Ursula Oberst, psicóloga clínica

“La sociedad actual nos obliga a tener emociones positivas”

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Ursula Oberst, profesora titular de Psicología Clínica en la Universitat Ramon Llull, fue una de las ponentes invitadas al seminario “Taking the Pulse of Our Times: Media, Therapy and Emotions”, organizado por el Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra. Hablamos con ella sobre el atractivo que tiene la inteligencia emocional (IE) en la cultura popular.


Una versión de este artículo se publicó en el servicio impreso 93/14

— Desde la publicación del betseller de Daniel Goleman, la IE se ve como la panacea para resolver una serie de problemas sociales, desde el fracaso escolar a la violencia juvenil o el manejo de conflictos en el hogar. Incluso hay quienes la asocian a ciertas cualidades morales, cosa que no ocurre con la inteligencia cognitiva. ¿De dónde le viene este prestigio?

El auge del modelo de la IE coincide con una creciente consciencia en la sociedad de la importancia de las emociones en la vida diaria. Esto viene también fomentado por las neurociencias (de la mano de Antonio Damasio o Joseph LeDoux), donde se ha mostrado que solo con el razonamiento abstracto, las personas seríamos incapaces de tomar decisiones adaptativas, es decir, beneficiosas para nosotros.

Existen diferentes modelos de IE. El de Goleman (1995) es el más popular y el más usado en las empresas, junto con el de Boyatzis. Pero en investigación psicológica, el modelo más utilizado es el original de Salovey y Mayer, quienes acuñaron la expresión “inteligencia emocional” en 1990.

El modelo de estos autores solo se refiere a cuatro habilidades cognitivo-emocionales (como la de percibir las emociones o la de regular las emociones), mientras que el de Goleman incorpora otros aspectos que tienen que ver con rasgos de personalidad o actitudes (como optimismo, felicidad) o virtudes humanas (como responsabilidad social).

El razonamiento abstracto resulta insuficiente para tomar decisiones que nos benefician

Cuando empezó la euforia por la IE, se pensaba que tener este tipo de inteligencia en un alto grado era la clave –más allá de la inteligencia cognitiva o abstracta– del éxito profesional y personal. Daba la impresión de que bastaba con ser emocionalmente inteligente para considerarse inteligente (aunque uno no lo fuera). Como decían Mayer, Salovey y Caruso (2000), la idea del coeficiente de inteligencia es elitista, mientras que el concepto de IE (cociente emocional) es igualitario. Además, se supone que la IE se puede aprender o entrenar, pero no ocurre lo mismo con la inteligencia a secas.

Obligados a ser felices

Algunos investigadores señalan el mal uso que se puede hacer de la inteligencia emocional. ¿Puede ponernos algún ejemplo?

Popularmente se asocia la inteligencia emocional con algo bueno, con una persona que tiene altos estándares éticos. Pero no necesariamente es así. Se puede tener un alto conocimiento emocional (por ejemplo, percibir los estados de ánimo de otros) y usar esto para manipularlos. De hecho y poniéndonos en un caso extremo, los psicópatas, a pesar de carecer de empatía genuina, perciben muy bien cómo se sienten otras personas y lo usan a su favor.

Hoy vivimos en una sociedad sentimentalizada. ¿No corremos el riesgo de que la política desdeñe la argumentación racional y privilegie los sentimientos manifestados en las encuestas, el victimismo o la política de gestos?

La IE no tiene nada que ver con la sentimentalización. Al contrario, la idea de la IE es usar las emociones de una forma inteligente, lo que en algunos casos también significa reducir determinadas emociones inapropiadas. Pero es cierto que en la sociedad actual se puede abusar de las emociones y de los sentimientos (en la política, en la publicidad…) por encima de la argumentación racional.

Hay una tendencia a patologizar estados emocionales negativos, hasta ahora considerados normales

Otro problema es que, hoy día, parece que estamos obligados a tener emociones positivas y a ser felices. Dicho de una forma extrema: se nos quiere hacer creer que la felicidad es posible si uno se esfuerza lo suficiente. Y cuando uno no lo consigue, no solo tiene que aguantar su desdicha, sino además sentirse culpable por ello. Esto también se observa en psiquiatría, donde ha aparecido una tendencia a patologizar estados emocionales negativos hasta ahora considerados normales (por ejemplo, un duelo largo o las rabietas frecuentes en los niños).

Educar las emociones

Una vez desmitificada, ¿cuáles cree usted que son las verdaderas ventajas de la inteligencia emocional?

Me parece racional un modelo de IE que se limita a enseñar habilidades cognitivo-emocionales. Estas sí se pueden aprender y entrenar hasta cierto punto. Y en general es beneficioso, por ejemplo, saber detectar o anticipar las reacciones emocionales en otras personas como reacción a lo que nosotros hacemos o dejamos de hacer.

También es beneficioso aprender a regular eficazmente ciertas emociones que en un determinado contexto son inapropiadas. Saber gestionar la ira, por ejemplo, puede ser algo muy importante en los contextos interpersonales.

También me parece adecuado implementar programas de IE en los colegios, para que los niños, ya de pequeños, crezcan en una cultura que haga un uso inteligente de las emociones.


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