades. Se ha comprobado que superan a los adultos en pruebas de memoria, inteligencia y percepción. La tesis de que los adolescentes tienen un ‘cerebro inmaduro’, que necesariamente causa una crisis, queda totalmente desmentida si nos fijamos en la investigación antropológica que se hace en el mundo. Los antropólogos han encontrado más de cien sociedades contemporáneas en las que la crisis de la adolescencia falta por completo; en la mayoría de esas sociedades ni siquiera hay una palabra para designar la adolescencia.

Subir el listón

“Aún más contundentes son los estudios antropológicos de larga duración hechos en Harvard en los años ochenta: muestran que la crisis de la adolescencia comienza a aparecer en una sociedad donde no se daba a los pocos años de adoptar el sistema escolar occidental y estar bajo el influjo de los medios de comunicación occidentales. Por último, abundantes datos indican que cuando se da a los jóvenes verdaderas responsabilidades y la posibilidad de tratar con adultos, aceptan prontamente el reto, y aparece el ‘adulto que llevan dentro’” (Education Week, 4-04-2007).

El peor error que podemos cometer en educación -sin duda el peor en educación del carácter y en la castidad- es subestimar la capacidad de nuestros alumnos. Tengo una amiga que ahora es una dirigente del movimiento para educar en la continencia. Cuenta que en la adolescencia era promiscua. Era tan mal tratada en casa, que cometía pequeños delitos para poder disfrutar de la relativa seguridad que le ofrecía la cárcel. Allí fue a verla un orientador, al que habló de su insensata vida sexual. Él la habló con cariño y la incitó a comportarse con mayor dignidad y disciplina. Hoy es una mujer felizmente casada, madre y respetada educadora. Como ella dice: “¿Qué habría sido de mí si aquel orientador me hubiera dado un condón en vez de creer en mí?”.

Con el apoyo adecuado, los seres humanos, cuando se les proponen metas elevadas, tienden a esforzarse por alcanzarlas. La castidad es difícil, como todo lo que vale la pena en la vida. Es hora de que todos, escuelas y padres, subamos el listón.

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(1) Ofrecemos un fragmento de su intervención en el pasado Congreso Internacional sobre Educación en el Amor, Sexo y Vida (cfr. Aceprensa 133/07). El texto original íntegro, titulado “Educating for Character in the Sexual Domain”, se puede obtener en http://www.cortland.edu/character/sex_character/articles_sc.html.


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