Un caso único en la evolución

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Lo que sugieren los fósiles sobre el origen del hombre
Los nuevos conocimientos de paleoantropología sugieren cada vez con más fuerza que el origen del hombre no se reduce sólo al aspecto biológico. Aunque los fósiles por sí solos no revelan el espíritu, invitan a pensar en cualidades inmateriales que pueden explicar por qué el hombre es un caso único en la evolución. Así hace el especialista Richard Leakey en Nuestros orígenes, obra escrita en colaboración con Roger Lewin (1). Pero los autores afrontan el tema con una filosofía deficiente.

Richard Leakey es uno de los más famosos paleoantropólogos actuales, descubridor de un importante fósil de un antepasado del hombre: un esqueleto casi completo de más de un millón y medio de años de antigüedad. En 1977 publicó un libro titulado Origins, en el que aportó sus primeras tesis sobre la evolución humana.Nuestros orígenes, de carácter divulgativo, es una revisión de la obra anterior a la luz de otros hallazgos más recientes, entre ellos el del propio Leakey, que se ayuda del bioquímico Roger Lewin como autor secundario.

La primera parte de Nuestros orígenes está escrita en clave autobiográfica, y se centra en la trayectoria científica y en el principal hallazgo de Leakey. Después, la obra toma un cariz muy distinto, con un intento de explicar al enigma de la existencia del hombre, partiendo de los conocimientos científicos pero trascendiéndolos.

Hijo de paleoantropólogos, al principio Leakey no pensó seguir el mismo camino: incluso abandonó sus estudios universitarios. Sin embargo, rodeado de la exuberante naturaleza de su país natal, Kenia, se vio fascinado por lo que el hombre tiene de «especial» frente al resto de las criaturas vivas. Como subraya él mismo, resulta sorprendente la diferencia entre el hombre y el animal más cercano a nosotros, el chimpancé, si se repara en el parecido genético y cromosómico de ambas especies, que es superior al 98%: por tanto, el chimpancé está más próximo al hombre que al gorila. Esto sugiere que lo especial del hombre está en algo que trasciende lo biológico. Leakey confiesa cómo se sorprendió al ver la misma idea escrita por su padre después de muchos años de trabajar por separado: «Él era religioso, aunque no de forma convencional. Yo no lo soy. Pero, aparentemente, habíamos llegado a compartir el mismo punto de vista inmaterial».

Por otra parte, como nos muestran los fósiles, ha habido antes seres más parecidos al hombre que el chimpancé. Por eso, según Leakey, la clave de ese algo especial se tiene que buscar en nuestro pasado.

Datos fragmentarios

A partir de ahí, el libro hace un recorrido por la historia de estos descubrimientos hasta llegar al estado actual de los estudios paleoantropológicos. Ahora reina un acuerdo bastante generalizado sobre las principales especies de homínidos que nos han precedido, pero no sobre la importancia evolutiva de cada una de estas especies ni acerca de cómo han procedido unas de otras.

Hace más de cuatro millones de años apareció la primera especie de Australopithecus (A. afarensis), que después dio lugar a otras especies del mismo género. Los fósiles más recientes de individuos pertenecientes a este grupo tienen algo más de un millón de años de antigüedad. Hace más de dos millones de años apareció la primera especie de Homo (H. habilis), que sobrevivió durante más de medio millón de años. El H. erectus, primer homínido que salió del continente africano, existió desde hace más de un millón y medio de años hasta hace menos de cien mil. Y, por fin, hace alrededor de cien mil años vivieron los primeros individuos que, con seguridad, pertenecen a nuestra propia especie: H. sapiens.

El joven de Turkana

Leakey narra sus experiencias en la búsqueda de estos fósiles en un relato que tiene la agilidad de una novela de aventuras. A la vez, va mostrando la seriedad científica de las conclusiones que se extraen de los datos. Observa que en ocasiones se ha ido más allá de lo que muestran los hechos: «La anatomía fósil puede ser muy difícil de interpretar, sobre todo cuando es muy fragmentaria, es decir, casi siempre. Las expectativas de la gente, sus prejuicios científicos, influyen en sus juicios. Todo científico trabaja de acuerdo con algún tipo de marco teórico e interpreta las pruebas a la luz de ese marco».

De ahí la importancia del descubrimiento que hizo Leakey en 1984: un esqueleto de hace 1,8 millones de años al que prácticamente sólo faltan las manos y los pies, es decir, mucho más completo que el de la famosa Lucy -una australopitecina de hace casi tres millones y medio de años- y que encaja perfectamente en las características de un individuo joven de la especie H. erectus. Leakey lo llamó el joven de Turkana, por haberlo encontrado en la ladera sur occidental del lago del mismo nombre, en Kenia.

