Río+20: el ecologismo que nos hace sentirnos bien

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Del 20 al 22 de junio se ha celebrado en Río de Janeiro la cumbre de Naciones Unidas sobre desarrollo sostenible Río+20. A juzgar por las declaraciones de algunos líderes políticos, el entusiasmo de los asistentes ha sido escaso. El propio secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, afirmó que él también “esperaba un resultado más ambicioso”. Uno de los temas estrella de la cumbre ha sido el calentamiento del planeta; aunque todavía está por redactar, se han sentado las líneas maestras para un convenio marco sobre el cambio climático.

En un artículo publicado en The Wall Street Journal, el especialista danés Bjørn Lomborg encuentra exagerada la atención que las cumbres de Naciones Unidas suelen dedicar al cambio climático. Claro que es un problema, dice. Y claro que necesita soluciones. Pero según un orden de prioridades, donde prime siempre lo urgente.

Según estadísticas del Emergency Disasters Database (EM-DAT), las muertes causadas por hambrunas, sequías, olas de calor y tormentas –incluidos los efectos del calentamiento global– ahora suman cerca del 0,05% de todas las muertes en los países en desarrollo; unas 27.000 de media al año, entre 1990 y 2007.

Las cifras impresionan. Pero Lomborg advierte que es preciso mantener la cabeza fría y poner las cosas en perspectiva. Porque hay otro tipo de muertes, mucho más numerosas, a las que se presta poca atención.

“Más del 13% de muertes del Tercer Mundo –cerca de 6 millones en total– provienen del aire y del agua contaminados. Esto significa que por cada muerte relacionada con el calentamiento global, al menos 210 personas mueren al año por algo tan pasado de moda como es la contaminación del aire y del agua”.

Hacer lo que funciona

Hasta ahora, Lomborg se ha limitado a poner algunos datos sobre la mesa. En adelante el “ecologista escéptico”, como se lo conoce por el libro que le dio fama (cfr. Aceprensa, 3-10-2001), se adentra por el camino de la denuncia.

“Creemos que el calentamiento global es más importante, porque se lleva más. La mayoría de la gente que vive en los países ricos ha tenido toda su vida aire limpio, agua limpia y electricidad a través de una red de suministro. La contaminación del aire y del agua es simplemente un sombrero viejo”.

Lomborg sospecha que el empeño de Naciones Unidas por perseguir el sueño de la “energía sostenible para todos” responde a un capricho del mundo rico. Se trata de la moda del “ecologismo que hace que nos sintamos bien”. Pero ¿por qué empeñarse en que los países pobres pasen por el aro de las tecnologías verdes, tan caras y, a veces, tan ineficaces?

“Claro que los paneles solares a veces pueden funcionar en remotas aldeas. Pero, normalmente, la energía fiable para esos más de mil millones de personas que la echan en falta debería venir de soluciones simples y baratas como conectar generadores o, mejor aún, centrales eléctricas, que funcionan en la mayoría de los casos con combustibles fósiles... como las nuestras”.

A las cumbres de la ONU, concluye Lomborg, les sobra elitismo. Por eso, aboga por una gestión de los recursos medioambientales basada en el cálculo de los costes y los beneficios, y no en lo que se lleva o se siente en los países ricos. “Necesitamos rescatar a las cumbres del medio ambiente del famoseo bien intencionado, y hacer lo que funciona”.


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