Análisis

Sínodo: La escasez de clero y el celibato

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Análisis

En el Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía se ha manifestado la preocupación por la escasez de sacerdotes. Si la Eucaristía edifica la Iglesia, ¿qué pasa con esas "parroquias en espera de sacerdote" donde no se puede celebrar la Eucaristía? El propio documento de trabajo del Sínodo señala este déficit de sacerdotes frente al crecimiento del número de católicos: en 1978 había un sacerdote por cada 1.797 fieles, mientras que en 2003 había uno por cada 2.677.

Ante este importante problema surge de inmediato la discusión sobre el celibato sacerdotal en la Iglesia latina. ¿No se superaría esta sequía de vocaciones si el sacerdocio dejara de estar unido al celibato? ¿No ahuyenta este compromiso a hombres que podrían prestar un buen servicio a la Iglesia? La crisis de vocaciones indicaría que esta exigencia de derecho eclesiástico se ha convertido en un obstáculo para el propio desarrollo de la Iglesia.

A veces los datos globales enmascaran diferencias parciales significativas. Entre otras, la diferencia entre sacerdotes diocesanos y religiosos. Durante el pontificado de Juan Pablo II, el número de sacerdotes bajó un 3,7% (de 420.000 en 1978 a 405.000 en 2002). Pero el descenso se debe sobre todo a la bajada del 13,1% del clero religioso, y nadie piensa que pueda darse un religioso no célibe. En cambio, los sacerdotes diocesanos aumentaron un 1,8%.

La crisis de vocaciones sacerdotales del postconcilio se ha ido remontando a partir de 1990. Desde entonces el número de sacerdotes diocesanos ha crecido un 3,7%. Sin duda, el empuje que imprimió a la Iglesia el pontificado de Juan Pablo II atrajo más vocaciones.

Pero también en este dato global hay que matizar. En Europa el clero ha bajado un 19%, y en Oceanía un 13%. En cambio, ha aumentado ligeramente en América (+1%), y notablemente en África (+73%) y Asia (+65%). A primera vista, parece que las vocaciones sacerdotales dependen más de la vitalidad religiosa de una región que del celibato sacerdotal. Quizá esto explique que Asia, con 127 millones de católicos, tenga más seminaristas que Europa, con 270 millones de población católica. O que dentro de un mismo país haya diócesis con seminarios casi vacíos y otras con suficientes vocaciones.

Si el celibato fuera el problema para las vocaciones, cabría esperar que no lo tuvieran las Iglesias protestantes que no lo exigen. Sin embargo, en Europa y en Norteamérica, las principales confesiones protestantes están también preocupadas por la creciente escasez de clero. En EE.UU., con datos publicados en 2002, resultaba que un tercio de las 11.200 congregaciones presbiterianas carecían habitualmente de pastor. Las ordenaciones descendieron de 546 en 1980 a 367 en 2000. Los evangélicos luteranos tenían 2.102 púlpitos vacíos. Similar escasez de clero se observa en las principales iglesias baptistas, episcopalianas, metodistas... En todas partes, los clérigos de menos de 35 años son cada vez más minoritarios (cfr. Aceprensa 49/02).

En ese contexto, el descenso de vocaciones en la Iglesia católica no es excepcional ni más grave que el de otras confesiones. Lo mismo puede decirse de Europa, donde ni los anglicanos ni los protestantes tienen más vocaciones que la Iglesia católica.

Sin duda, la escasez de clero es un problema inquietante. Pero centrar la atención solo en el celibato sacerdotal puede ser un expediente fácil para no abordar las causas más profundas. La actitud realmente valiente sería preguntarse cómo elevar la vitalidad espiritual de las Iglesias donde no surgen vocaciones.

Ignacio Aréchaga

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