El Observatorio

Violencia en Latinoamérica: razones para la esperanza

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La región de Latinoamérica y el Caribe tiene desde hace tiempo la tasa de homicidios más alta del mundo. Según datos del portal del Banco Mundial, que recoge estadísticas de la ONU, en 2014 se situaba en 23 por 100.000 habitantes, más del cuádruple que la media mundial (5 por 100.000). Sin embargo, como cuenta un artículo de Foreign Affairs, algunas de las ciudades más afectadas por el problema están mostrando una importante mejoría, que puede marcar el camino a otras.

Catorce de los veinte países más violentos del mundo están en Latinoamérica. Las estadísticas suelen centrarse en siete, que incluyen a los tres con mayor tasa de homicidios (Honduras –75–, El Salvador –64– y Venezuela –62–), más otros donde la ratio es más baja pero donde el total en términos absolutos es muy elevado: Brasil (el número uno del mundo en este ranking), Colombia y México. Por último, Guatemala (31), aunque ha reducido significativamente sus cifras, sigue estando entre los países con más homicidios respecto a su población. Otros territorios más pequeños como Belize o Jamaica no suelen aparecer en los titulares, aunque sus tasas de homicidio superan a casi todos los anteriores.

Por comparación, la de la Unión Europea es 1; la de Norteamérica, 4; la del África subsahariana, 10, y 6 la del conjunto de países menos desarrollados del mundo. Incluso en zonas de guerra hay mejores cifras. Entre 2001 y 2014, 26.000 civiles murieron en Afganistán. En el mismo periodo, los asesinados en Honduras fueron 67.000, a pesar de que su población no llega a la tercera parte de la del país asiático.

No obstante, no todo son malas noticias. Algunas ciudades históricamente muy violentas han conseguido reducir significativamente su tasa de homicidios en la última década: más del 70% en Bogotá, Ciudad Juárez, Medellín o São Paulo.

Aunque cada una ha seguido su propia estrategia, existen puntos comunes. Uno de ellos es el liderazgo de una figura carismática, muchas veces el alcalde de la ciudad, que ha afrontado el tema como una prioridad y ha sabido darle una respuesta global: controlando los factores de riesgo, promoviendo los preventivos, fortaleciendo el sistema judicial y cooperando con entidades no gubernamentales cuando ha sido conveniente.

Otra herramienta que ha mostrado ser muy útil es el análisis de datos. Por ejemplo, para centrar la vigilancia o la protección sobre los potenciales agresores y víctimas (que en muchos casos forman una misma categoría, porque la violencia se produce entre bandas). También, para incrementar los efectivos policiales en barrios especialmente peligrosos. Como han demostrado varios informes, la actividad criminal suele concentrarse en zonas en crecimiento y con alta densidad de población.

Además de las intervenciones más inmediatas, las estrategias seguidas en estas ciudades también han tenido en cuenta los factores que forman el “caldo de cultivo” de la violencia. Para reducir el desempleo juvenil, se han creado programas laborales y educativos especialmente dedicados a los “descolgados” del sistema. Además, se han facilitado opciones para que las madres solteras puedan dejar a sus hijos en guarderías y ganar algo de dinero trabajando, una ayuda muy necesaria en una región con la tasa de nacimientos fuera del matrimonio más alta del mundo (cfr. Aceprensa, 23-07-2013).


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