La reflexión callada, una vía para potenciar la creatividad

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Mientras unos buscan el silencio y otros se apresuran a llenar esa demanda, hay quien preferiría no pasar por esos momentos de vacío. En muchas ocasiones se rechaza la ausencia de palabra porque se tiende a identificar silencio con una incómoda introspección.

El secreto del silencio
El secreto del silencio
Rafael Gómez Pérez
Rialp.
Madrid (2016).
96 págs.
10 €.

Para Rafael Gómez Pérez, doctor en Derecho y en Filosofía y autor de una monografía sobre el silencio, “aunque un exceso de introspección puede estropearlo y volverlo agobiante”, no hay que infravalorarlo porque, bien practicado, se convierte en una vía para la reflexión y la creatividad: “el lugar de otras muchas operaciones interiores”, como la imaginación o el desarrollo del trabajo investigador.

En su libro El secreto del silencio (Rialp, 2016), Gómez Pérez propone fomentar la imaginación silenciosa, como camino “para construir el arte y la ciencia”. En su opinión, el ayuno de palabras permite “lanzar la imaginación” hacia la prospección, el ensayo o los proyectos. Y precisamente “esos saltos de la imaginación” –que no son simples fantasías– fraguan, al menos en sus inicios, muchas obras de arte y la dirección de determinadas obras científicas que luego, “también en el silencio, la razón o inteligencia ordena, distribuye, compone y construye”.

Para el autor, que durante más de veinte años impartió cursos de Antropología en la Universidad Complutense de Madrid, aunque el silencio suela unirse a la actividad creativa, eso no significa que no se pueda centrar la atención sobre uno mismo y las propias acciones para descubrir aciertos y corregir errores. Resulta enriquecedor “dar vueltas en la cabeza a una idea, un proyecto o una decisión”, afirma, pero hay que intentar evitar llegar a un “pensamiento circular”, en el que “las vueltas son sobre lo mismo y del mismo modo”: se corre el riesgo de que el proceso de reflexión se transforme en una obsesión.

Guerra de palabras

Es cierto que el silencio y la palabra se necesitan, pero la realidad nos lleva muchas veces a enfrentarnos a un exceso verbal, el parloteo. Esta “patología del silencio” atenta más contra el callar que el ruido presente en las ciudades. El parloteo es especialmente patente en los programas de entretenimiento. “La televisión o la radio son a veces los escenarios de esa guerra de palabras, en la que todos quieren intervenir, casi siempre para decir lo que ya han dicho varias veces”, señala. Esta deformación se extiende en tertulias y realities, donde la gente se gana la vida comentando y criticando “sucesos del corazón”.

“Hay que callar para apreciar la belleza de un lugar, de un paisaje, de una música, de una pintura” (Rafael Gómez Pérez)

En el lenguaje político también hay rasgos de la misma enfermedad que ahoga el silencio. Unas veces los representantes de las formaciones emiten “fórmulas repetitivas y cansinas”, asegura el autor, y otras tienden al disimulo, para pasar por alto lo que no les interesa abordar. En la política, el parloteo por antonomasia se despliega en los mítines, donde “las palabras, casi siempre superfluas, van dirigidas a la precocinada emoción de quienes ya están convencidos de antemano”. Con esa multiplicidad de mensajes es difícil escuchar al oponente y no se le da espacio, “tal vez porque se piensa que el otro no puede decir nada importante”.

Existe una patología más del silencio: el mutismo, el negarse a hablar. Gómez Pérez enumera varios tipos: el “derivado de la obstinación o la testarudez”; el que procede de la indignación o la ira, o el del que no sabe desahogar el corazón ante inquietudes y problemas. “También hay un mutismo cómplice, cuando no se denuncia públicamente la injusticia”, afirma. Todos esos silencios “no tienen nada que ver con el silencio interior y positivo”. Por eso, frente a tantos tipos, “hay que descubrir qué silencio es ganancia de la interioridad humana”. En su opinión, “el único silencio válido es el elegido libremente”.

Escuchar para aprender

En su “breviario del silencio”, como él mismo lo califica, Gómez Pérez propone una vía principal para el aprendizaje del silencio: saber estar a la escucha. “El modo más práctico y a la vez más profundo de aprender a vivir silencios interiores y creativos es saber escuchar”. En su opinión, es necesario dar al botón de pausa y escuchar a fondo, para lo que se requiere ya un primer momento previo de silencio. Así se pone en marcha la atención, de la que surge el diálogo y por tanto la riqueza de la escucha.

Sin la escucha silenciosa tampoco es posible “el aprecio del arte o la belleza”, afirma, pues la contemplación requiere un mínimo de concentración; “hay que callar para apreciar la belleza de un lugar, de un paisaje, de una música, de una pintura”. Contrariamente a lo que pueda parecer, la música, “más que estar contra el silencio, es un continuo diálogo con él”, pues “no solo no lo altera sino que lo alimenta de un modo nuevo”. En el contraste, explica el autor, se calibra mejor la música, y en las pausas “el silencio se llena de belleza”.

Por último, para que el silencio sea productivo y enriquecedor, hace falta un continuo aprendizaje. “Es una conquista humana”, que no hay que dar por supuesta cuando llega la madurez. Es frecuente entre personas de edad y que por diferentes circunstancias se ven obligadas a un silencio involuntario, “el uso casi continuo del teléfono, el de la televisión o la radio, casi perpetuamente encendidas, porque se necesita llenar el silencio con cosas de fuera”.

Para Gómez Pérez, si se quiere garantizar un silencio productivo, donde la interioridad se llene de proyectos y aspiraciones creativas, hay que sembrarlo y cultivarlo a lo largo de la vida. Además de contemplar, puede conseguirse con el hábito de leer, pues “en el silencio de la lectura, se puede viajar a múltiples paisajes de la naturaleza, de la historia o del corazón. Cuando uno es capaz de reservar momentos del día para esta siembra, se vive “una experiencia interior de una gran potencia pacificadora”.


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