¿Qué convierte a los niños en salvajes?

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A raíz del asesinato del pequeño de dos años James Bulger, a manos de dos niños de 10 años, el escritor inglés William Golding -Premio Nobel de Literatura en 1983-, reflexiona en un artículo publicado en Daily Mail sobre las posibles causas de la crueldad infantil. Ofrecemos algunos párrafos de la versión en castellano de ese artículo, publicada en El Mundo (Madrid, 20-II-93).

Hace casi cuarenta años que escribí acerca de las crueldades que unos niños son capaces de infligir a otros en El señor de las moscas. (...) ¿Será la crueldad un componente profundo de la naturaleza de los hombres y las mujeres desde que nacen? (...) ¿O tiene más visos de realidad imaginarnos al niño recién nacido como una pizarra en blanco sobre la cual la dureza de la experiencia imprime enseguida sus indelebles y aterradoras pautas?

(...) Hay circunstancias, por ejemplo, en las que parece prosperar la crueldad, sin que eso quiera decir que tenga causas claras. ¿Cuáles son esas causas? El caos es una. El miedo es otra.

Según tengo entendido, en Rusia, después de la primera guerra mundial, había bandas de niños que habían perdido a sus padres. Desposeídos, sin lugar de residencia y sin recursos para vivir, deambulaban por el país atacando y matando por pura crueldad.

Por aquel entonces imperaba en muchos países el caos social, y aquellos niños, abandonados a su propio albedrío, encontraron en la saña una especie de cohesión elemental.

Se nos dice que en diversos lugares de Gran Bretaña existen actualmente bandas de niños, hijos de una clase inferior que parece rechazar la paternidad convencional. Al carecer del apoyo de sus madres o sus padres, esos niños no poseen para vivir otra cosa que el fruto de lo que pueden mendigar o robar.

(...) Añadamos a este embriagador cóctel el otro elemento -el miedo- y tendremos una mezcla que resulta más que doblemente aterradora. Cuando las personas tienen miedo descubren la violencia que llevan dentro y cuando sienten juntas ese miedo descubren que la violencia que llevan dentro puede llegar a no tener ni siquiera fondo.

No creo excesivamente improbable suponer que los niños que viven sin protección adulta se encuentran muchas veces asustados. Si a eso añadimos el repentino temor a ser detenidos o juzgados -o simplemente el miedo a lo que han hecho sin pararse a pensarlo- comprendemos que puedan llegar a producirse hechos horrorosos.

(...) En esencia, ningún debate acerca de los niños puede llegar a la conclusión de culpar a la Madre Naturaleza o a las múltiples influencias que conforman el desarrollo de una persona joven.

La verdad debe de estar en que ambos elementos poseen igual importancia. Nacemos con la maldad dentro y la crueldad forma parte de esa maldad (aunque también seamos capaces de sentir desprendimiento y amor, pues de lo contrario negaríamos parte de nuestra naturaleza humana).

Lo que sí ha de ser cierto es que podemos quedar irreconociblemente retorcidos y distorsionados por la orientación -o por la falta de orientación- que absorbemos directamente de nuestras familias.

Si los niños no tienen quien les oriente, pueden descarriarse. A los niños los orientan sus padres y sus madres. Necesitan a ambos y, en esta última parte del siglo, muchas veces no tienen ni a uno ni al otro.

Además, cuando los niños se descarrían, muchas veces se descarrían del todo. Los niños poseen tanta energía que son más potentes que cualquier bomba. Muchas infancias modernas deben de ser un verdadero horror, aunque tampoco creo que esto sea nada nuevo -la historia ha estado siempre llena de horrores y también a los niños les ha tocado sufrir lo suyo-.

Si los progenitores están ausentes, si los padres no aportan la fuerza y las madres no aportan el cariño, esos niños, inevitablemente, caen en las profundidades de su propia naturaleza.

Quizá resulte difícil sorprendernos a los viejos. Si es eso lo que ocurrió en el caso de los asesinos de James Bulger, no debería llamarnos la atención. Pero puede escandalizarnos y, con ello, hacernos reconocer la maldad cuando la vemos. Los dolores del pobre niño han terminado. Dios nos ayude a todos.


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