Este descubrimiento marcará la vida de Leakey y -según indica la lectura del libro- influirá de forma decisiva en su idea sobre lo exclusivo del ser humano.

Distintas teorías evolucionistas

Según Leakey, si lo que caracteriza al hombre ha aparecido durante la historia evolutiva, ha de estar formado de algo identificable. Él sitúa esta aparición en la etapa del H. erectus. Esto supone rechazar la clásica hipótesis gradualista, según la cual lo propiamente humano aparece poco a poco desde el Australopithecus, porque éste ya andaba erguido, usaba instrumentos -aunque, como se ha sabido después, en esta faceta no supera esencialmente a los actuales chimpancés- y tenía un cerebro proporcionalmente mayor que el de cualquier especie actual. Para Leakey, lo definitivo es el crecimiento, mucho mayor, del cerebro en el H. erectus, su capacidad de fabricar instrumentos a partir de otros instrumentos y ciertos signos que indican una incipiente organización en grupos, con división del trabajo entre machos y hembras.

Leakey considera ilógica otra opinión, muy extendida, propuesta por varios estudiosos. Según ellos, la condición humana no aparece hasta el H. sapiens. A juicio de Leakey, esto equivale a suponer un cambio demasiado súbito, como si la humanidad hubiera surgido de la nada, de modo que los partidarios de tal tesis «convierten la condición humana en una marca única y científicamente inexplicable». Sin embargo, él parece sostener algo no muy distinto, con la única diferencia de que sitúa el cambio en el H. erectus. Por otro lado, los que creen que sólo el H. sapiens es el verdadero ser humano se basan en datos tan contundentes como que esta especie es la única que entierra a los muertos y produce manifestaciones artísticas.

En realidad, es la postura de Leakey la menos coherente de las dos. Por una parte, afirma en varios lugares la existencia de claros saltos en la evolución humana. Por otra, acepta en sustancia la teoría neodarwinista de la evolución, que niega la posibilidad de saltos evolutivos. Parece creer que neodarwinismo y evolución son equivalentes, error muy común entre autores que no se dedican a estudiar específicamente la evolución y desconocen el debate actual entre los especialistas, así como la existencia de otras teorías.

Además, al sostener que lo específicamente humano comenzó con el H. erectus, supone a éste con una capacidad de lenguaje esencialmente igual a la nuestra, aunque más primitiva. Por el contrario, los más recientes estudios lingüísticos, en colaboración con los de genética de poblaciones, sugieren que la hipotética primera lengua, «madre» de todas las actuales, se originó hace unos cien mil años, es decir, cuando apareció el H. sapiens.

El «milagro de la conciencia»

Identificar al H. erectus con el primer ser humano tiene importancia en la obra de Leakey, porque condiciona su manera de entender el origen de la índole intelectual del hombre. Y aquí conviene advertir que si bien Leakey se mueve con soltura en el campo estrictamente paleontológico, tiene algunos tropiezos en el terreno de la biología y va a la deriva cuando sale de la ciencia experimental. Esto último le sucede con frecuencia en Nuestros orígenes, pues su búsqueda de lo específicamente humano se adentra decididamente en la filosofía.

Desde el principio del libro está presente la «busca de lo que nos hace humanos» -subtítulode la obra-, con la intuición de que es algo que transciende lo material. El comportamiento del hombre lo diferencia de los demás animales, necesita de la cultura, está dotado de libertad y supone, por tanto, una responsabilidad «mayor que la de cualquier otra especie». Nuestra «pasión por conocer -añade-, por saber cómo llegamos a ser y qué nos hizo ser como somos, nos revela algo, evidentemente, acerca de nuestra propia naturaleza. Somos criaturas de conocimiento, es cierto. Pero, más importante aún, somos criaturas abocadas a saber».

Habla del pensamiento reflexivo como de un «don» -seguramente no encuentra otra forma de expresarlo- inseparable de la posibilidad del lenguaje, que es una muestra de la capacidad de abstracción, manifestada, por ejemplo, en el arte y en las actividades religiosas. Y en todo ello ve algo de inmaterial y espiritual: «Me interesa el sentido inmaterial de la propia conciencia, innegable pero indefinible». Sin embargo, cuando se pregunta por la naturaleza de esta realidad, afirma: «Adopto el punto de vista materialista de que la conciencia es el producto de la actividad del cerebro», contra los que ven la necesidad de una creación. Pero, ¿cómo puede lo inmaterial surgir de la materia? Leakey reconoce que el paso de las neuronas a la conciencia parece algo milagroso, pero no pone en duda la hipótesis: simplemente renuncia a la explicación, diciendo que no sabemos cómo se produce tal fenómeno.

Pese a esta confesión de ignorancia, en otras ocasiones se atreve a hacer afirmaciones tajantes que no puede basar en ningún dato empírico.Así, declara: «Es evidente que Dios no tenía planes para el Homo sapiens, y ni siquiera pudo predecir que una tal especie pudiera emerger».

Prejuicios materialistas

Decidido a mantener la concepción materialista, Leakey multiplica los simplismos. Aunque da mucha importancia a las manifestaciones religiosas como signo de la capacidad de abstracción y, por tanto, de humanidad, para él las religiones pertenecen al ámbito de las mitologías, y ve en ellas un origen puramente artificial. Define la religión como una mera explicación mítica de la complejidad del universo, como «la antropomorfización a escala cósmica».

En fin, resulta paradójico que Leakey, después de hablar de la necesidad de la filosofía y de la metafísica, de la capacidad de abstracción del hombre, de su inmaterialidad y espiritualidad, de su libertad que genera responsabilidad y moralidad, busque una explicación en sistemas que niegan todas estas realidades.

En el estudio del origen del hombre, la acumulación de conocimientos empíricos invita cada vez más a reconocer la existencia de lo inmaterial. Ahora bien, hay que caer en la cuenta de que lo inmaterial, por definición, no es experimentable. Leakey podría haberse limitado a lo que revelan los fósiles y la biología, sin introducirse en el terreno filosófico. Pero, ya que ha decidido traspasar los límites de su especialidad, debería procurarse mejores pertrechos.

Correcciones al neodarwinismo

Leakey matiza su postura neodarwinista al aceptar las conclusiones de la biología molecular sobre nuestro pasado, que sitúan la separación de las estirpes que conducen al hombre y al chimpancé hace unos cinco millones de años. Antes se adelantaba esta fecha hasta los quince millones de años. Esto último es lo que cabe esperar cuando se piensa en términos de la teoría neodarwinista, según la cual el motor de la evolución es un proceso combinado de mutaciones al azar y de su selección natural. Si así ocurre, los cambios en las especies han de ser muy lentos y graduales, y no se producen «saltos evolutivos». Entonces, si los australopitecos ya andaban erguidos, habría hecho falta todo ese tiempo (diez millones de años) para llegar a la postura erecta y, por supuesto, tendrían que haber existido especies anteriores que tuvieran una anatomía intermedia entre la necesaria para la marcha cuadrúpeda y la bípeda.

Al principio, Leakey -como la mayoría de los paleontólogos- se opuso rotundamente a las conclusiones de la biología molecular, pero pronto se percató de que, lejos de entorpecer el estudio de los fósiles, estos datos suponían un complemento de inestimable valor. Seguramente esta es la razón por la que empezó a colaborar en sus publicaciones con el bioquímico Roger Lewin, coautor de Nuestros orígenes. Justifica la tardanza en admitir la fecha, mucho más próxima, de hace cinco millones de años, para el último ancestro común al hombre y al chimpancé, por motivos más bien sentimentales: resultaba costoso reconocernos parientes tan próximos de un animal al que vemos tan diferente de nosotros. Sin embargo, la mayoría de los científicos, entre ellos el mismo Lewin, son conscientes de que la verdadera causa de la resistencia por parte de los paleontólogos está en la aceptación de los presupuestos del neodarwinismo (cfr. «El nacimiento de la antropología molecular», en Mundo Científico, diciembre 1991).

No es éste el único punto en que Leakey se aparta del neodarwinismo clásico. Piensa que el H. habilis y el A. robustus -especies descendientes del A. afarensis- fueron coetáneos, y que su separación tuvo lugar en el mismo espacio geográfico. Esto se opone a la idea neodarwinista de que las especiaciones se producen por separación geográfica prolongada de dos poblaciones de la misma especie, que al cabo de mucho tiempo de no compartir sus cambios genéticos acaban por no poder cruzarse.

Pero a partir de aquí, la tesis de Leakey deja de ser satisfactoria. La forma más fácil de que se produzca una diversificación específica en un mismo lugar geográfico es por medio de una mutación cromosómica, que produce en el individuo una pérdida o disminución de fertilidad, y sólo se puede perpetuar, por ejemplo, si se cruza con otro individuo de distinto sexo que haya sufrido la misma mutación. De esta formase podrían producir especiaciones instantáneas a partir de una o pocas parejas. Sin embargo, parece que Leakey no conoce esta posibilidad.

Mariano Delgado_________________________(1) Richard Leakey y Roger Lewin. Nuestros orígenes. En busca de lo que nos hace humanos. Crítica. Barcelona (1994). 300 págs. 3.200 ptas. (Origins Reconsidered. In Search of What Makes Us Human, Doubleday, Nueva York, 1992).

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